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En defensa de lo evidente

Hay que defender sin complejos ese mandato democrático por el diálogo para desjudicializar la política y construir un horizonte plurinacional para el país, en el que puedan convivir proyectos muy diferentes

Pedro Sánchez y Quim Torra en su encuentro en Pedralbes

Pedro Sánchez y Quim Torra en su encuentro en Pedralbes MONCLOA

Hace apenas ocho meses del éxito de la moción de censura contra Mariano Rajoy y la llegada de Pedro Sánchez a la Moncloa con el apoyo de nuestro grupo parlamentario confederal Unidos Podemos-En Comú Podem-En Marea y otras formaciones políticas como PDCat, Compromís, ERC o PNV, que quisieron poner fin al Gobierno del PP tras la sentencia de la Audiencia Nacional sobre el caso Gürtel.

Esa mayoría alternativa no tenía un programa político común, ni un proyecto de largo recorrido. Se trataba de algo mucho más básico: recuperar unos mínimos de dignidad institucional, expulsando al partido más corrupto de Europa, y revertir el legado más lesivo de las políticas del PP. De un lado, se trataba de acabar con una década de austeridad y recortes para hacer llegar la recuperación a todas las capas de la población y, de otro, desjudicializar la política para afrontar democráticamente la crisis territorial del Estado y, en concreto, el conflicto con Catalunya.

En un momento crítico de represión como el que estamos viviendo actualmente, a las puertas de un juicio infame a dirigentes independentistas que nunca se debería haber producido, con una falta de garantías evidente durante toda la instrucción, con una prisión preventiva injusta e injustificada y con la acusación de unos delitos que no se corresponden con los hechos -como han demostrado cuatro países europeos y han confirmado más de un centenar de catedráticos de derecho penal-, y paralelamente, con un auge ultranacionalista en España, que ha generado una ola de crispación y venganza, promovida por las derechas desalojadas del poder de PP y Cs, y dirigidas por Vox, se hace más necesario que nunca defender lo evidente. ¿Qué otra alternativa existe al tripartito reaccionario de las derechas, que no pase por el reconocimiento de las diferencias entre los partidarios de la moción de censura? ¿Durante cuánto tiempo más Pedro Sánchez jugará a contemporizar a la parte más reaccionaria de su partido y a una derecha que quiere que pase cuanto antes a la historia? ¿Durante cuánto tiempo más habrá que esperar para que entienda que el conflicto con Catalunya sólo se resolverá dando la voz a la ciudadanía? ¿Y durante cuánto tiempo más algunos sectores de los partidos independentistas seguirán en posiciones de bloqueo y hablando de diálogo con la boca pequeña?La historia nos ha enseñado en demasiadas ocasiones que el autogobierno de Catalunya y la democracia en España son directamente proporcionales. Cuando uno se estrecha, la otra pierde, y viceversa. Deberíamos no olvidarlo para no cometer errores que nos lleven a un callejón sin salida.

Necesitamos un programa de mínimos, un proyecto de sentido común, que asuma que la democracia consiste, entre otras cosas, en la contraposición de proyectos diferentes e incluso contradictorios, y que el diálogo es la herramienta fundamental para empezar a articular un nuevo acuerdo de país que reconozca su pluralidad como un valor y sepa que sólo podremos avanzar desde el acuerdo y las soberanías compartidas.

Ahora más que nunca, hay que ser firmes en la defensa de lo evidente. En la defensa de que los derechos civiles y políticos son inseparables de los derechos sociales y nacionales, en la defensa de que el diálogo es la única vía que no ha fracasado y en la defensa de que la plurinacionalidad tiene que encontrar un encaje basado en el acuerdo, en las urnas y la voz de la ciudadanía. Ante unas derechas crispadas y dirigidas ideológicamente por el nuevo pupilo de Bannon, Santiago Abascal, hemos de saber que hay una mayoría social de Catalunya y de España que apoya el diálogo y el acuerdo, que no quiere volver al pasado y que cada vez se siente más alejada de una política incapaz de encontrar soluciones y adicta a la sobreactuación. Hay que defender sin complejos ese mandato democrático por el diálogo para desjudicializar la política y construir un horizonte plurinacional para el país, en el que puedan convivir proyectos muy diferentes.

Frente al odio, la imposición y la división de la sociedad que propugnan unas derechas, hipermovilizadas de cara a los próximos desafíos electorales, es la hora de un diálogo en profundidad, entre diferentes y con perspectiva de futuro. Es hora de dejar de lado los cálculos partidistas y de centrarse en proyectos que puedan afrontar los problemas cotidianos de la ciudadanía. Es hora de aprender del feminismo y de poner la vida en el centro. Es la hora de la política.

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