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Carlos Hernández, el periodista que quiso ser corresponsal de paz

El periodista y escritor Carlos Hernández.
3 de febrero de 2026 21:53 h

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Hace dos años, en enero de 2024, Carlos Hernández me envió una carpeta Drive con cartas e instrucciones para abrir en el momento de su fallecimiento, no antes. Me la entregó el mismo día en el que me contó que le habían detectado un cáncer y que tenía que someterse a una larga operación, de la que esperaba salir bien, “pero por si acaso”. “No quiero dejarle ese marrón a Conchi”. Conchi es su compañera de vida, su amor desde su primera juventud. 

Desde entonces, Carlos pudo disfrutar de dos años más de vida y los exprimió como siempre hacía: a tope. La semana pasada regresaba de un viaje por Tanzania, con su inseparable Conchi. Amó la vida hasta el final, con pasión, con mucha honestidad y compromiso. 

En la carpeta, que actualizó recientemente, hay cartas para Conchi, su familia, sus amigos y también un texto para sus lectores, “para que lo publique elDiario.es”, bajo el título 'Carta desde el más allá', y “para que lo difundáis a través de mis redes sociales, con esta frase: 'Mi despedida escrita antes de irme para el otro barrio. Hasta siempre'.”

Supo cómo vivir y ha sabido cómo despedirse. En sus instrucciones me pide que recuerde algunos de los momentos más difíciles que vivimos juntos en Bagdad, durante la invasión ilegal de Irak en 2003. Allí soportó bombardeos muy duros, fue testigo de asesinatos de niños y de nuestro propio compañero, el cámara gallego José Couso.

Irak y Couso

Carlos fue una figura clave entre los periodistas españoles en Bagdad, actuó como un pegamento, nos mantuvo unidos y tuvo claro que teníamos que quedarnos pese a las exigencias del Pentágono y del Gobierno español de Aznar para que nos fuéramos. 

Cuando el Ejército estadounidense disparó contra nuestro hotel y mató a Couso y a otro periodista de Reuters, escribimos a medias una nota anunciando que, como testigos, demandábamos investigación judicial y solicitábamos rendición de cuentas, porque los ataques contra la prensa no solo matan a civiles, también contribuyen a apagar el flexo informativo. 

Carlos declaró dos veces ante la Audiencia Nacional dando detalles de aquel crimen de guerra, y se posicionó públicamente contra la postura complaciente del Gobierno de José María Aznar, que no exigió más explicaciones a la Administración Bush sobre el asesinato de un ciudadano español.

Pocos meses después de regresar de Irak, fue despedido de Antena 3 Televisión, tras catorce años de trabajo. Así terminó su etapa como cronista parlamentario y corresponsal en varios conflictos internacionales –Kosovo, Palestina, Afganistán e Irak– y comenzó otra, en la que siguió ejerciendo el periodismo, con excelentes reportajes primero en la revista La Clave y, después, en elDiario.es. También trabajó como asesor político y empresarial.

En enero de 2011 tuvo claro que varios testigos del asesinato de Couso teníamos que acompañar a la comitiva judicial de la Audiencia Nacional que iba a viajar a Bagdad para realizar una “inspección ocular in situ”. Apoyó hasta el final la investigación de ese caso y denunció públicamente su cierre, provocado por la derogación de la Ley de Justicia Universal. Siempre fue fiel a sus principios, sin importarle las consecuencias.

Memoria histórica

Una noche de bombardeos en Bagdad, en 2003, hablando de otras cosas para intentar abstraernos, descubrimos que ambos procedíamos de familias represaliadas por el franquismo. “Algún día tendremos que escribir sobre eso, Rodríguez”, me dijo. Empezó a hacerlo tiempo después, con varios libros y una cuenta en redes sociales en la que se hacía pasar por su tío abuelo, Antonio Hernández, quien estuvo apresado en un campo de concentración nazi. 

Vivió su compromiso con la memoria histórica con la misma intensidad y entrega que antes había dedicado a las coberturas internacionales: con un enfoque crítico, valiente y centrado en los derechos humanos y el derecho internacional. Realizó varias investigaciones sobre la represión franquista y el nazismo y las materializó en tres excelentes libros: Los últimos españoles de Mauthausen, Los campos de concentración de Franco y Deportado 4443, este último un cómic ilustrado por Ioannes Ensis. Los campos de concentración de Franco, al igual que los anteriores, tuvo una gran repercusión, porque a través de él mucha gente se enteró de que en sus localidades había habido campos franquistas en los que se había asesinado a gente.

