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El País ha dejado de ser Mi País y siento la tristeza del huérfano, pero al contrario que hace un siglo, hoy podemos refugiarnos en el mundo digital

Empecé a comprar El País poco después de su salida en mayo de 1976. A partir del 23F se convirtió en uno de mis signos de identidad; llevarlo bajo el brazo indicaba una posición no solo política, sino también vital. Cuando me preguntaban mi opinión sobre un asunto de actualidad respondía lo que había oído decir a un amigo de la misma cuerda: "Te contestaré cuando lea el editorial de El País". Llegué a creerme que El País era también un poquito mío.

Por circunstancias de mi profesión he vivido en diferentes países; en cada uno de ellos mi periódico de referencia es el que ocupa el mismo espacio cultural y político: The New York Times, The Guardian, La Repubblica y Le Monde. También leo los liberales The Economist y Financial Times. Todos ellos, incluido El País se caracterizan por la sobriedad expresiva y el respeto formal hacia todas las personalidades públicas sobre las que escriben aunque ataquen, con buenos modales, las políticas que persiguen.

Por ello mi sorpresa ante el editorial del pasado 27 de septiembre en el que insultaba al secretario general del PSOE, llamándole "insensato sin escrúpulos" como colofón a una semana de durísimas críticas a ese político. El mensaje era claro: si por las buenas no obedeces, lo harás por las malas. Y así fue. A Aznar nunca le trataron así y la actitud del presidente del Gobierno frente a la corrupción es calificada de meramente reprochable.

A lo largo de los muchos años que llevo siguiendo los periódicos señalados nunca he leído palabras tan gruesas y, en mi opinión, maleducadas.

Me produjeron sorpresa e indignación, no por el contenido, sino por las formas, que me hicieron recordar a El País, diario sensacionalista de izquierdas, dirigido por el jovencísimo Lerroux, desde 1888, hasta su marcha a El Progresista.

Algunos analistas quieren ver los motivos de esta actitud en el cambio de posicionamiento ideológico que vendría de lejos, quizás desde 1997, cuando Jorge Riechmann publica El día que deje de leer El País; para otros como Carlos Enrique Bayo, la transformación culmina en el 2013, como escribe en Le Monde Diplomatique en mayo de ese año.

A mí la mosca ya me picaba cuando comentaristas como Miguel Ángel Aguilar y Maruja Torres fueron sustituidos por otros como Ana del Palacio.

Seguí leyendo el periódico, porque era mi periódico y el único medio nacional que quedaba en papel que podría representar una opción laica, liberal y de centro izquierda. El último intento de hacer una publicación dirigida a ese público, el del semanal Ahora, ha durado 55 números.

El País de Lerroux, para el que escribieron Azorín , Valle-Inclán, Pío Baroja, Unamuno, Vicente Blasco Ibáñez, Perez Galdós, Machado y el propio Ortega, cuando no estaba de acuerdo con el periódico de su familia, El Imparcial, desaparece en 1921. En parte se debió a la persecución de los gobiernos de turno, pero también por el abandono de muchos de sus lectores hacia nuevos periódicos republicanos, mientras que Lerroux se había ido escorado lenta e inexorablemente a la derecha.

El País ha dejado de ser Mi País y siento la tristeza del huérfano, pero al contrario que hace un siglo, hoy podemos refugiarnos en el mundo digital en el que hay espacio para todas las opiniones.

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