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Hijos y nietos de franquistas que denuncian en público sus crímenes: “Me moriré tranquilo con mi conciencia”

Anna Velasco, nieta del falangista Luis Velasco, en Sant Vicenç dels Horts (Barcelona), donde vive.

Marta Borraz

4 de enero de 2026 22:24 h

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En enero de este año Anna Velasco llevó a su hija al cementerio de La Salud de Córdoba. Aprovecharon la visita a la ciudad de su familia para visitar las excavaciones de represaliados del franquismo que yacían en fosas tras ser fusilados. Familiares de los desaparecidos presenciaban los trabajos con la esperanza de encontrarles y con fotos de ellos entre sus manos. Mirar aquellos rostros congelados en el tiempo le hizo a Anna sentir “un dolor” por ser nieta de quien es que no había percibido antes con tanta intensidad. “Fue duro. Pensaba que a mucha de esa gente que estaba en las fotos las había matado mi abuelo”, explica.

Esta mujer de 61 años residente en Barcelona es una de las integrantes de Historias Desobedientes, un colectivo integrado por familiares de “genocidas y perpetradores de crímenes de lesa humanidad” que se posicionan frente a ellos. “No queremos ser cómplices perpetuando el silencio y defendemos la memoria, la verdad y la justicia para las víctimas de nuestros familiares”, esgrimen en su declaración de principios. El grupo surgió en Argentina en 2017 y se extendió por otros países atravesados por dictaduras militares como Chile o Brasil. En España el número de miembros se cuenta con los dedos de las dos manos, pero hace dos años solo había una representante.

Era Loreto Urraca, la nieta del policía y agente secreto de la Gestapo Pedro Urraca Rendueles, que durante años persiguió a exiliados republicanos en la Francia ocupada por los nazis para que fueran torturados y ejecutados en España, entre ellos el president de la Generalitat catalana Lluís Companys. Loreto supo de sus crímenes cuando ya estaba muerto, pero desde entonces quiso posicionarse contra su antecesor y “desafiliarse” de él, como denomina a desvincularse públicamente de sus ideas y lo que hizo. “Para mí era una necesidad desprenderme de ello”, dice.

Pedro Urraca junto a su mujer, Hélène, en la plaza de la Concordia de París (Francia).

Todos los integrantes de Historias Desobedientes han visto a Loreto, que noveló la vida de su abuelo en el libro Entre hienas (Funambulista, 2018) hablar en conferencias, actos y medios de comunicación. Y han acabado uniéndose a ella, cada uno con su particular historia. Anna Velasco es nieta de Luis Velasco, un falangista que desde el mismo 18 de julio de 1936 comenzó a sembrar el terror en Córdoba. El golpe de Estado le pilló en la cárcel con otros falangistas y fue excarcelado a las dos de la madrugada para pasar a formar parte de la maquinaria que reprimiría al “enemigo rojo” en la ciudad andaluza.

A las órdenes del coronel Ciriaco Cascajo, la máxima autoridad franquista durante la Guerra Civil en la provincia, Velasco estaba al mando de los llamados camiones de la muerte con los que trasladaban a republicanos o sospechosos de serlo para ser fusilados, incluida su propia cuñada, Pilar Barrena. Al falangista, que salía de caza por las noches con otros compañeros, se le atribuye la frase “delante de mí no se pasea ningún izquierdista por Córdoba”, según ha documentado el historiador Francisco Moreno Gómez, que apunta a que la intervención de Velasco llevó al asesinato del poeta Josemaría Alvariño Navarro, de 25 años.

“Sabemos que ordenaba fusilamientos y que tenía un papel importante. En la familia sabíamos alguna cosa, pero muy por encima. Él siempre hacía alarde de que había tenido mucho poder, pero no fue hasta después de que falleciera que nos dimos cuenta de verdad de lo que había significado”, esgrime Anna, que tenía unos 17 años cuando su abuelo murió. A los años, su hermano dio en una tienda de segunda mano del barrio barcelonés de Gracia con un libro sobre la represión en Córdoba que detallaba la actuación de Luis Velasco: “Ahí entendimos que no eran las batallitas del abuelo cebolleta, sino algo mucho más serio”.

