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Barack Obama: un trabajo para superhéroes, no para presidentes

Obama fue depositario de tantos entusiasmos que terminamos por construirle un traje de esperanzas y milagros imposible de mover

Obama condena el "ataque terrorista" de In Amenas y ofrece ayuda a Argelia

Con Barack Obama (Honolulu, 1961) tengo un problema: el color de su piel. No es racismo lo que me mueve, sino lo contrario. Su origen africano-americano me conecta con una lucha de siglos contra la esclavitud, la segregación y la injusticia de millones de personas, sean estadounidenses, americanos o africanos, despierta sentimientos y complica la crítica. Supongo que al comité noruego del Nobel de la Paz le sucedió algo parecido cuando se lo otorgó en 2009. Fue un premio preventivo arrastrado por una ilusión colectiva, por un Yes we can global.

Quizá exista un paralelismo entre la campaña de 2008 en EEUU -aquella fría noche electoral, su primer discurso en Chicago ante miles de personas- y lo que sucede ahora en España con Podemos y Pablo Iglesias. Obama fue depositario de tantos entusiasmos superpuestos y a menudo contradictorios entre sí que terminamos por construirle un traje de esperanzas y milagros imposible de mover. El suyo era un trabajo para superhéroes, no para presidentes.

Es el inquilino número 44 de la Casa Blanca, el primer afroamericano en sentarse en el Despacho Oval, el mismo que ocuparon Abraham Lincoln, Franklin Roosevelt o John Kennedy. Es algo que nunca le han perdonado la extrema derecha estadounidense y su Brunete mediática emboscada en la Fox News y en el insultador de radio llamado Rush Limbaugh, que en España tiene numerosos imitadores. Son los que han lanzado, aireado y mantenido el bulo de que Obama es extranjero y musulmán, una manera nada subliminal de decirle al ciudadano común: cuidado, posible terrorista.

El odio no es solo político, como el que sienten hacia los Clinton; en su caso es también racial. Suena de fondo un insoportable runrún de xenofobia. También le acusan, junto a una parte significativa del Partido Republicano, de comunista. Su delito: querer implantar un sistema sanitario universal, aunque menos ambicioso que el europeo. No está en juego la salud de millones de personas, sino el futuro de millones de dólares en el bolsillo de las aseguradoras. Su negocio es nuestra mala salud.

La piel siempre ha estado unida a su vida, a su trabajo, a su lucha. Comenzó como abogado dedicado a la defensa de los derechos civiles. Su modelo político, social y ético, como el de la mayoría de los afroamericanos de EEUU, era Martin Luther King. La Brunete de allá le adjudica algunas devociones juveniles hacia Malcom X y los Black Panther.

Obama saltó a la fama durante la convención demócrata de 2004, la que encumbró a John Kerry para lanzarle a la derrota total en noviembre de ese año. No bastó el antibushismo; el candidato Kerry no era bueno. El joven Obama, aspirante a un escaño en el Senado de EEUU por Illinois, habló de esa manera hipnótica a la que nos tiene acostumbrados hasta que nos dimos cuenta de que dentro de sus bellos discursos solo hay humo, como había humo en los del actor Ronald Reagan, el gran héroe de la derecha estadounidense, quien se apuntó el tanto, merecido o no, de la caída del telón de acero y de la posterior implosión de la URRS. Obama, en cambio, no deja tanto, solo una agria sensación de una oportunidad perdida. Pese a todo, Obama sigue cautivando, más fuera que dentro.

Con aquel célebre discurso de 2004, que puso en pie a los demócratas, arrancó su carrera presidencial sin que nadie se diera cuenta, y menos aún Hillary Clinton que aplazó su asalto a la Casa Blanca cuatro años en busca de mejores opciones sin intuir que sería derrotada por Obama en las primarias de 2008. Tras vencer a Hillary dentro del Partido Demócrata, Obama se deshizo con facilidad de John McCain, un tipo respetado en EEUU que ha gallardoneado su moderación como senador republicano, aunque no tanto como el ex ministro español. McCain no es un impostor, solo un tipo que duda demasiado.

