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El auge de Vox en España podría llegar en 2019 (probablemente en Murcia)

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En el libro Eso No Puede Pasar Aquí, Sinclair Lewis describe satíricamente cómo un candidato populista de derechas gana las elecciones presidenciales de EE.UU. y, tras tomar posesión de la Casa Blanca, establece un gobierno plutocrático y autoritario. Lewis no escribió este libro como una reacción a Donald Trump, lo escribió en 1936.

Tal y como los ingenuos americanos sobre los que satirizaba Lewis, los españoles también tendemos a pensar que nuestro país es inmune a un partido de derecha radical y numerosas publicaciones, como Foreign Affairs, NPR, Quartz, Politico y Politikon, han escrito sobre la notable reticencia de los españoles a votar a estos partidos. Las explicaciones dadas a esta regularidad van desde la herencia del franquismo, la falta de contención sobre la inmigración, que los jóvenes (los grandes perdedores de la crisis en España) no son afines a ideologías reaccionarias, al dominio hegemónico que mantiene el PP sobre la derecha española.

Sin embargo, partidos de derecha radical han surgido en otros países con pasados fascistas, como Alemania, Italia o Francia. Mientras tanto, países europeos con muy poca inmigración como Polonia o Hungría tienen gobiernos nacionalistas y anti-inmigración. Además, otras democracias han demostrado que los jóvenes no son mucho más reacios al populismo de derechas que el resto de la población: el 39% de los jóvenes británicos votaron a favor del Brexit, en EE. UU. el 35% votó a Trump en 2016, y en Francia el 34% votó a Le Pen en 2017.

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Sociología y parasociología

Recordarán o sabrán algunos de nuestros lectores que en 1996 el físico Alan Sokal escribió un maravilloso artículo daliniano,  Trasgrediendo los límites: hacia una hermenéutica trasformativa de la gravedad cuántica , que derramaba salsa posmoderna sobre la física contemporánea con argumentos tan deliberadamente ridículos como compactos y seductores para quienes tuvieran el oído hecho a las boludeces, y el más cuestionable hábito de tomárselas en serio. Su objetivo era exponer, por vía de la burla, la debilidad intelectual de los “estudios culturales”, cosa que un poquito logró cuando el trabajo fue publicado por Social Text, una revista académica relevante dentro de ese área, que picó en la broma.

Habrán sabido ya que tres académicos con bastante sentido del humor,  James Lindsay, Helen Pluckrose, y Peter Boghossian, se han pasado casi un año escribiendo 20 artículos igualmente delirantes e intentándolos publicar, con bastante éxito, en determinadas revistas académicas. Ahora veremos cuáles. Han explicado el proyecto en Aero, una revista digital dirigida por Pluckrose. 

Cuando el proyecto tuvo que detenerse por haberse revelado el fraude tenían siete artículos aceptados y unos cuantos más en revisión. Suficiente para anecarse. Tanto los artículos como los comentarios editoriales de los revisores están  disponibles en internet (tal vez no todos los comentarios editoriales, ahora vuelvo sobre esto). Valen bastante la pena. Para los conocedores de los procesos de revisión por pares académica, la lectura de los dictámenes que les han enviado es una golosina.  

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Brasil, no estás solo

Jail Bolsonaro, candidato a la presidencia de Brasil. EFE

El domingo pasado Brasil celebraba elecciones presidenciales mientras que Ignacio Luiz- Lula-da Silva, por estar en prisión, no era elegible. El ganador de la primera vuelta ha sido Jair Bolsonaro que lidera el partido “Brasil por Encima de Todo, Dios por Encima de Todos”. Supongo que el nombre lo dice todo y no dice nada. Pero baste recordar unas declaraciones de Bolsonaro en 1993 que recoge el archivo digital del New York Times: “[E]stoy a favor de la dictadura” y “[N]unca solventaremos los importantes problemas nacionales con esta democracia irresponsable”. En ese artículo, Bolsonaro se declara admirador de Alberto Fujimori, el ex presidente de Perú que fue encarcelado por corrupción y crímenes de lesa humanidad. Sus comentarios contra las mujeres –a una diputada del PT le dijo “ no te violo porque no lo mereces”-, los homosexuales y los indígenas - " hediondos, no educados y no hablantes de nuestra lengua”-han atraído la atención internacional en los últimos tiempos. Probablemente, este comentario le defina: "Cuando era joven había pocos homosexuales. Con el paso del tiempo, por los hábitos liberales, por las drogas y porque las mujeres empezaron a trabajar, aumentó el número". Si todo esto no fuera tan grave, se podría decir que Bolsonaro es la réplica carioca de Torrente

