Se cumplen 30 años del estreno del primer gran éxito de la directora que atesora más premios Goya
Han pasado tres décadas desde que una joven Isabel Coixet desafiara todas las convenciones del cine español con una propuesta estética y narrativa radicalmente diferente. Hoy, consolidada como la mujer que más Premios Goya atesora en la historia con un total de ocho estatuillas, resulta imprescindible volver la vista atrás hacia su primer gran éxito internacional. Cosas que nunca te dije cumple treinta años y su vigencia emocional permanece intacta, recordándonos el origen de una voz cinematográfica única. Aquel relato sobre la soledad y el desamor no solo puso a la directora en el mapa mundial, sino que también redefinió las posibilidades de coproducción para nuestra industria. La película nació de una necesidad vital tras una frustrante relación amorosa y se convirtió en un refugio para una generación de espectadores que buscaban historias sinceras.
El camino hacia este hito no fue nada sencillo, pues Coixet venía de un debut cinematográfico que la crítica y el público habían rechazado con una severidad inesperada. Su ópera prima, Demasiado viejo para morir joven, estrenada en 1988, supuso un completo fracaso que la mantuvo alejada de la dirección de largometrajes durante siete largos años. Sin embargo, ese tiempo de silencio fue el caldo de cultivo para una ambición mayor: rodar una historia que capturara la desolación de los pueblos anodinos de Estados Unidos. Con una maleta llena de sueños y un guion que fue rechazado hasta tres veces, la cineasta decidió arriesgarlo todo. Hipotecó sus pocos bienes personales para financiar un proyecto que nadie en España parecía entender en aquel momento tan convencional.
Con un presupuesto muy reducido de apenas ochocientos mil dólares y un equipo técnico híbrido entre profesionales españoles y estadounidenses, el rodaje se trasladó finalmente a Oregón. La pequeña localidad de St. Helens, en el condado de Columbia, prestó sus paisajes grises y su río constante para enmarcar una trama de vidas cruzadas y corazones rotos. Fue una decisión valiente para la época, ya que no era habitual que directores nacionales rodaran en inglés con elencos internacionales. Coixet, que había vivido en San Francisco y Nueva York, buscaba una estética de cine independiente americano que admiraba profundamente en su juventud. El resultado fue una obra pequeñita en su concepción pero inmensa en su capacidad de conectar con la fragilidad humana y la necesidad física del abrazo ajeno.
La película narra el cruce de destinos entre Ann, una joven dependienta de una tienda de fotografía, y Don, un vendedor de casas que colabora en el Teléfono de la Esperanza. La trama arranca cuando el novio de Ann termina su relación por teléfono, dejando un vacío que ella intenta llenar grabando cintas de vídeo con confesiones pendientes. Esta estructura de monólogos y secuencias fragmentadas capturó perfectamente la incomunicación moderna y el regodeo en una soledad autoconsciente. La estética, deudora del cine de los setenta y de la obra pictórica de Edward Hopper, se reforzó con la decisión de rodar en el formato televisivo de cuatro tercios. Cada plano buscaba transmitir esa melancolía cotidiana de los moteles enmoquetados y las lavanderías abiertas durante la noche en una atmósfera azulada.
Uno de los aspectos más celebrados de la cinta es su reparto, lleno de guiños a la independencia americana y a los mitos juveniles de la década de los ochenta. Andrew McCarthy, recordado por St. Elmo, punto de encuentro, y Lili Taylor, musa de Robert Altman, encabezaron un elenco que aportó una fragilidad muy conmovedora. Junto a ellos, figuras como Seymour Cassel, actor fetiche de John Cassavetes, y una joven Leslie Mann, dieron vida a personajes que deambulaban por la pantalla con una naturalidad desconcertante. La química entre los protagonistas fue real, aunque Coixet recuerda con humor que McCarthy y Taylor dejaron de ser amigos justo antes de rodar sus escenas de amor. Ese aire underground fue lo que permitió que la película traspasara fronteras con una facilidad que el cine español no conocía.
El filme dejó para la posteridad secuencias que hoy son consideradas icónicas dentro de la filmografía de Isabel Coixet y del cine europeo más contemporáneo, como esa mujer llorando desesperadamente en el supermercado porque no encuentra su sabor de helado favorito, el inolvidable Cappuccino Commotion. O el baile improvisado en la lavandería bajo una luz que simboliza la esperanza dentro del hastío más absoluto de los personajes. La película enseñó que a veces lloramos por un helado porque no nos atrevemos a llorar por nosotros mismos, una lección de pura humanidad que caló hondo. La sensibilidad poética de la directora se manifestó en pequeños detalles, como el acto de abrillantar un cristal bajo la lluvia, intentando que la existencia reluzca a pesar de las tormentas externas.
Éxito de crítica y de taquilla
Tras su exitoso paso por el Festival de Berlín, donde conquistó a la crítica internacional, la película aterrizó en España rodeada de una expectación inusual para un filme independiente. Lo que comenzó como un estreno modesto se transformó en un acontecimiento social, logrando atraer a más de doscientos cuarenta mil espectadores a las salas. En Madrid hubo cines que mantuvieron la cinta en cartelera durante meses, convirtiéndola en un fenómeno de culto que el público recomendaba apasionadamente de boca en boca. La revista Fotogramas la eligió como la mejor película española de 1996, y aunque no ganó el Goya al mejor guion original, consolidó definitivamente la carrera de Coixet. Aquel clamoroso éxito demostró que había un público ansioso por historias íntimas contadas con un lenguaje visual renovado y valiente.
Este hito fue solo el comienzo de una trayectoria meteórica que ha llevado a Isabel Coixet a liderar el ranking de mujeres premiadas por la Academia de Cine. Con sus ocho ‘cabezones’, obtenidos por obras maestras como La vida secreta de las palabras o La librería, la directora sigue manteniendo esa esencia de outsider. Ella misma confiesa que siempre siente que está empezando, una filosofía que la ha llevado a explorar géneros tan variados como el documental o el drama histórico. A pesar de los premios y el reconocimiento mundial, su cine sigue fiel a la premisa que estableció en St. Helens: la importancia de las cosas pequeñas. Cada una de sus estatuillas es un testamento a la perseverancia de una mujer que decidió hipotecar su futuro personal por una historia rodada en inglés.
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