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La ola Macron, racionalidad de la irracionalidad

La nueva izquierda está todavía (o una vez más) en fase de construcción, de oposición, de consolidación. Pero, como demuestra el caso Macron, la nueva derecha es muy rápida, muy eficiente, versátil y móvil

Francia hace tabla rasa y pone su destino en manos de Macron

El presidente francés Emmanuel Macron saluda tras su victoria. EFE

Qué peculiares y movedizos son los tiempos políticos actuales. ¿Quién pensaría hace unos meses que uno de los pilares del gobierno de Manuel Valls, uno de los más impopulares de toda la historia de la quinta República francesa iba a conseguir el hold’up más brillante de la política reciente? ¿Quién iba a pensar que a pesar de ser subsecretario del presidente Hollande y su ministro de Economía, Emmanuel Macron podría hacerse con el poder ganando con mayoría absoluta y una línea política muy cercana a la de su mentor Valls, seguramente más radical aún? Una suerte de Albert Rivera que se hubiera comprometido en un gobierno de Rajoy, pero consiguiendo desvincularse de su balance impopular y logrando con una formación política improvisada una mayoría en pocos meses.

No lo tenía ganado Emmanuel Macron, para nada, y eso nos dice mucho de la irracionalidad y emotividad de los comportamientos electorales actuales. No olvidemos que se aprovechó en gran parte del pinchazo del líder de la derecha Fillon y de sus escándalos. Pasó a segunda vuelta con poco margen, con menos del 25% de los votos, el peor resultado desde Jacques Chirac, a pesar de beneficiarse del apoyo de los grandes grupos de comunicación y del CAC 40, nuestro IBEX 35. Gran parte del fenómeno Macron empieza en ese tiempo corto, debido al efecto presidencialista del sistema político francés. 

La fórmula radica en dos elementos centrales: uno más peculiarmente francés y el otro más propio de las tendencias políticas actuales de electorados desorientados que buscan sobre todo castigar a las fórmulas tradicionales.

El primero es obviamente el papel sistémico del "outsider antisistema" que es el Front National de Marine Le Pen. Su electorado es hoy en día doble. Por un parte, existe obviamente una base fiel y convencida por la propuesta de autarquismo nacionalista excluyente. Por otro lado, se suma a un electorado volátil que utiliza el boletín FN "como se juega a la lotería", probando la última opción de cambio existente en el tablero, como lo teoriza el sociólogo Alexandre Dézé.

La clasificación a segunda vuelta de Marine Le Pen y su papel mediocre ha permitido simplificar a ultranza la gramática política. Permitió que no hubiera debate de fondo sobre un modelo de futuro a pesar de que Francia esté bastante tocada por las políticas liberales cortoplacistas de las secuencias Sarkozy/Hollande.

En segunda vuelta, la dialéctica Macron/Le Pen se reducía en los medios de comunicación centrales a democracia o infierno. Ya no se podía ni permitirse uno el mínimo matiz sobre el sistema presidencial francés, o sobre las propuestas de Macron, sin caer en las acusaciones de peligroso defensor de Le Pen profesadas por los mismos medios mainstream que han ayudado en gran parte a ‘desdiabolizar’ a Marine Le Pen en años anteriores.

Esa centralidad de la que se ha beneficiado Macron en ese periodo, combinada con el sufragio mayoritario francés, le permitió cosechar el máximo éxito en las generales, en contradicción con la fragmentación del voto de la primera vuelta de las presidenciales. El Front National fracasa una vez más en su intento, pero sigue fortaleciendo su mercado electoral, supera los 11 millones de votos y aumenta su fuerza económica con 8 diputados, muchos más que los previstos a pesar de sus malos resultados y del sistema electoral.

El segundo factor del éxito se debe a la habilidad del propio Macron que ha sabido interpretar el hartazgo generalizado hacia los partidos tradicionales y absorber desde el "centro derecha" una suerte de indignación transversal, dando la impresión de que encabezaba un “movimiento” nuevo. Una vez más encontramos muchos puntos en común con el contrafuego Ciudadanos en España (no es por nada que los dos partidos se hayan aliado), pero con un líder que ha sabido ser más convincente y brillante que Rivera, desbordando a las fuerzas tradicionales.

Después de haber dislocado al Partido Socialista francés desde dentro y luego desde fuera, atrayendo numerosos barones oportunistas, Macron ha absorbido literalmente gran parte del voto conservador y dejado muy tocado a nuestro PP, Les Républicains, que tenían el viento en popa hace poco todavía. Para ello, ha construido un gobierno de campaña electoral con piezas claves de la derecha, dejando desorientados a los conservadores. De tal manera que la Gran Coalición de Macron es mucho más eficiente (y peligrosa) que la fórmula alemana, porque no radica en una coalición sino en un movimiento que no dependerá de ningún órgano partidista sino del propio presidente.