Los medios han recogido los resultados y cabe esperar que sigan centrándose en ese país durante las próximas tres semanas, pues el 28 de octubre hay segunda vuelta. En esta entrada quiero destacar un resultado que ha pasado, a mi juicio, bastante desapercibido: un 6.1% de votos nulos y un 2.7% de votos en blanco. En total, en estas elecciones presidenciales, un 8.8% de los votos que han depositado los brasileños, no sirven para la distribución del éxito electoral, es decir, son inválidos. Un 8.8% es importante, si bien este porcentaje se ha reducido según lo que nos decían algunas encuestas en junio cuando apuntaban a más del 30% (según la encuesta DataPoder360).

En lo que respecta a votos inválidos, Brasil no está solo. Por ejemplo, si el voto invalido hubiera sido un partido político en las elecciones legislativas de 2006 en el Perú, éste se habría convertido en  segunda fuerza. En Ecuador el voto inválido se situó entre el 20 y el 30% en las elecciones parlamentarias de 1984, 1986 y 1996. Y en México en 2006, los votos inválidos superaron el 5%, gracias a las acciones del movimiento anulista, mientras que en la anterior elección no se llega al 3%. Y esto no solo sucede en América Latina. Por ejemplo, en Indonesia, en las elecciones de 2009, el voto inválido sobrepasó el 10% y en algunas divisiones electorales de Australia –como Blaxland o Fowler- se ha superado el 14%. Como cuento con Annika Werner en un reciente artículo aquí (si no tienes acceso y te interesa, envíame un mail), cuando la proporción de votos inválidos es mayor que el margen de victoria, o mayor que el resultado de algunos partidos, hay un problema de legitimidad democrática. El 21% de las 417 elecciones celebradas entre 1970 y 2011 que analizamos en el artículo tienen un margen de victoria menor que la proporción de votos inválidos.

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La batalla electoral en la izquierda: estado de la cuestión

La relación entre el PSOE y Unidos Podemos atraviesa un momento dulce. Desde la moción de censura ambas formaciones han bajado la intensidad de su particular batalla, habiéndose permitido establecer un diálogo más fluido así como ganar algo de confianza. Curiosamente, en las últimas semanas ha sido frecuente escuchar a líderes o personas cercanas al mundo de Podemos defendiendo la acción de gobierno de Sánchez con más ahínco y profusión que muchos otros socialistas.

Este remanso de paz en la izquierda puede que responda a un cambio estructural en las estrategias de PSOE y Podemos o a condiciones bastante más coyunturales. Respecto a la primera posibilidad podría argumentarse que ambas fuerzas políticas – sobre todo Podemos– habrían asumido la tesis de Errejón sobre la necesidad de impulsar una “competición virtuosa” en la izquierda, esto es, una competición de guante blanco que, marcando la agenda política, no solo no erosionaría los apoyos propios sino que contribuiría a aumentarlos moviendo las preferencias de los españoles hacia su terreno. A pesar de ser una idea interesante, todavía no tenemos datos suficientes para poner a prueba esta hipótesis. De momento solo vemos que la evolución del porcentaje de españoles que se ubican en posiciones de izquierdas en el eje ideológico no ha variado de manera significativa.

Desde un prisma más coyuntural, la debilidad parlamentaria del PSOE y la necesidad de Podemos por mostrarse no solo como un partido-protesta sino como un partido de gobierno puede que hayan contribuido a que veamos las espadas enfundadas. De hecho, la negociación de los presupuestos se presenta en este sentido como un traje a medida para la cooperación: el PSOE necesita de manera vital el apoyo de Unidos Podemos y éstos necesitan un escenario como el actual para desplegar su discurso de políticas (no de política).

