Sobre este blog

No nos gusta la palabra “discapacitado”. Preferimos retrón, que recuerda a retarded en inglés, o a “retroceder”. La elegimos para hacer énfasis en que nos importa más que nos den lo que nos deben que el nombre con el que nos llamen.

Las noticias sobre retrones no deberían hablar de enfermitos y de rampas, sino de la miseria y la reclusión. Nuria del Saz y Mariano Cuesta, dos retrones con suerte, intentaremos decir las cosas como son, con humor y vigilando los tabúes. Si quieres escribirnos: retronesyhombres@gmail.com

Siempre dependientes

Libros

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Pasé muchas tardes de mi juventud escaneando libros. Unos por obligación, puesto que eran lecturas obligatorias en mis estudios, y otros los escaneé por el placer de leerlos, ya que aún no estaban disponibles en la biblioteca para ciegos.

Me recuerdo de pie, junto al escáner, asistiendo maravillada al milagro de obtener de una imagen letras audibles. Entonces, las voces artificiales eran robóticas, casi ininteligibles para un oído poco entrenado. A mí me sonaba a música celestial. Los textos me eran revelados. Con ese espíritu casi místico me sentaba después al ordenador para leer el fruto de horas de trabajo. Los primeros escaneos estaban plagados de errores. Las “I”, las “T”, las “L” solían confundirse. Las vocales con tilde también daban problemas. Aprendí a ignorar los errores que, entonces, cometían los OCR. Lo importante era el mensaje. Los amigos ciegos nos intercambiábamos libros previamente escaneados. Unos ciegos intrépidos de Argentina lograron poner en marcha y consolidar Tiflolibros, una biblioteca gratuita para personas ciegas. Fueron los pioneros.  Se apoyaron en la tecnología para llevar la cultura a todo el mundo, sin excepción.

Las organizaciones de ciegos en varios países del mundo impulsaron sus propias bibliotecas digitales, facilitando y agilizando extraordinariamente el acceso a los libros. Esto supuso un salto de gigante en el acceso a la lectura. No es solo poder acceder a ellos, sino también hacerlo cuando se necesita. Un estudiante o un profesional tiene plazos que cumplir. No siempre es posible esperar semanas o, incluso, meses para tener entre sus manos un libro que pueda leer.

El Tratado de Marraquech, del que ya os escribí en este artículo, teóricamente iba a facilitar el acceso a la lectura a los trescientos millones de ciegos del mundo. Hay muchas bibliotecas para ciegos pero solo accesibles para sus propios miembros. Yo no puedo acceder a un libro de una biblioteca, pongamos, de Perú, o alguien de Chicago no tiene acceso a la de la ONCE. Miles de libros quedan vedados a miles de lectores ciegos. El mencionado tratado abriría las fronteras de la lectura.

Sin embargo, cuando averiguamos de qué forma podremos beneficiarnos de este gran pacto mundial por la lectura de las personas ciegas, observamos cómo los particulares con discapacidad visual seguimos siendo dependientes para algo tan esencial como leer un libro en formato accesible. Insisto. No solo tenerlo, sino cuándo. Una persona ciega particular siempre tendrá que dirigirse a una entidad autorizada, que en España es la ONCE, para realizar la solicitud de la obra en cuestión, y serán los organismos los que realicen los trámites de petición y cesión. Nuestra autonomía nuevamente dependiente de una entidad. Envío de mail con la petición, alguien que tramitará nuestra solicitud en función de su flujo de trabajo y, a miles de kilómetros, otra persona recepcionará la petición y le dará curso cuando sea. Siempre un trámite, una supervisión, un permiso, una autorización. Nada tan eficiente como un identificador válido internacionalmente para que el individuo pueda dirigirse directamente a la biblioteca de ciegos donde tengan el libro de su interés, solicitarlo o descargarlo conforme a sus necesidades de formato y tiempo. Yo como sujeto activo, sin más intermediaciones. Al final, siempre dependientes. Hasta para leer.

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No nos gusta la palabra “discapacitado”. Preferimos retrón, que recuerda a retarded en inglés, o a “retroceder”. La elegimos para hacer énfasis en que nos importa más que nos den lo que nos deben que el nombre con el que nos llamen.

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