Desde entonces, Anna mantuvo siempre “la inquietud” de “hacer algo” porque le parecía “muy indigno” que muchos represaliados permanezcan aún en fosas mientras “no ha ocurrido nada con los responsables”. Cada experiencia es propia y ella asegura “no sentir vergüenza” por lo que hizo su abuelo –“la vergüenza es de él”, dice– pero sí siente que debe alzar la voz por las víctimas. “Comparto sus genes, su sangre y según mi madre también el mal genio, pero condeno sus crímenes”, sostiene esta mujer, que reconoce que el hecho de que su padre y su tía hayan fallecido “facilita que pueda hablar como lo estoy haciendo”.

El falangista de Córdoba Luis Velasco.

Perder la identidad

La familia es uno de los principales condicionantes que nombra Loreto Urraca para explicar por qué no hay más personas que se unan a Historias Desobedientes. “A medida que he ido hablando con gente me he dado cuenta del miedo realmente fuerte que hay a la familia. Para muchas personas, enfrentarse públicamente a esto puede suponer ser expulsado y romper lazos y eso es algo muy complicado que hay que respetar”, sostiene. En su caso, reconoce “tener una libertad” que no tienen otras personas por tener “un padre ausente y una madre ajena” a esto que no han intercedido en su decisión.

Loreto creció sin saber quién era verdaderamente su abuelo, que vivía en Bélgica y al que vio por primera vez en Madrid en 1982, cuando ella tenía 18 años. Le vio alguna vez más, pero tuvieron una relación prácticamente nula hasta que falleció y en 2008 descubrió a qué se había dedicado realmente. “Me produjo una vergüenza y una repulsión tremenda saber lo que había hecho y se me desmoronaron un montón de cosas. Sentí algo así como que mi identidad se tambaleaba y empecé por necesidad este proceso”. Loreto buceó en archivos, habló con víctimas e investigadores y acabó reconstruyendo el pasado de su abuelo, que tuvo su centro de operaciones en el palacete que fue sede del PNV en su exilio en París y que el Gobierno ha devuelto al partido vasco.

Supo que Pedro Urraca estaba en Bélgica cuando le conoció porque el franquismo le dio una nueva identidad y un traslado fuera de España para evitar ir a la cárcel tras ser condenado por colaboración con los nazis tras la liberación de París. También conoció el papel clave que jugó en las relaciones del régimen franquista con la Alemania de Hitler, acompañando incluso al ministro Ramón Serrano Súñer a una reunión con el dictador. Tras el encuentro, se sabe que miles de españoles acabarían en el campo de concentración nazi de Mauthaussen, donde muchos de ellos morirían.

Loreto Urraca, en una conferencia en el Instituto Cervantes.

El policía que detuvo a Puig Antich

“Mi padre formó parte de una maquinaria de represión, tortura y violación de derechos humanos. No lo puedo justificar”. Quien lo dice es Tomás Gil, hijo de Julián Gil Mesas, que estaba al frente de la Brigada Político Social de Barcelona cuando el antifranquista Salvador Puig Antich fue detenido y ejecutado a garrote vil en 1974. “Se dedicó en cuerpo y alma a la represión del comunismo en Barcelona”, detalla Tomás, que es también integrante de Historias Desobedientes y que se ha reunido con las hermanas de Puig Antich para pedirles perdón por el papel que tuvo su padre en su asesinato. “Mi padre no era un señor que estuviera de conserje, tuvo un rol clave”.

Julián Gil falleció hace cuatro décadas, con 64 años. Como el resto de voces consultadas para este reportaje, Tomás nunca habló con él de ello. “Siempre me trató bien, pero es verdad que yo era el mayor de cuatro hermanos y el único chico. Eso en aquella época era importante”, rememora. Fue cuando acudió a la Universidad y “la conciencia empezó a despertar” cuando empezó a darse cuenta de que “había otra España” perseguida por la dictadura de la que no le habían hablado en casa si no era para criminalizarla.