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El efecto Pablo Casado

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Durante los siete años de presidencia de Mariano Rajoy, el PP fundamentó su estrategia electoral siguiendo una premisa crucial: la profunda crisis política que vivía nuestro país era una ramificación de la económica y, por ende, acabaría disipándose una vez se entrara en la senda de recuperación. Ciertamente, la desafección y descrédito de la política repuntó justo en paralelo al empeoramiento de los datos macroeconómicos en 2008. No obstante, en 2014, tras la ruptura del sistema de partidos,  ya era evidente que la generalizada desafección y descrédito de la política entre los españoles se había convertido en un fenómeno independiente de la economía, por lo que requería abordarlo con soluciones especificas.

El PP debió haber reaccionado entonces con contundencia como lo hicieron otros actores políticos. En el caso de este partido, la necesidad de afrontar la crisis política era particularmente relevante debido a sus numerosos y sonados escándalos de corrupción. No obstante el PP se mantuvo fiel a su estrategia de apostarlo todo a la recuperación económica. Su dejadez en este frente fue, en parte, responsable de que el PP sufriera en 2015 el mayor desgaste electoral de un gobierno de la historia reciente. Aún con ello, el PP pudo mantener un suelo electoral digno, en gran parte por la inquebrantable lealtad del votante más conservador. En efecto, mientras su partido veía como sus apoyos en el centro se iban evaporando, el PP podía seguir siendo el primer partido en España gracias al monopolio en la derecha.

El salvavidas que ofrecía la lealtad del votante conservador empezó a deshincharse a inicios de este año, cuando a los escándalos de corrupción se le unió la competencia nacionalista con Ciudadanos. Entonces, y por primera vez en la historia del PP, este partido vio como muchos votantes de derechas abandonaban su lealtad y se planteaban seriamente votar a otro partido. Quizás no sea causal que Rajoy cayera precisamente entonces, cuando perdía su cómoda posición de primer partido en España a pesar de todo.

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¿Sale a cuenta electoralmente tener un máster?

Según estamos viendo este año, no es infrecuente que políticos inflen sus currículums añadiendo másteres y posgrados que no han cursado o que han cursado sin realizar todo el trabajo exigido. Cabe preguntarse por las motivaciones que impulsan esta práctica deshonesta. Quizás estas personas piensan que obtendrán más respeto de sus partidos si tienen titulación de posgrado, o bien se les considerará más expertos. Otra motivación es creer que tener un posgrado puede gustar a los votantes.

Este post usa datos de encuesta para examinar si los votantes prefieren a políticos con más formación usando una metodología científica rigurosa, un tipo de diseño experimental llamado “conjoint experiment”. Esta técnica proviene de estudios de márketing y es muy usada en Ciencia Política ( Hainmueller, Hopkins y Yamamoto). La idea básica es que a la hora de escoger entre dos opciones se pueden tener en cuenta muchas consideraciones. Por ejemplo, al escoger un coche consideramos la potencia, el consumo, el precio, los acabados o la forma. Un tipo de personas puede darle mucha importancia a una dimensión, y a otras importales más otra. En un experimento de tipo conjoint, las personas tienen que escoger entre dos productos o perfiles hipotéticos que difieren en varias dimensiones con valores definidos de forma aleatoria. Luego, mediante un análisis de regresión, podemos examinar qué factores pesan en mayor medida en la elección, y si a distintos tipos de personas les importan factores distintos.

En una encuesta pedí a los 1424 participantes escoger entre dos personas hipotéticas interesadas en ser candidatos a las elecciones municipales de un mismo partido. A continuación se describía a dos personas que variaban en cuatro aspectos: su nivel educativo (que podía ser educación primaria, secundaria, universitaria o de posgrado ya fuera máster o doctorado), su género, su edad, el tipo de familia en que convivían. A los encuestados se les preguntaba a cuál de los dos candidatos hipotéticos preferirían. Por ejemplo, podían encontrar dos perfiles como los siguientes (el número real de combinaciones mostradas es muy elevado): 

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La confianza en el CIS

El CIS cambia su calendario y todos los meses publicará datos de intención de voto, empezando mañana

Existen muchas maneras de hacer una proyección sobre intención de voto a partir de una encuesta; lo que hace que sean mejores o peores es su adecuación a la historia electoral de un país y a su contexto político. No hay, por tanto, una fórmula que sea técnicamente mejor que otra en todo tiempo y lugar; se trata de una cuestión pragmática y, en cierto modo, artesanal. Por esto, tal vez, suele llamarse “cocina” de los datos a los ajustes que se hacen para llegar a una proyección electoral.

