Se expone por primera vez en Barcelona el legado de los “Nabís”, artistas que revolucionaron la pintura a finales del XIX

Además de la pintura de caballete, los miembros del grupo diseñaron papeles pintados, tapices, biombos y diversos objetos manufacturados para el hogar

Alberto Gómez

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La ciudad de Barcelona se viste de gala para recibir, por primera vez de forma monográfica, el legado de los artistas “Nabís”. Esta exposición excepcional, que tendrá como telón de fondo el emblemático edificio de La Pedrera, permite al público sumergirse en un movimiento que transformó el panorama artístico de finales del siglo XIX. Bajo el título de “Los Nabís: de Bonnard a Vuillard”, la muestra reúne una selección de obras que marcaron la transición fundamental entre el impresionismo y las primeras vanguardias. Los visitantes pueden explorar los principios estéticos de un grupo que desafió las convenciones de su tiempo para proponer una nueva mirada hacia la realidad circundante. 

Se trata de una oportunidad única para descubrir a estos visionarios en un entorno arquitectónico que dialoga en perfecta armonía con su propuesta creativa. El término “nabí” proviene del hebreo y significa profeta, nombre adoptado por doce jóvenes artistas franceses con la firme intención de renovar profundamente la pintura. Este colectivo, activo principalmente entre los años 1888 y 1900, incluía a figuras tan relevantes como Pierre Bonnard y Édouard Vuillard. Junto a ellos, artistas como Maurice Denis, Paul-Élie Ranson y Ker-Xavier Roussel formaron el núcleo de un grupo que buscaba una visión creativa totalmente nueva. Su unión no se basaba en dogmas estrictos, sino en una voluntad compartida de explorar la complejidad de la realidad a través de la bidimensionalidad del lienzo. 

Con el tiempo, el grupo incorporó a talentos extranjeros como Félix Vallotton y József Rippl-Rónai, enriqueciendo su propuesta estética global. La filosofía de los nabís se alejaba de la representación literal para centrarse en el carácter subjetivo, espiritual y simbólico de la obra de arte. Maurice Denis, uno de sus teóricos principales, recordaba que un cuadro es esencialmente una superficie plana recubierta de colores dispuestos en un orden determinado. Esta premisa revolucionaria permitió al grupo experimentar con colores puros y formas simplificadas, rompiendo con la tradición académica de la época. El arte nabí invita a una observación pausada y sutil, donde el ritmo compositivo y la armonía cromática prevalecen sobre la anécdota narrativa. Su búsqueda de un “arte total” los llevó a difuminar las fronteras entre las bellas artes y las disciplinas decorativas de manera audaz.

Cada pincelada en estas obras revela el deseo de los jóvenes artistas por romper con el pasado impresionista

La elección de La Pedrera como sede para esta exposición no es casual, ya que la obra de Gaudí representa la culminación del modernismo catalán. El edificio de la Casa Milà, con su ornamento asociado a la funcionalidad, ofrece el escenario ideal para las creaciones de los nabís. Existe una sintonía profunda entre la arquitectura de Gaudí y la defensa nabí de la unidad del arte y la belleza cotidiana. Los techos decorados y las columnas de piedra de la planta noble acompañan ahora a los lienzos franceses en un recorrido sugerente. En este universo, la pintura, las artes decorativas y la arquitectura mantienen un diálogo constante que envuelve al espectador por completo. Es una experiencia global donde el genio de Reus y los profetas de París se encuentran finalmente.

Uno de los grandes hitos de la muestra es la presencia de “El talismán”, una obra pintada por Paul Sérusier bajo la influencia directa de Gauguin. Este pequeño óleo sobre madera, que rara vez sale del Museo de Orsay de París, se considera la pieza fundacional del movimiento “nabí”. En ella se condensan los principios de síntesis y uso de una paleta intensa que caracterizarían la producción posterior del grupo. Sérusier transmitió a sus discípulos estos secretos compositivos tras su estancia en Pont-Aven, donde aprendió a sugerir más que a representar. La exposición permite seguir este hilo conductor desde las primeras búsquedas estéticas hasta la madurez de sus miembros más destacados. Cada pincelada en estas obras revela el deseo de los jóvenes artistas por romper con el pasado impresionista.

Los nabís no creían en las jerarquías tradicionales del arte, por lo que su talento se extendió a múltiples ámbitos de la vida moderna. Además de la pintura de caballete, los miembros del grupo diseñaron papeles pintados, tapices, biombos y diversos objetos manufacturados para el hogar. Su intención era embellecer la existencia cotidiana, reconciliando la figura del artista con la del artesano en una unión productiva. En la exposición se pueden apreciar ejemplos de este interés decorativo que buscaba integrar la estética en los interiores domésticos. Esta voluntad de generar un arte que formara parte del día a día es uno de sus legados más influyentes y modernos. La vida privada se convertía así en un escenario sagrado donde el arte elevaba el espíritu humano.

Casi 200 piezas

La temática de las obras expuestas es variada y refleja tanto la ebullición urbana de París como la intimidad más absoluta de los interiores. Artistas como Bonnard y Vallotton capturaron el ambiente febril de las calles, los circos y los espectáculos nocturnos de la capital francesa. Por otro lado, Vuillard se especializó en representar la complejidad psicológica de los espacios domésticos y la vida familiar. Un ejemplo destacado en la muestra es el lienzo “Dos mujeres bajo la lámpara”, que captura un momento de gran refinamiento. También hay espacio para el misticismo, la idealización de la mujer y la representación de paisajes habitados por ninfas y musas. Estas visiones, a veces cercanas a la ensoñación, muestran la cara más introspectiva de este colectivo.

Organizada con el apoyo excepcional del Museo de Orsay y comisariada por Isabelle Cahn, la exposición reúne cerca de 200 piezas fundamentales. El recorrido propone un itinerario cronológico y temático que facilita la comprensión de la evolución estilística de cada uno de sus miembros. El visitante puede disfrutar de recursos adicionales como itinerarios musicales descargables mediante códigos QR que enriquecen la visita sensorial. La muestra culmina de forma circular con un espacio dedicado al escultor Aristide Maillol y su emblemática obra “Mediterráneo”. Este cierre permite enlazar el espíritu de los nabís con la luz y la pureza del arte mediterráneo que tanto les influyó. Es una oportunidad sin precedentes para admirar obras maestras de museos internacionales en Barcelona.

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