Julián Gil Mesas.

Aun así, posicionarse contra lo que hizo su padre fue un proceso marcado por dos momentos: cuando las hermanas de Puig Antich acudieron a una proyección de la película Salvador a Sant Adrià de Besós, donde trabajaba como Inspector Jefe de la Policía Local, y cuando leyó un libro en el que su padre aparecía como “el verdugo de la Brigada Político Social”. “Fue como si se me activara algo dentro”, esgrime. En el trayecto, Tomás ha pagado también peajes a nivel personal: no tiene relación con su familia de origen y ha perdido amigos, policías como él “a los que les ha incomodado hablar de ciertas cosas”. “Pero sé que me moriré tranquilo porque he hecho lo que mi conciencia me ha dictado”, dice convencido.

En estos casos en los que había o sigue habiendo un vínculo de afecto con los familiares suelen entremezclarse las emociones. ¿Cómo denunciar públicamente a un padre o un abuelo al que querías o quieres? “Son situaciones muy difíciles a nivel personal”, apunta Urraca recordando el caso de Analía Kalinec, cuyo padre cumple condena en la cárcel por crímenes de lesa humanidad durante la dictadura argentina. “Ha sido durísimo porque éramos una familia unida”, decía hace dos años en una entrevista con este medio la argentina, a la que renegar de las atrocidades cometidas por su padre le ha costado “la expulsión literal” de su familia.

“Si digo que no le quise mentiría”

“Si yo digo que no quise a mi padre estaría mintiendo”, afirma Tomás, al que su fallecimiento le dolió “como hijo”. “Eso no es obstáculo para que condene su actividad profesional y para que lo considere un torturador y maltratador. Para mí son dos planos diferentes”, alude el también exprofesor universitario de Derecho. Anna Velasco menciona algo parecido sobre su abuelo: “Le quería porque era muy simpático y lo pasábamos muy bien estando con él. Le quería y no te diré que no le quiero, pero para esto soy muy cuadriculada: sé lo que está bien y lo que está mal”.

Con todo, reconocen las voces consultadas para este reportaje que dar el paso no es fácil y que en muchas situaciones puede darse un sentimiento de “traición o deslealtad familiar” al hacerlo, en parte por el peso social que tienen los vínculos familiares. Que los responsables hayan fallecido y también lo haya hecho la primera generación de sus descendientes también influye, coinciden. “A la gente en general no nos gusta decir que tenemos algún antepasado cercano que pudiera haber hecho algo malo. Tenemos miedo de que nos identifiquen con él”, sostiene Anna.

Anna Velasco es una de las integrantes de Historias Desobedientes, el colectivo que reúne a familiares de represores críticos con ellos.

“Como yo hay muchos más en España, hijos de comisarios que fueron jefes de la Brigada Político Social durante aquellos años, pero mirar para atrás puede ser incómodo o violento”, apunta Tomás. En su línea, Loreto Urraca habla del desconocimiento y del silencio reproducido de generación en generación como “un muro protector”. “Hay mucha gente que se ha criado desde pequeño oyendo historias, pero igual no ha tenido mucho contacto y se cuenta como una especie de leyenda de un malvado en la familia que probablemente ya no esté. Es común que no se indague ni se profundice más, olvidar y no escarbar para no darnos cuenta realmente de hasta qué punto fue un régimen cruel”.

La nieta del agente de la Gestapo menciona también la falta de investigación oficial y de juicios a los responsables de la dictadura en España como un elemento clave. “No se ha hecho ese trabajo desde las instituciones ni la sociedad general, por lo que el peso de nombrar a los victimarios es individual”, afirma Loreto, que cree que si este paso se hubiera dado, los herederos de los represores “sentiríamos un respaldo” y, al hablar públicamente para condenarlo “no estaríamos rompiendo una barrera como la que estamos rompiendo ahora”.

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