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La libertad de expresión y el país estrecho

La gravedad de que una persona vaya a la cárcel por cantar canciones remite a una imagen que es a la vez la de un poder sumamente duro y a la vez sumamente débil

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El rapero Valtonyc declarando ante el juez EFE

La libertad de expresión es un derecho que mide lo que se puede decir. Se basa en que una sociedad es más justa, más democrática y más libre cuantas más posibilidades hay de decir cosas. 

El derecho a la libertad de expresión no está exento de consecuencias. No podemos confundir el derecho a decir algo con que por tenerlo dé igual lo que digamos. Precisamente, se trata de poder decir las cosas para que importen. Es un derecho que protege a la sociedad en su derecho a decir cosas porque confía en la capacidad de la propia sociedad para saber qué hacer con lo que se dice. 

Defender la libertad de expresión no implica estar de acuerdo con tal o cual manifestación artística u opinión, implica confiar en la capacidad de la sociedad para hacerse cargo de lo que se dice. Hacerse cargo puede querer decir algo así como ignorarlo, rebatirlo, arrinconarlo o incorporarlo. Uno puede defenderla tanto como mecanismo para garantizar transformaciones sociales como para lo contrario, como mecanismo para demostrar la solidez de los consensos sociales. 

Estamos acostumbrados a la restricción de la libertad de expresión en los contextos en los que se quieren evitar transformaciones sociales, es el modelo de disciplina autoritaria de los estados totalitarios. Lo que estamos viviendo en España creo que tiene más ver con otra cosa: la crisis de los consensos sociales y una suerte de pánico ante la multiplicidad de posibles salidas a esta situación de falta de consensos colectivos fuertes. 

La gravedad de que una persona vaya a la cárcel por cantar canciones remite a una imagen que es a la vez la de un poder sumamente duro y a la vez sumamente débil. Sin consensos socialmente fuertes se recurre al procedimiento, a una lógica más técnica y burocrática que ejerce la función de lo que antes eran mecanismos autoritarios de censura directa. 

Los casos que hemos conocido la semana pasada se pueden explicar desde el punto de vista de distintos procedimientos técnico/jurídicos. Suma de distintas condenas, medidas cautelares impuestas por un juez ante la edición de un libro y una decisión unilateral del responsable del edificio en el que se celebra una feria para proteger a dicha feria de una polémica.

Visto así podría decirse que todo funciona “correctamente”. Pero lo cierto es que los tres procedimientos han generado una enorme convulsión. La sensación de que se habían traspasado varias líneas intolerables, la sensación de camino sin retorno, la queja y la sensación de que “allí arriba” lo que se nos devuelve no es la solidez de los viejos consensos sino un autoritarismo tecnificado y ciego, que no tiene capacidad de detenerse porque nadie lo gobierna de verdad. 

Es decir, que quién más poder tiene para impedir que se digan cosas ha aparecido como uno de los más asustados. 

La reacción de la dirección de IFEMA ante la obra de Santiago Sierra es la expresión de un pánico, una reacción “por lo que pueda pasar” antes de que pase nada trasladada por una percepción sesgada a través de los medios de comunicación. 

Yo a esta lógica la vengo llamando “el país estrecho”. El país estrecho no es una ficción, es un país realmente existente, pero es más pequeño de lo que parece. Y lo sabe. Como lo sabe, intenta generar una ficción, que es la de su omnipotencia. 

Es una suerte de trampantojo que hace que las cosas pequeñas se vean más grandes de lo que son en realidad. Se trata de convencer al resto del país, más amplio y diverso, de que ha perdido y está sólo, de que viejos o nuevos consensos ya están instalados. 

El país estrecho es, en definitiva, necesita del silencio para que su relato se extienda porque ha renunciado a la posibilidad de construir un verdadero consenso, es decir, de someterse al proceso democrático de debatir ideas (con la consiguiente posibilidad de perder).

Dicho silencio se apuntala con un control cada vez mayor de la opinión pública que tiene en los procesos de censura o ataque a la libertad de expresión su forma más exagerada.

Defender la libertad de expresión es, simple y llanamente, desbaratar el plan del país estrecho en el terreno en el que no quiere moverse. No se trata de decir que tal contenido es mejor que tal otro porque dice la verdad o porque denuncia tal o cual cosa, se trata de defender que el país realmente existente está preparado para discutir sobre absolutamente todo. Con madurez y sensibilidad. Y que no existen más consensos que los que la sociedad se da, sin tutelas ni controles. 

La defensa de la libertad de expresión tampoco se defiende escribiendo sobre ella, sino ejerciéndola. Se trata, por tanto, de romper el círculo del silencio y del miedo. Organicemos conciertos, escribamos libros, o tuits, o entradas en blogs, cantemos, abramos editoriales, opinemos en la radio, digamos lo que tengamos en la cabeza. 

La policía ha identificado por error a un humorista pensando que era un político huido la semana pasada. El país estrecho exagera porque ha perdido la medida. 

Hace unos meses algunas mujeres muy valientes dijeron que gente muy poderosa les habían agredido sexualmente, no esperaban que millones de mujeres por todo el mundo iban a decir #metoo. 

La valentía no es más que la fuerza que da la intuición de que uno no está solo, de que una no está sola.

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