El gran problema de McCain con Obama fue la bomba de relojería que le colocó la derecha en el ticket (candidatura), la aspirante a vicepresidenta, que terminó de hundirle. Sarah Palin, una especie de lideresa con menos años, mejor porte y menos maña le obligó a abandonar el centro. Fue un desastre. McCain parecía un muñeco en manos de expertos en comunicación, los nuevos magos.

Pese a no cumplir sus promesas electorales, la más importante y simbólica, el cierre de Guantánamo, los estadounidenses le dieron una segunda oportunidad y Obama repitió mandato en 2008. Es cierto que ayudó mucho tener enfrente a Mitt Romney, un multimillonario aburrido y mormón.

He ido tan deprisa que casi se me acaba el perfil. Volvamos al principio.

De madre blanca (Ann Dunham) y padre negro nacido en Kenia, Barack representa la fusión de las dos Américas raciales, la oportunidad de ser un símbolo nacional, algo que ha logrado. Es mitad americano ejemplar de pura cepa (su abuelo materno luchó con el general George Patton en Europa) y mitad Luo (o joluo), una tribu nilótica que se extiende por el este de Uganda, Kenia y Tanzania. Ese origen africano y su middle name (Hussein) es todo lo que tienen los Limbaugh contra él.

El joven Obama creció sin padre (como Vladímir Putin). Cuando tenía dos años este se marchó de casa con la excusa de mejorar sus estudios y regresó a Kenia. No lo volvió a ver hasta los diez años en una visita fugaz a Honolulu. El segundo matrimonio de su madre fue también exótico para los parámetros de los WASP (White Anglo Saxon Protestant) que dominan el control de lo que está bien y lo que está mal en EEUU. El padrastro, Lolo Soetoro, era indonesio. La familia se movió a Yakarta, donde Barack estudió cuatro años. Se trata de otro periodo sospechoso para los trogloditas: un país de mayoría musulmana.La madre decidió enviarle de regreso con los abuelos a Hawaï donde cursó secundaria. Tenía miedo por la seguridad de su hijo en la Yakarta de aquellos tiempos, en plena represión anticomunista. ¿He escrito comunista? Lo ven: todo encaja.

Sus enemigos acusan a Obama de falsear su partida de nacimiento, es algo políticamente importante porque según la ley los extranjeros no pueden ser presidentes en EEUU. Es lo que bloqueó a Arnold Schwarzenegger que en algún momento soñó con ser el nuevo Reagan. De momento debe contentarse con ser Terminator.

Obama se graduó en 1979 en una escuela en la que solo había tres estudiantes negros. Su educación, además de lo que exigían los programas escolares de la época, fue social y, de alguna manera, política: aprender a convivir con el racismo, a combatirlo. También comprender que las dificultades iban a ser muchas si deseaba ascender en la jerarquía social en el país de las oportunidades y la meritocracia. Cuando uno es mestizo suele recibir el rechazo de las dos razas que no le ven fiable.

El rol de padre lo ejerció su abuelo Stanley, una persona esencial como lo sería después Michelle, su mujer. Esa nostalgia de padre (que murió en Nairobi en un accidente de coche cuando el futuro presidente tenía 21 años) le llevó a publicar en 1995 el libro Dreams from My Father A Story of Race and Inheritance (Sueños de mi padre, una historia de raza y herencia) traducido a varios idiomas, incluido el chino. Cursó estudios superiores en Los Ángeles y Nueva York, dos de las ciudades más liberales de EEUU que terminaron de modelar su pensamiento. En 1983 se graduó en Ciencia Política y dos años después se trasladó a Chicago para empezar a trabajar en favor de los derechos civiles.

En esa época, en la que ya debía ambicionar una carrera política, se hizo devoto de la Trinity United Church of Christ. Educado en un laicismo respetuoso, el joven abogado encontró el ropaje perfecto para hacer carrera. Es más fácil que un terrorista de Al Qaeda llegue a presidente de EEUU que lo consiga un ateo. En 1989 conoce en Chicago a Michelle Robinson, la futura Primera Dama, quien le empezó a asesorar en una firma de abogados, un trabajo que no ha dejado jamás; es el gran motor, la estratega detrás del político.

