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¿Por qué nos está cambiando la tecnología?

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Hace unos años, Belén Barreiro publicó un libro muy interesante: La sociedad que seremos (Planeta, 2017). En él analizaba cómo el cambio tecnológico nos iba a cambiar y establecía unos tipos ideales de categorías sociológicas donde podían verse representada la ciudadanía: digitales, analógicos, acomodados y empobrecidos. Desde entonces, son muchos los argumentos en el debate público que se han puesto sobre la mesa para indagar qué nos está sucediendo como sociedad desde que disponemos de pantallas en nuestras vidas. Siendo, además, que el consumo no es similar para todo el mundo, sino que los más jóvenes no solo son nativos digitales, sino que además su principal ventana al mundo es internet y las redes sociales. 

Desde que se abrió este debate, han sucedido dos acontecimientos muy relevantes que creo que están relacionados entre sí y que nos pueden ayudar a comprender cómo nos está cambiando la tecnología. El primero es la pandemia. En el momento que nos encerramos en nuestras casas, no solo aumentó el consumo de pantallas, sino que además se universalizó la tecnología a más velocidad. Las generaciones más mayores, que habían mostrado una mayor dificultad en el uso de dispositivos tecnológicos y de redes sociales, no tuvieron más remedio que usar WhatsApp o Facetime si querían ver a sus nietos. Además, estando tanto tiempo entre cuatro paredes, las pantallas eran nuestras únicas ventanas al exterior. Se calcula que durante la pandemia, el tráfico de internet aumentó más del 40 por ciento y el uso del móvil se incrementó más del 25 por ciento. Entre 2019 y 2024 se ha multiplicado por dos el comercio electrónico. 

Hay un segundo fenómeno que también se ha producido en nuestras sociedades y que me tiene intrigado. Ademas, ya mostró algunas señales antes de la pandemia. Desde 2010, Viktor Orbán gana elección tras elección en Hungría, siendo desde entonces el Primer Ministro. En 2016, los británicos decidieron salirse de la Unión Europea tras decidirlo en un referéndum. Un resultado que no entendemos sin Cambridge Analytics. Tanto en 2017 como en 2022, el Frente Nacional de Marine Lepen ha alcanzado la segunda vuelta de las elecciones presidenciales francesas. Y en 2024 obtuvo sus mejores resultados en unas elecciones legislativas, sumando más de 10 millones de votos (37,1% en la segunda vuelta) y 143 escaños. En número de votos, el Frente Nacional fue la primera fuerza política. En 2022, Giorgia Meloni se convierte en Primera Ministra de Italia. También en 2022, los Demócratas de Suecia, formación de tinte nacionalista, populista y anti-inmigración, suma más de 1,3 millones de votos (20,5%) y 73 de los 349 diputados. Fue su mejor resultado desde que se fundó en 1988. El año pasado, Donald Trump vuelve a convertirse en Presidente de Estados Unidos y más de 10 millones de alemanes votaron a Alternativa por Alemania (20,5% del voto), obteniendo 152 de los 630 escaños del parlamento alemán. Hoy, en España, VOX está cerca del 20 por ciento de los votos en algunas encuestas y podría superar los 70 escaños. La pregunta que surge, de nuevo, es: ¿qué nos está pasando? ¿Se han levantado las sociedades occidentales de un día para otro siendo de extrema derecha y populistas? 

Creo que eso que tenemos entre nuestras manos gran parte del día, el móvil, es parte de la respuesta a estas preguntas. El consumo de redes sociales (Facebook, X, Instagram, Tik Tok…) sigue haciendo algunas cosas que ya hacían los medios de comunicación tradicionales. Siempre hemos escuchado la radio, hemos leído el periódico o hemos visto la televisión que más se aproximaban a nuestras ideas. Entonces no había algoritmos condicionando nuestros contenidos, pero ya elegíamos consumir aquello que pensaba como nosotros. El efecto de los dispositivos móviles va más allá y está afectando a nuestros estados de ánimo. Las redes sociales están generando un doble efecto en nosotros. Por un lado, somos cada vez más “egocéntricos”. Creemos que nos lee y observa mucha gente. Cada tuit que ponemos o cada foto que colgamos, pensamos que va a generar un gran impacto y van a cambiar el mundo. Por ello, se desarrolla en nosotros una especie de “narcisismo” donde no somos capaces de mirar más allá de nosotros mismos. En cierta forma, está aumentando el individualismo frente a comportamientos más de comunidad. Por otro lado, vivimos frustrados porque no logramos el mundo que nos ofrecen las redes sociales. No tenemos los cuerpos que vemos en Instagram. No pasamos nuestros días en las playas paradisíacas desde las que los influencers nos explican cómo seguir una dieta con muchas proteínas para adelgazar. No vestimos como esos modelos a los que les queda todo bien. Y, por su puesto, no tenemos un piso de varios millones de euros que ofrecen todas las inmobiliarias de lujo que pueblan Tik Tok. De hecho, tampoco somos capaces de tener 15 pisos sin un euro en la cuenta, tal y como algunos tratan de convencernos de que es posible. Es una frustración que se transforma en cabreo por no alcanzar el mundo que nos ofrecen las pantallas. 

La combinación de “narcisismo” y cabreo condiciona nuestro estado de ánimo y hace que muchas personas piensen que el sistema es injusto, puesto que no les da lo que una pequeña pantalla te hace creer que puedes alcanzar (además, sin esfuerzo, como esos cursos que te permiten aprender un idioma en semanas y sin estudiar). Vamos en el metro o en el autobús sin separar la mirada del móvil, mientras vemos mundos inalcanzables y cuerpos perfectos. Por no decir que la inteligencia artificial está haciendo el resto. Y es con este estado de ánimo como estamos tomando muchas decisiones.  

En definitiva, el efecto de las nuevas tecnologías va mucho más allá de algunas concepciones clásicas de la sociedad. De hecho, en algunas cuestiones, no son tan nuevas. En cambio, debemos explorar cómo están condicionando nuestros estados de ánimo. Creo que es ahí donde está gran parte de la explicación de lo que nos está pasando. Y como siempre dice Felipe González: “la política consiste en hacerse cargo del estado de ánimo de la gente”.