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Una democracia en decadencia

Los ejemplos muestran que vivimos en España una profunda crisis del sistema democrático, y no debemos olvidarlo ni acostumbrarnos a este paisaje lleno de sombras y sospechas, como ya ocurrió con la corrupción

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El ladrillo seduce a los políticos

EFE

Mientras nos entretenemos con apasionados debates en la calle y en nuestras casas sobre la compra del famoso chalet, el asunto del vídeo de las cremas o las trampas para obtener un máster y los trileros tratan de despistarnos aún más en defensa de sus intereses privados, corremos el peligro de olvidarnos de la grave crisis que sufre la democracia en España. Porque no podemos caer en la banalización de la política, sin negar importancia a las polémicas citadas. Todas nos recuerdan que la ética y la coherencia han de presidir la vida pública.

Pero no perdamos la atención sobre todo aquello que realmente degrada el sistema democrático. Me refiero al hecho de que un PP corrupto continúe en el Gobierno de la Comunidad de Madrid -su auténtico laboratorio de la corrupción- gracias a que Ciudadanos pasa de la regeneración democrática. A la aprobación, en un Pleno de esta semana, de un presupuesto continuista y frívolo, como consecuencia de la complicidad entre el PNV, Rivera y Rajoy, a pesar del Cupo Vasco que figura de modo expreso en el capítulo de ingresos del Estado. O al veto urgente del Gobierno que impedirá que se debata en el Congreso una enmienda del PSOE al presupuesto que proponía la eliminación del factor de sostenibilidad de las pensiones, en realidad un factor para recortarlas.

Mientras Quim Torra, un ultranacionalista nada honorable, okupa en Catalunya el puesto de president, ni existe ni se espera un plan estratégico de alcance político del Gobierno de España para ir restando argumentos y apoyos al secesionismo. Carencia aprovechada por Puigdemont para seguir jugando al victimismo. Y por Rivera con el tira y afloja del 155, en su línea de un populismo españolista rancio -modelo Aznar- y usando la mercadotecnia para ganar votos con el enfrentamiento entre territorios. Ante la ausencia de la política como herramienta para la resolución de conflictos, tampoco el cerco judicial en exclusiva resolverá nunca una confrontación que se va a enquistar y hará arraigar de forma radical el independentismo entre los catalanes más jóvenes. Perderá la democracia y aumentará la inestabilidad política en esta España plural en perjuicio de las aspiraciones de las izquierdas.

Por otra parte, la gestión de la crisis económico-financiera y las brutales consecuencias traducidas en empleo precario, salarios indignos, recortes de derechos sociales y de libertades o la propia violencia de género, han provocado el sentimiento, en buena parte de la ciudadanía, de que la democracia y sus instituciones no han servido para dar una respuesta tranquilizadora y justa a sus padecimientos e incertidumbres.

Sostengo la idea de que no puede haber democracia real en una sociedad sumergida en un mar de desigualdades crecientes. El sistema democrático tiene que afrontar los problemas de la desigualdad y debe garantizar que el parlamento legisle frente al secuestro de 52 leyes por el Gobierno con el apoyo de Ciudadanos. No hay democracia de calidad si la radio televisión pública no actúa con independencia y respeto al pluralismo. Si la familia Franco sigue siendo Grande de España y ostentando el Ducado. Tampoco si la política no prevalece en los grandes conflictos y es sustituida por la inacción y la judicialización. Ni hay democracia si la descarada corrupción del caso Bárcenas no obliga a Rajoy a asumir responsabilidades. Para colmo, las reformas que serían necesarias para reforzar la espina dorsal de nuestro sistema de cohesión social y territorial - la Constitución - se han convertido en una misión imposible ante un desprecio manifiesto a los principios de diálogo, redistribución, convivencia y búsqueda de consenso.

También los fraudes, la inmoralidad, el populismo, la falta de transparencia y la incoherencia, contribuyen a intoxicar la vida democrática en España y a provocar el hastío hacia los comportamientos de la llamada clase política. En definitiva, asistimos al descrédito de la política por la pérdida de reputación de los políticos.

Los diputados tenemos que colocar una y otra vez sobre la mesa de un Congreso que mantiene unas reglas de funcionamiento desfasadas, los asuntos vitales para avanzar en la regeneración del sistema democrático, con otra forma de hacer política. Por ejemplo, obligar al Gobierno a rendir cuentas sobre los negocios de los fondos buitre, a que aplique la ley de Memoria y el Pacto contra la violencia de género o movilizar a la opinión pública contra la opacidad fiscal que imponen Rajoy y el PP y que nos impide conocer lo que pagan a Hacienda corporaciones como Amazon, Apple, Google o las empresas del IBEX, en aplicación del principio contributivo tributario del art. 31 de la CE, imprescindible para efectuar la redistribución de rentas y beneficios.

Los ejemplos muestran que vivimos en España una profunda crisis del sistema democrático, y no debemos olvidarlo ni acostumbrarnos a este paisaje lleno de sombras y sospechas, como ya ocurrió con la corrupción. Con lo que está en juego, no basta una actitud ciudadana de desconfianza y desafección hacia las instituciones.

No esperemos más para levantar, de nuevo, las banderas más revolucionarias; las de la democracia. Y si bien es verdad que en este mundo globalizado, interdependiente y digital, los aires democráticos nos llegan muy contaminados, ello no representa un consuelo sino un gran desafío. Los comportamientos neofascistas de Putin o Trump, entre otros, la intoxicación y manipulación creciente de las redes sociales, la ausencia de un liderazgo político mundial en valores, sumado al descrédito de la UE y la ONU por su inoperatividad ante las guerras asesinas de poder, aportan aún más escepticismo ante la situación de una democracia decadente en el planeta y el avance de los nacionalismos y la xenofobia. Es el momento de la regeneración y de las convicciones democráticas.

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