Obama se gradúa con las mejores notas de la Facultad de Derecho de Harvard en 1991. El apoyo económico de sus abuelos y su talento le ayudaron a superar las barreras raciales. Fue el primer negro en dirigir la Harvard Law Review. Siempre ha sido un pionero, un tipo que abre camino. Quienes le conocen dicen que es orgulloso, seguro de sí mismo, de carácter fuerte, pero educado, y que heredó el tesón de su madre, muerta a los 52 años de cáncer. Los psicólogos resuelven la contradicción de ser altivo y simpático en dos palabras: empático selectivo.

Se casó con Michelle en 1992, el mismo año en el que decidió apoyar a Bill Clinton, un golpe de suerte o de audacia. Comenzó su carrera por abajo. Primero se presentó al Senado estatal de Illinois, un buen lugar para foguear su excelente oratoria y aprender a defenderse de las malas artes del oficio. Ganó el escaño en 1996. Una carrera meteórica siempre necesita un fracaso y Obama lo tuvo en 2000 cuando erró en su intento de llegar a Washington a través de la Cámara de Representantes. Cambió de táctica y se puso como objetivo llegar al Senado de la nación en 2004. El resto ya lo sabemos.

Fue valiente en 2003 cuando se preparaba la invasión del Irak de Sadam Husein con una excusa falsa: las armas de destrucción masiva. Oponerse a una guerra envuelta en un halo de patriotismo, heredero de los atentados del 11-S, y en el que sucumbieron periódicos tan serios como The New York Times, era una apuesta arriesgada. Le salió bien: Irak fue una de sus bazas en 2008, igual que el cierre de Guantánamo y la promesa genérica de regenerar la política.

La actual guerra en Irak y Siria contra el Estado Islámico prueba que Obama, después de todo, se ha calzado los mismos zapatos de Bush en Oriente Próximo y Afganistán, algo habitual en Washington donde no hay tantos zapatos disponibles. Ese es su mayor fracaso, junto a la imposibilidad de cambiar la legislación de las armas de fuego y la Sanidad universal, el ObamaCare, aprobado por el Congreso tras una lucha agónica y con tantos recortes sobre la idea inicial que ya no se sabe que es.

Enfrente ha tenido a un Partido Republicano unido por el odio que ha bloqueado casi todas sus iniciativas legales. Ese odio arranca en 2004, cuando llegó al Senado nacional (el tercer negro de la historia de la cámara) y se multiplica desde 2008, cuando alcanza la Casa Blanca. La presidencia de Obama ha estado lastrada por la crisis económica, una especie de 11-S en el centro del sistema. Este es otro de sus fracasos: prometió refundar el capitalismo junto al G-20, pero solo ha refinanciado a los mismos actores que provocaron el estallido. Estos son los zapatos económicos.

Pese a las críticas, y no hemos hablado a fondo del desastre de Siria ni de su incapacidad de sentar al Gobierno israelí en unas verdaderas negociaciones con los palestinos, ni de los drones, una forma de hacer la guerra no se sabe bien a quién y que debe de tener felices a los del Nobel, Obama representa un cambio radical en el escenario para millones de afroamericanos. Ya es casualidad que surjan los disturbios raciales más graves en los últimos años, en protesta por el abuso y la impunidad policial en Ferguson y Nueva York, con presidente negro en EEUU. ¿Dónde está el teatro?

Aunque contó con la ventaja de pertenecer a una clase media acomodada, Obama es la imagen de que sí se puede. No importa la piel. Si se estudia y trabaja duro se puede llegar. Es la reencarnación de que el sueño americano aún es posible. Millones de niños negros, hispanos y asiáticos tienen un héroe de carne y hueso, con sus defectos, sin superpoderes, pero héroe al fin. Tendremos que esperar veinte años, o más, para medir el impacto real de Obama en esos niños que se ilusionaron con un presidente que parecía de los suyos, aunque fuera de los de los siempre, y que les puso en marcha hacia un sueño. Quizá entre ellos esté el hombre o la mujer que consiga cambiar las cosas de verdad, que construya otros zapatos con los que caminar por la vida. Habrá que ser pacientes.

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