Poco después de esa publicación, él y Conchi nos ayudaron a exhumar la fosa en la que yacen los restos de más de sesenta personas –entre ellas, mi bisabuelo– en Villadangos del Páramo (León), acompañando al equipo de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica. Solo se pudieron extraer los restos de seis desaparecidos –dos han sido identificados por ADN– y está pendiente otra exhumación para intentar localizar los demás. Carlos ayudó mucho en ese proceso, acompañando a todas las familias y contactando con la prensa para denunciar los obstáculos que se crearon para impedir la exhumación.

Los zarpazos de las guerras le permitieron aprender pronto que todo lo que tenemos es un tiempo finito y, en el mejor de los casos, amistad, amor y comunidad para intentar mejorar el mundo.

Vivir con honestidad

Hernández estuvo en primera línea como testigo de algunos de los acontecimientos más importantes de las últimas décadas. El futuro era de las pocas cosas que le faltaban por cubrir, y lo quiso hacer antes de irse, con una novela de ficción –pero con mucha realidad– en la que una periodista, Anne Watts, una especie de alter ego de Hernández en 2149, escribe un email a Carlos con un mensaje de advertencia sobre lo que viviremos en las próximas décadas.

Siempre fue un tipo único, vitalista, genuino, íntegro y leal. Se atrevió a buscar otra forma de vivir en un mundo en el que aún se nos trata, demasiado a menudo, según el cargo profesional que desempeñamos o las posesiones que tenemos. Tras décadas entregado al periodismo, decidió prescindir de contratos y compromisos laborales fijos y ser como un pájaro al libre vuelo. “Puedo vivir con poco dinero, pero no puedo vivir sin perderme lo que más me gusta”, decía. 

Los zarpazos de las guerras le permitieron aprender pronto que todo lo que tenemos es un tiempo finito y, en el mejor de los casos, amistad, amor y comunidad para intentar mejorar el mundo. A ello quiso dedicarse: a estar más con Conchi, a viajar por todo el planeta de mochilero –conocía los hostales más baratos de los cinco continentes–, a seguir escribiendo y a contar todo lo que veía. No podía evitar dedicar unas horas desde un país lejano para enviar una crónica a elDiario.es sobre memoria histórica, sobre la muerte de algún superviviente de la represión franquista, sobre los retrocesos de la justicia universal o los bulos de la extrema derecha. Fue periodista hasta el final. 

En sus instrucciones de la carpeta Drive me pide que termine este texto con una historia que le gustaba escuchar: la del brindis en Bagdad por poder ser corresponsales de paz

Publicó su último artículo el pasado mes de septiembre: Decálogo para contestar a los expertos en deportes y genocidio, sobre la importancia de presionar ante la impunidad israelí en Palestina. Su penúltima publicación, que escribimos juntos, es una despedida a Maribel Permuy, la madre de José Couso, fallecida el pasado verano. 

Carlos Hernández deja un profundo poso en mucha gente: en su familia, en sus compañeros de trabajo, en sus amigos del barrio de toda la vida y también en sus lectores. En sus instrucciones de la carpeta Drive me pide que termine este texto con una historia que le gustaba escuchar. Ahí va:

Una noche de febrero de 2003, estando en Bagdad, decenas de periodistas de varias nacionalidades nos reunimos en una habitación del hotel Al Rashid para barajar planes ante la inminencia de la invasión y los bombardeos. Corrieron las cervezas y el ron, y ya de madrugada varios reporteros confesaron que tenían ganas de que empezara la guerra, “la adrenalina”, “la acción”. Carlos y yo nos miramos desconcertados y dijimos que la noticia más espectacular que podríamos narrar no sería la de una invasión ilegal, sino la del triunfo del “no a la guerra” que clamaban tantas personas en el mundo. Estábamos en un piso alto y a través de los cristales se veía todo el centro de la capital iraquí, iluminada, aguardando los bombardeos. Miramos por la ventana, acercamos nuestros vasos y compartimos un deseo común, con el griterío de fondo: “Poder ser corresponsales de paz”. 

Han pasado veintitrés años de aquello, pero en cada encuentro siempre hemos brindado por ese anhelo de paz compartido en una noche previa al infierno en Bagdad. Carlos siempre quiso ser eso, y siempre lo fue, hasta el final. Te queremos, amigo. 

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