Un estudio biomolecular revela que los perros de El Olivar participaron en ceremonias sagradas tras consumir plantas psicoactivas

El Olivar, un lugar que ayuda a entender cómo vivían las comunidades del norte chileno

Héctor Farrés

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Los animales formaron parte de las primeras comunidades humanas de América del Sur mucho antes de la llegada de los europeos. Entre ellos, los perros ocupaban un lugar singular: no solo acompañaban en la caza o el resguardo de los hogares, sino que también participaron en la vida ritual y social de las aldeas. Los perros prehispánicos andinos se integraron en las rutinas diarias de los asentamientos, pero también en los espacios simbólicos, donde sus cuerpos, gestos y hasta su dieta adquirían un valor ceremonial. Su presencia en enterramientos humanos sugiere un trato especial que iba más allá del afecto o la utilidad práctica.

En muchas culturas andinas, los animales domésticos podían recibir ofrendas o ser enterrados junto a sus dueños como parte de un ciclo de respeto y continuidad. Entender cómo estos perros se alimentaban y qué sustancias ingerían ayuda a reconstruir el papel que tuvieron en aquellos sistemas de creencias y, con ello, a explicar su lugar dentro del mundo humano del pasado.

Un hallazgo en Chile cambia la visión sobre los animales diaguitas

Un estudio publicado en Archaeological and Anthropological Sciences analizó los restos de varios perros hallados en el yacimiento de El Olivar, en la región chilena de Coquimbo, y determinó que algunos de ellos habían consumido plantas con efectos psicoactivos. La investigación, que combinó análisis genéticos, químicos y arqueobotánicos, muestra que estos animales participaron en ceremonias rituales y que su relación con los humanos iba más allá de la simple compañía. El hallazgo permite reinterpretar el papel simbólico de los perros dentro de las comunidades diaguitas, que convivieron con el Imperio inca hasta el siglo XVI.

El Olivar, situado en la actual ciudad de La Serena, es el mayor asentamiento prehispánico del norte semiárido de Chile. Según el equipo que realizó el estudio, su ocupación se extendió entre los años 1090 y 1536 d. C. y representa un punto importante para conocer la cultura diaguita y su posterior integración en el Tawantinsuyu. El sitio destaca por la gran cantidad de tumbas y ofrendas animales, sobre todo de camélidos.

En ese contexto, varios perros fueron enterrados en las mismas zonas que los humanos, un gesto que sugiere un reconocimiento especial hacia ellos. En uno de los casos, el animal fue depositado junto a objetos de valor simbólico, como conchas marinas y herramientas líticas.

Un perro fue drogado con tabaco andino como parte de un rito ceremonial

Para reconstruir la alimentación de los perros, los investigadores aplicaron dos técnicas complementarias: el análisis de isótopos estables de carbono y nitrógeno en el colágeno óseo, y el estudio de microrrestos vegetales conservados en el cálculo dental. La combinación de ambas permitió obtener una visión precisa de su dieta, tanto en el largo plazo como en los meses previos a su muerte. Este enfoque, que integra información química y microscópica, aporta una imagen más completa del control humano sobre la alimentación animal y de las prácticas de manejo en los asentamientos prehispánicos.

Los resultados mostraron que los perros no comían lo mismo. Algunos se alimentaban de camélidos y recursos terrestres, mientras otros consumían proteínas marinas procedentes de peces. Según los análisis, esas diferencias indican que cada grupo de animales tenía formas distintas de acceder a los alimentos: desde comida entregada por las personas hasta restos domésticos o caza ocasional. En algunos casos se detectó incluso la ingesta de excrementos humanos, un comportamiento habitual en entornos donde los animales vivían cerca de las viviendas. Esta diversidad alimentaria sugiere una convivencia estrecha y una gran adaptación de los perros a los hábitos humanos.

El hallazgo más singular fue la detección de restos de Nicotiana spp. en el cálculo dental de uno de los perros. Esta planta, cultivada y utilizada por sus propiedades psicoactivas, se asocia a rituales andinos desde tiempos antiguos. El animal en cuestión presentaba además lesiones óseas y señales de haber sido sacrificado, lo que llevó a los investigadores a pensar que la administración de la planta fue intencionada y formó parte de una ceremonia. El uso de Nicotiana con fines simbólicos o curativos no era exclusivo de los humanos, y su presencia en un perro sugiere una conexión espiritual entre especies dentro de las prácticas diaguitas.

La ciencia actual retoma la relación entre bienestar animal y plantas psicoactivas

Según Canarias7, la relación entre los perros y las sustancias psicoactivas sigue siendo objeto de estudio en la actualidad. Investigaciones recientes exploran el uso de compuestos similares en pequeñas dosis para aliviar la ansiedad en los animales domésticos.

El profesor Henríquez, responsable de un proyecto iniciado en 2024, explicó que su equipo probó un análogo legal del ácido lisérgico en perros con ansiedad por separación. “El tratamiento produjo calma sin efectos adversos”, dijo al medio canario. Tras un mes de aplicación, los animales mostraron una reducción duradera de la ansiedad, especialmente cuando sus dueños se ausentaban. Estos estudios, aprobados por comités éticos, abren una línea de trabajo que, aunque sea moderna, recuerda de alguna manera la antigua relación entre bienestar animal y uso ritual de plantas.

El análisis de los perros de El Olivar, junto con las nuevas investigaciones, evidencia la continuidad de una relación compleja entre humanos y animales. En tiempos antiguos, los perros participaron en ceremonias que unían lo cotidiano con lo espiritual; actualmente, la ciencia busca comprender y cuidar su equilibrio emocional. En ambos casos, su relación con las personas se construye a través del afecto, la observación y el intento de entender su mundo desde una mirada comprensiva.

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