El efecto Macron es finalmente una gran operación de comunicación, una cortina de humo sobre su propio balance en el gobierno Hollande: el abandono de empresas francesas estratégicas y una primera reforma laboral cuyo balance es mediocre y no ha creado empleo (las leyes Macron y el Khomri). Macron ha creado una moda de tipo Kennedy, con golpes de imagen, como su supuesta resistencia a Trump, y lanzado una ola imparable que obtiene más de 300 diputados, muchos de los cuales son perfectos desconocidos sacados de castings empresariales y que no han tenido casi tiempo de hacer campaña. Bastaba una foto suya con Macron y sacaban mayoría. El nuevo presidente francés prepara un choque de reformas liberales que podrá realizar con ese Parlamento en un tiempo récord, con posibilidad de gobernar por ordenanzas sin debate parlamentario.

Hay una parte absolutamente irracional en este fenómeno, muy típica de algunos momentos de la historia política francesa, una suerte de neo-bonapartismo que recuerda al éxito del general Boulanger, que en los años 1890 casi hizo vacilar a la República. Pero, no olvidemos que ese éxito de Macron radica también en la enorme abstención en las elecciones legislativas, que nos dice mucho de la fragmentación del electorado en Francia entre una sociedad integrada, clase media o alta que se siente protegida por el modelo francés y atraída por la aventura de la "tercera vía" a lo Macron, y por otra una juventud y un electorado popular que viven en el miedo por el futuro, pero se han vuelto a desmovilizar muy rápidamente.

La sorpresa de la primera vuelta la causó la Francia Insumisa de Mélenchon. Por primera vez en años, una fuerza de izquierdas renovada conseguía despertar a gran parte de ese electorado disgustado y adormecido, la mayoría de jóvenes, con una fórmula también rompedora fuera de los partidos. Su jefe de campaña, Manuel Bompard, se ha inspirado mucho en lo que ocurre en España y ha dialogado a menudo sobre populismo con Chantal Mouffe. Pero, es relevante destacar cómo ese mismo electorado en el marco francés es sumamente frágil y difícil de consolidar. Después de la semi-derrota de Mélenchon por apenas 600.000 votos, este perfil se ha quedado en parte en casa estos últimos días, en las generales. Como si ya todo estuviera perdido. Qué duro es defender a los de abajo.

¿Qué queda de la izquierda y de su papel en esta fase?

Frente a esa marea parlamentaria macroniana y neoliberal, tendremos un grupo de resistencia, unos 25 diputados entre comunistas y insumisos, casi el mismo número que los socialistas, que han obtenido su peor resultado en la historia. No creo que la Francia Insumisa haya acabado con el Partido Socialista francés. Este, como su homólogo español, está en una encrucijada donde se juega su futuro entre los "susanistas franceses" que miran hacia Macron y los demás que han entendido que el giro a la derecha de Hollande ha sido el que ha castigado el electorado. No obstante, la asamblea no permitirá un gran trabajo de oposición y es probable que la resistencia venga una vez más de la calle, como en épocas de Valls y de Sarkozy.

Si miramos el balance de la izquierda europea en estos últimos años, a la luz del ejemplo francés, nos hacemos una serie de preguntas: ¿cómo inventar fórmulas renovadoras y ganadoras desde otra perspectiva? ¿Es posible conseguir una transversalidad rompedora desde nuestras propuestas?

Solo Alexis Tsipras consiguió ese verdadero sorpasso que tantos han intentado, antes de que la Troika se dedicará a aniquilar el ejemplo griego. Salvo en el caso portugués, se ha perdido en todos los escenarios hasta ahora a pesar de la terrible secuencia de la crisis europea económica, social y política. Se resiste una gran parte del electorado de las democracias europeas (bien sujetado por las herramientas dominantes) en apostar por la novedad “populista”. Y uno se pregunta cómo es posible abarcar a la vez, en una misma propuesta, un electorado popular indignado asustado y disgustado, y una clase media tocada, que ha dejado mucho en el camino pero que todavía tiene un pie dentro de la sociedad de bienestar, en particular en Francia, y sigue apostando por la seguridad, por “Europa”, por los "necesarios sacrificios" que las instituciones europeas, los medios mainstream y los políticos tradicionales les proponen. Podemos en su primera fase consiguió esa apuesta transversal en España, pero parece que se ha estancado y con única opción para gobernar, que es la de pactar con el PSOE, con todo el riesgo y la incertidumbre que eso supone. Sigue siendo, junto a la Francia Insumisa, la experiencia más exitosa.

La nueva izquierda está todavía (o una vez más) en fase de construcción, de oposición, de consolidación. Pero, como demuestra el caso Macron, la nueva derecha es muy rápida, muy eficiente, versátil y móvil. Absorbe nuestras estrategias y las hace suyas, como los avatares Macron/Rivera. Nos está ganando la carrera, si no conseguimos fórmulas tal vez imperfectas, pero posibles, como en el caso portugués.

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