Este animal sobrevive bebiendo agua tóxica en un desierto radiactivo que aniquila casi toda forma de vida

Los análisis confirmaron que su ADN es distinto al del camello doméstico

Héctor Farrés

4 de febrero de 2026 17:49 h

0

Las formas de vida se enfrentan a un límite que tarde o temprano las quiebra. Algunas especies, sin embargo, han aprendido a desafiar ese destino con un cuerpo preparado para el castigo y una paciencia que raya lo imposible. En los desiertos más secos del planeta, donde el suelo escupe sal en lugar de agua, sobrevive el camello salvaje de dos jorobas, o Camelus ferus.

Este animal soporta radiación, temperaturas que cambian más de 50 grados entre el día y la noche y fuentes de agua más saladas que el mar. Ningún otro mamífero terrestre consigue algo parecido. Esa capacidad, tan difícil de explicar, lo ha convertido en caso biológico único que aún intenta mantener su lugar en el mapa de la vida.

El camello salvaje aguanta donde casi nada vive

El Camelus ferus vive entre el Gobi y el Taklamakán, en zonas del noroeste de China y del suroeste de Mongolia. Según datos recogidos por la Wild Camel Protection Foundation, su cuerpo ha evolucionado para soportar condiciones que matarían a cualquier otro mamífero. Sus riñones eliminan la sal con una eficacia extrema, de modo que puede beber agua más salada que la del océano. En estudios citados por Science et Vie e IFLScience, los investigadores confirmaron que sus glóbulos rojos, de forma ovalada, no se deforman ni revientan tras días de deshidratación seguidos de una rehidratación súbita. Puede pasar once días sin agua y beber después 200 litros en apenas unos minutos. A diferencia de lo que se cree, sus jorobas no guardan líquido, sino grasa que le sirve como energía en los periodos largos de escasez.

Pruebas genéticas realizadas en 1999 por un equipo sino-británico revelaron que el ADN del camello salvaje difiere en un 3% del del camello doméstico, una distancia mayor que la que separa a los humanos de los chimpancés. Ese dato, publicado por el grupo en estudios coordinados desde China y Reino Unido, confirmó que el camello salvaje no procede de animales domesticados, sino de una línea que nunca convivió con el hombre. La especie ha seguido su propio camino evolutivo, adaptándose a la falta de agua, la radiación y el frío extremo sin ayuda ni intervención humana.

El Camelus ferus se mueve entre Mongolia y China con un organismo preparado para el desierto

El aislamiento que permitió su supervivencia tuvo un origen singular. Su hábitat principal, Lop Nur, en la provincia china de Xinjiang, fue zona de ensayos nucleares entre 1955 y 1996. BBC News detalló que durante esas décadas la presencia humana estuvo prohibida, y ese veto sirvió de refugio. Cuando las pruebas se detuvieron y la región volvió a abrirse, llegaron los cazadores y los buscadores de minerales.

John Hare, fundador de la Wild Camel Protection Foundation, explicó en 2001 que los camellos morían al acercarse a los manantiales, donde los furtivos colocaban minas. Afirmó que “los animales eran volados en pedazos y recogidos como carne”. Aquella situación redujo todavía más una población ya al borde del colapso.

Las reservas de China y Mongolia intentan mantenerlo con vida

Para evitar su desaparición, se crearon dos grandes reservas naturales. La primera, el Arjin Shan Lop Nur Nature Reserve, cuenta con financiación del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, que destinó 750.000 dólares a su puesta en marcha. La segunda, el Great Gobi A Strictly Protected Area en Mongolia, recibió 1,6 millones de dólares del mismo programa y del Fondo Mundial para el Medio Ambiente. Ambas zonas albergan las únicas poblaciones confirmadas de camellos salvajes del planeta. Aun así, el problema continúa: los mineros y los cazadores vuelven, y la mezcla genética con camellos domésticos amenaza con borrar la especie pura.

Según la Fundación para la Protección del Camello Salvaje, hoy quedan menos de mil ejemplares. En Mongolia viven unos 450, concentrados en la reserva del Gran Gobi; en China se estima que quedan 650 distribuidos en tres zonas aisladas. Apenas una treintena sobrevive en cautividad. La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza mantiene la especie en la categoría de en peligro crítico. En 1997, la misma fundación abrió un programa de cría en Zakhyn Us, Mongolia, con el apoyo de Jane Goodall, patrona de la organización, para intentar asegurar una población mínima viable.

La ciencia busca en su cuerpo respuestas sobre resistencia extrema

Los científicos de la Sociedad Zoológica de Londres instalaron en 2019 más de 180 cámaras automáticas en Mongolia para seguir sus desplazamientos. Esas observaciones aún no han sido publicadas en revistas científicas, pero sirven para medir su número y su comportamiento. La colaboración entre Mongolia y China avanza con dificultad: las tensiones políticas en Xinjiang impiden a muchos investigadores trabajar sobre el terreno, y las autoridades locales carecen de medios para vigilar un territorio más grande que Polonia. A su vez, el cruce con animales domésticos sigue sin control en las zonas intermedias.

Investigadores de varios países estudian cómo tolera la radiación y la falta de agua, esperando que su biología revele claves para entender mejor la adaptación y proteger su linaje

El interés científico por esta especie no se limita a su conservación. Los biólogos quieren entender cómo procesa la sal y cómo sus células resisten la deshidratación y la radiación. No hay estudios recientes sobre los mecanismos químicos que permiten esas hazañas, pero su comprensión podría aportar pistas sobre adaptación al cambio climático o sobre tratamientos médicos para el daño celular.

Hasta ahora, ninguna investigación ha demostrado resistencia genética a la radiación, aunque los camellos siguen reproduciéndose en terrenos contaminados sin señales visibles de mutaciones graves. Sin un plan internacional y una regulación firme contra la hibridación, el linaje original del Camelus ferus podría desaparecer en pocas décadas.

Etiquetas
stats