Esta circunstancia da lugar a un considerable margen de libertad para cualquier instituto de investigación de opinión pública a la hora de ofrecer su pronóstico empleando alguna de las posibles fórmulas que, en algún momento o en algún lugar, han sido consideradas aceptables; cuando no, en algún caso, para hacer una estimación de autor.

Esto, a su vez, convierte el ejercicio de la proyección electoral, en muy buena medida, en una cuestión de confianza. Necesitamos confiar en la institución que publica el dato.

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Ideología y voto, septiembre de 2018 edition

Empiezo por una obviedad: los ciudadanos tienden a votar a partidos ideológicamente próximos, es decir, que piensen como ellos. Para maximizar el número de votos, los partidos se ven forzados a adoptar ciertas estrategias, cada una con sus límites y restricciones. En primer lugar, acercarse a las preferencias de los grupos de votantes más numerosos. Tener una ideología compartida por muy poca gente puede ser gratificante, pero corre el riesgo de condenar a sus defensores a la irrelevancia electoral y política. Así pues, en la medida que puedan, los partidos intentarán moverse hacia aquellas posiciones ideológicas defendidas por muchos votantes. Pero acercarse a la ideología de los grupos más grandes de votantes tiene también costes: el partido puede perder sus señas de identidad, y sus simpatizantes pueden verse defraudados por los cambios de mensaje de sus líderes. Además, con frecuencia las posiciones más "populares" ya están ocupadas por otras candidaturas con las que es difícil competir y en los sistemas multipartidistas puede tener más sentido asegurarse "nichos" que garanticen un mínimo de apoyos. Si los partidos están alejados ideológicamente de muchos votantes, no les quedará más remedio que hablar de otros temas en los que estén más cerca de lo que opinen grupos amplios de electores.

Bajo determinadas circunstancias, los partidos pueden evitar estos dilemas ofreciendo diferentes propuestas a diferentes grupos de votantes. Es una estrategia difícil de llevar a cabo y de mantener en el tiempo. Al fin y al cabo, diferenciar los mensajes no es algo que se pueda hacer muy fácilmente, pues los partidos no se suelen comunicar con el electorado con cartas individualizadas, sino sobre todo a través de medios de comunicación de masas. Aunque les gustara lo primero, además, los rivales políticos tratarán de hacer evidentes las contradicciones programáticas provocadas por este micro-targeting. A pesar de estas dificultades, a veces esta estrategia funciona. Como Lluís Orriols mostró hace ya más de diez años, el Partido Popular lograba ser competitivo electoralmente en España pese a tener una ideología media muy alejada de la del conjunto del país en gran medida gracias a este "camaleonismo": lograba parecer un partido de centro para los votantes más centristas, y un partido más de derechas para los más extremos. 

¿Cómo vemos de cercanos o distantes a los cuatro grandes partidos en el nuevo escenario multipartidista? ¿Sigue siendo el PP camaleónico? ¿Lo es alguno de los nuevos partidos? Y sobre todo, ¿quién logra estar ideológicamente cerca de las grandes bolsas de votantes? Para tratar de contestar estas preguntas uso dos barómetros del CIS, una al inicio de este nuevo periodo, en Octubre de 2015, y otro el publicado esta misma semana.

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¿A qué edad somos demasiado mayores para trabajar?

Después de la paulatina subida prescrita por la reforma de pensiones de 2011, en el año 2027 la edad de jubilación se fijará en los 67 años. Con frecuencia se escuchan propuestas de los expertos o políticos para  aplicar las nuevas reglas antes o incluso se sugiere  seguir aumentando la edad de jubilación más allá de los 67 años. ¿Es una opción viable? Aunque una vida laboral más extensa es sin duda una medida favorable para las finanzas del sistema de pensiones, siguen existiendo dos obstáculos principalmente. El primer condicionante es si el estado de salud de las personas mayores les permitirá mantener su actividad económica. Siempre habrá trabajadores que sufran de algún problema físico o mental que les impida posponer su jubilación. Afortunadamente su proporción va disminuyendo. La segunda barrera es si la sociedad está dispuesta a adoptar el nuevo modelo del llamado “envejecimiento activo”. Como veremos en este post, el  edadismo aún sigue siendo un fenómeno muy extendido. La estereotipificación por motivos de edad se hace notar tanto en las decisiones de contratación de los empleadores como en las decisiones de jubilación de los propios trabajadores. 

