Antes del perro estuvo el lobo: una alianza con cazadores paleolíticos pudo cambiar la evolución de ambas especies

La selección hereditaria permitió cambios durante numerosas generaciones

Héctor Farrés

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Los cachorros de lobo criados por personas podían desarrollar vínculos sociales diferentes de los que establecían los ejemplares que crecían en libertad, lo que permite comprender cómo la convivencia temprana con los humanos pudo favorecer el proceso que, a lo largo de numerosas generaciones, dio origen a animales cada vez más dóciles.

Sin embargo, esta socialización durante las primeras etapas de vida tenía sus límites, ya que un lobo criado entre personas seguía conservando sus instintos de caza y podía reaccionar de forma peligrosa. Para que esos cambios en el comportamiento se transmitieran a las siguientes generaciones, era necesario un proceso de domesticación basado en la acumulación de características hereditarias.

La crianza humana podía socializar lobos sin eliminar sus instintos

La transformación de poblaciones de lobos comenzó probablemente cuando algunos ejemplares aprovecharon los restos de comida alrededor de campamentos paleolíticos. Los menos temerosos podían alimentarse cerca de los cazadores, mientras que los agresivos corrían mayor riesgo de ser rechazados.

Si los animales tolerantes sobrevivían y tenían descendencia, sus predisposiciones podían extenderse gradualmente entre los individuos que frecuentaban aquellos asentamientos. Así se plantea una vía de domesticación en la que la selección natural precedió a la intervención reproductiva humana.

Los lobos más dóciles pudieron ayudar a los humanos en determinadas situaciones

La crianza de cachorros pudo reforzar aquella proximidad, porque las primeras experiencias sociales influyen en el comportamiento posterior de los cánidos. Los humanos pudieron alimentar y socializar crías temprano, favoreciendo su familiaridad con voces, movimientos del campamento.

Sin embargo, acostumbrar a un animal salvaje a la presencia humana afecta principalmente a ese individuo, mientras que criar generaciones de ejemplares tolerantes puede modificar una población. Esta diferencia explica por qué el proceso necesitó generaciones y por qué los primeros perros no tuvieron que surgir de lobos adultos capturados.

La caza pudo estrechar la cooperación entre personas y cánidos

Los restos óseos encontrados en yacimientos europeos muestran que la historia de esta relación comenzó mucho antes de la agricultura. The Guardian recoge hallazgos de unos 33.000 años en Bélgica y Siberia, con cráneos de hocico más corto, mandíbulas más anchas y dientes más apiñados que los de lobos salvajes. The Collector menciona también los yacimientos de Goyet, en Bélgica, y Předmostí, en República Checa, asociados a cánidos paleolíticos. Pese a eso, la clasificación de algunos ejemplares antiguos sigue siendo discutida, porque distinguir lobos de perros incipientes por sus huesos plantea dificultades.

La utilidad de aquellos animales pudo extenderse desde los campamentos hasta las expediciones de caza. La antropóloga Pat Shipman, de Pensilvania, explicó a The Guardian que los primeros perros lobunos podían perseguir bisontes y alces hasta agotarlos. Los cazadores intervenían entonces con sus armas y evitaban esfuerzo de rastreo, mientras los cánidos permanecían alejados del momento más peligroso del remate. “Luego compartíamos la carne”, explica la experta sobre el resultado de aquella cooperación. La vigilancia frente a carnívoros que robaban presas también habría favorecido esa cooperación.

La antropóloga Pat Shipman plantea que aquellos animales perseguían bisontes y alces, facilitaban su captura y podían proteger las piezas abatidas

La comunicación necesaria para coordinar esas actividades llevó a Shipman a plantear otra hipótesis sobre los ojos. La antropóloga destacó que tanto los lobos como Homo sapiens presentan esclerótica blanca, lo que facilita percibir hacia dónde mira otro individuo. En The Guardian sostuvo que esa señal podía ayudar a los cazadores a coordinarse silenciosamente con sus acompañantes animales. Su propuesta de que esa cooperación favoreciera la esclerótica humana sigue siendo una interpretación, no una conclusión demostrada sobre su origen.

La posible ventaja cinegética también sustenta la hipótesis más controvertida de Shipman sobre la desaparición de los neandertales. Cuando Homo sapiens llegó al continente, ambos grupos competían por grandes presas y afrontaban la presión de otros carnívoros. La antropóloga considera que la colaboración con cánidos pudo mejorar el acceso humano a la carne y agravar las dificultades de los neandertales, que no contaban con ese extra. Sin embargo, la desaparición de estos últimos se estudia mediante diversos factores, entre ellos las condiciones climáticas y la competencia humana.

La convivencia prolongada pudo modificar el comportamiento y la anatomía

La alimentación de los primeros cánidos también proporciona indicios sobre su relación con los grupos de cazadores paleolíticos, especialmente a través del estudio de los restos óseos. The Collector recoge investigaciones basadas en análisis isotópicos que han identificado dietas semejantes a las de los humanos de aquella época y diferentes de las de los lobos salvajes.

Estas coincidencias sugieren que algunos animales pudieron alimentarse de las presas capturadas por las personas o aprovechar los restos que dejaban sus asentamientos, aunque para determinar el alcance de esa relación también es necesario examinar el contexto arqueológico en el que aparecieron los huesos.

La proximidad entre aquellos cánidos y las comunidades humanas pudo favorecer que los ejemplares más tolerantes tuvieran mayores oportunidades de sobrevivir y reproducirse cerca de los asentamientos. A lo largo de numerosas generaciones, la selección de estos animales habría propiciado cambios hereditarios en su comportamiento y, posteriormente, en determinadas características anatómicas que pueden estudiarse en los restos antiguos.

De este modo, aunque los perros actuales conservan capacidades depredadoras heredadas de sus antepasados, su evolución estuvo profundamente influida por la selección de comportamientos sociales que facilitaron una convivencia cada vez más estrecha con las personas.

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