En este pequeño pueblo se representaba desde el Barroco una obra de los Reyes Magos gracias a un maestro llamado... Baltasar

La obra se escenificaba cada 6 de enero en la plaza principal de la localidad, situada al lado de la iglesia

Alberto Gómez

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En el corazón de la llanura de la provincia de Palencia, la villa de Támara de Campos se erige como un guardián del tiempo, famosa por su majestuosa iglesia de San Hipólito el Real y su trazado medieval. Sin embargo, más allá de su imponente patrimonio de piedra, esta localidad atesora una joya inmaterial que ha definido su identidad colectiva durante siglos: la representación del Auto de los Reyes Magos. Este drama sacro, que durante décadas fue el evento social más esperado por los vecinos, trasciende la simple función navideña para convertirse en una arquitectura dramática compleja que fusiona la fe, la música y el teatro popular del Siglo de Oro. La obra se representaba durante estos días de Navidad y uno de sus impulsores fue un maestro llamado… Baltasar.  

El auto que se celebraba en Támara no es una obra aislada, sino que se enmarca dentro del denominado modelo leonés, una tradición extendida por la antigua diócesis de León que abarcó históricamente zonas de Palencia, Valladolid y Zamora. A diferencia de otras versiones más breves o de carácter cómico, como la de San Cebrián de Campos, el texto de Támara destaca por su tono culto, su extensión y una estructura nítida dividida en bloques dramáticos bien definidos. Esta obra representa un documento vivo de la identidad de Tierra de Campos, siendo un ejemplo de cómo el pueblo asimiló un texto refinado para convertirlo en una manifestación propia.

Resulta curioso que Támara de Campos, que nunca perteneció geográficamente a la diócesis leonesa, adoptara este modelo con tanta devoción. La historia local cuenta que fue un maestro de escuela llamado Baltasar, oriundo de la montaña palentina, quien introdujo el guion en la localidad. Desde su llegada, la obra se escenificó de forma casi ininterrumpida cada 6 de enero en la plaza principal, situada al lado de la iglesia, convirtiéndose en un ritual de cohesión para los vecinos y habitantes de localidades vecinas que acudían en masa a presenciarla.

La representación era un despliegue humano monumental que requería la participación de casi cuarenta actores, además de un numeroso coro de mujeres

La representación, que se llevaba a cabo desde el Barroco en esta localidad de Castilla y León, era un despliegue humano monumental que requería la participación de casi cuarenta actores, además de un numeroso coro de mujeres, una cifra asombrosa para un pueblo de población menguante. Debido a este enorme esfuerzo organizativo y de ensayos, los vecinos no lo representaban todos los años, sino de vez en cuando, bajo la premisa de no cansar al público y mantener vivo el interés. A pesar de un periodo de olvido tras mediados de los años setenta, la tradición fue rescatada con éxito en 1996, demostrando la persistencia del fervor popular por sus raíces culturales.

La trama del auto se divide en cinco partes fundamentales que mantienen al espectador en constante tensión dramática durante casi dos horas. Todo comienza con la aparición de la estrella y el diálogo de los Reyes Magos quienes, tras consultar las profecías de Balaam, deciden seguir el astro hasta Jerusalén. Tras una tensa ‘entrevista’ en el palacio de Herodes, donde el monarca oculta su recelo tras una máscara de cortesía, los Reyes parten hacia Belén para realizar la adoración y entrega de ofrendas de oro, incienso y mirra al Niño Jesús. El análisis literario del texto revela un origen indudablemente refinado, probablemente redactado por una pluma eclesiástica versada en teología a finales del siglo XVII o principios del XVIII. El guion emplea un lenguaje barroco con expresiones elevadas como bóveda celeste o potencias y sentidos, nutriéndose de fuentes que incluyen los Evangelios de San Mateo, los escritos de Padres de la Iglesia como San Agustín y diversos Evangelios Apócrifos. 

Esta base culta convivió armoniosamente con la interpretación de los vecinos, quienes daban vida a personajes como el anciano Simeón o la profetisa Ana. Uno de los elementos más distintivos y originales de la versión de Támara de Campos es la inclusión de un cuadro escénico de carácter militar protagonizado por soldados romanos. En esta escena, personajes como Octavio y el decurión Cayo mantienen una disputa sobre las pretensiones de Roma en Judea, añadiendo un matiz político y casi profano al drama sagrado. Este fragmento, que parece haber sido añadido al texto primitivo leonés, refuerza la singularidad del auto tal como se entendía y representaba específicamente en esta villa castellana.

La música constituye el otro gran pilar de la obra, con piezas que van desde marchas marciales hasta cantos de un arcaísmo sobrecogedor. El coro de mujeres entona romances narrativos con funciones de narrador que enlazan las distintas escenas, mientras que las intervenciones del Ángel poseen una estructura melódica que recuerda al Gloria de la Missa de Angelis del repertorio gregoriano. Estas melodías se transmitieron oralmente de generación en generación, lo que ha permitido que se conserven tonos que oscilan entre lo modal arcaico y lo popularizante.

Transformación lingüística

A través de los siglos, la transmisión mitad escrita y mitad oral provocó un fascinante fenómeno de transformación lingüística en el guion. Los actores, a menudo con poca instrucción académica, amoldaban las frases a su gusto, generando vulgarismos y términos inventados que hoy son considerados joyas dialectales por los investigadores. Palabras como cusquejo por bosquejo o profías en lugar de porfías salpican el texto, demostrando cómo el pueblo asimiló la obra culta original hasta convertirla en un lenguaje propio, vivo y cercano. El drama alcanza su clímax con la furia desatada de Herodes al sentirse engañado por los Reyes Magos, un momento de gran fuerza expresiva donde el monarca se enfrenta a la voz de su conciencia representada por el contradictor. 

A diferencia de otras versiones, el final de Támara es de un carácter culto que otorga protagonismo a los lamentos y vituperios de las madres tras la orden de la degollación de los inocentes. La obra concluye de forma moralizante con la muerte desesperada de Herodes, cuyo cuerpo se pudre mientras su alma desciende a los abismos. En la actualidad, la puesta en escena de este auto enfrenta desafíos casi insuperables debido a la persistente despoblación del medio rural castellano. La falta de habitantes suficientes para cubrir un reparto de cuarenta actores y un coro numeroso hace que las representaciones sean cada vez más difíciles de organizar. Sin embargo, el legado del Auto de los Reyes Magos de Támara sobrevive gracias a la minuciosa labor de campo realizada por investigadores como Emilio Rey García en la década de los noventa. Gracias a la memoria de informantes como Clemente Castillejo, que conservaba copias de manuscritos ya perdidos, se ha podido rescatar y publicar tanto el texto como la música de esta tradición. 

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