Analizaremos datos de una encuesta online de abril de 2018 llevada a cabo en EEUU, Alemania y España entre personas con edades comprendidas entre los 18 y 70 años. A los encuestados les hicimos la siguiente pregunta: “¿A qué edad crees que un hombre/una mujer es generalmente demasiado mayor para trabajar al menos 20 horas a la semana?”. Es un método simple para detectar la edad a la que deja de ser socialmente aceptado seguir trabajando. El gráfico 1 muestra el promedio de edad a la que la población entrevistada en los tres países examinados considera que una persona es demasiado mayor para trabajar. Se ve que en Estados Unidos la gente piensa que nos hacemos demasiado mayores para trabajar a una edad más avanzada que en Europa. En cambio, tanto en España como en Alemania a la gente le parece más normal una jubilación temprana. Para la mayoría, con 65 años uno ya es demasiado mayor para seguir en activo. La misma diferencia se puede observar en las edades reales de salida del mercado laboral – la transición suele suceder más tarde en EEUU que en Alemania o España.

Además, en todos los países persisten unas normas de género sorprendentemente tradicionales. Según la opinión mayoritaria, las mujeres deberían jubilarse bastante antes de los hombres. Sobre todo en EEUU la brecha de género es muy pronunciada: en el promedio hay una diferencia de cuatro años entre la edad a la que un varón y una mujer, respectivamente, se consideran demasiado mayores para trabajar. Aún así, los estadounidenses piensan que una mujer se vuelve demasiado mayor para seguir trabajando aproximadamente dos años más tarde que los españoles o alemanes.

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A vueltas con los currículos de los políticos

Desde hace unos días se está escribiendo mucho sobre los currículos de los políticos y muy especialmente sobre su formación. Para basar el debate en evidencias, este post examina la educación de los parlamentarios/as españoles (sin contar el Senado), entre quienes se suelen encontrar los dirigentes de los partidos en diferentes niveles territoriales.

En el momento actual tenemos a los/as parlamentarios con mejores credenciales educativas de la historia de la democracia. Alrededor del 90% han obtenido un título universitario en las cámaras autonómicas y el 93% en el Congreso de los Diputados.  Si los tomamos en su conjunto para todo el periodo de la democracia, la media para las comunidades autónomas es de 84% con títulos universitarios y 91% para el Congreso. Como se puede ver en la tabla y en el gráfico, la evolución temporal es ascendente de manera que lo que Bourdieu llamó “capital cultural institucionalizado” ha aumentado en las cámaras de representación españolas. Canarias, Baleares y Galicia son las comunidades donde suele haber más titulados universitarios mientras que La Rioja, Extremadura y Aragón es donde hay más variedad de niveles educativos. Esta diferencia puede ser azarosa o responder a causas aún no exploradas. No parece haber diferencias entre cámaras del régimen común y las llamadas "históricas".

Que haya más o menos universitarios en una cámara depende en buena medida de la combinación de los votos que reciben las listas y de cómo estén configuradas esas listas, tal como ya se ha explicado. Y este es un tema del que hasta hace poco se desconocía casi todo: la confección de las listas era la caja negra de la política (pero puede informarse bien aquí, aquí y aquí). Hoy ya sabemos que, según los protagonistas, hay cuatro motivos principales para ir en las listas electorales: el conocimiento de los problemas, la dedicación, la lealtad y la preparación. Este cuarto elemento es el que suele ir asociado a la formación universitaria, pero nótese que el de político es de los pocos oficios que no tienen requisitos de entrada. Cualquiera puede serlo si está disponible, va en una lista, recibe los votos suficientes y toma posesión. Y no hay nada deshonroso en dedicarse a la política y no tener estudios universitarios.

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