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La laxitud moral española

En un día frenético, se han cumplido con la ministra Montón todos los pasos del ritual. La negación, el apoyo del Presidente, el hallazgo de un nuevo fiasco, y el anuncio de dimisión. Pedro Sánchez, previamente, primaba la eficacia de su trabajo, y al mismo tiempo daba alas a Pablo Casado y a su Máster denunciado por fraudulento

Una sociedad con criterios morales estrictos no toleraría tantas excepciones a los principios éticos. No sería tan comprensiva con los errores de los suyos, ni mentiría para disolver en otros las responsabilidades

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El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y la ministra de Sanidad, Carmen Montón, en una imagen de archivo.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y la ministra de Sanidad, Carmen Montón, en una imagen de archivo. Europa Press

Vivimos en un país en el que la nieta de un dictador es duquesa de la Corte de Felipe VI y Grande de España y acaba de ser condenada por evadir impuestos. La Audiencia Nacional le obliga a pagar medio millón de euros por haber escamoteado a la Hacienda Pública 6,7 millones de euros, fruto de vender acciones inmobiliarias que le había donado su madre. Solo declaró 57.000 euros. Vivimos en un país así y, a partir de ahí, hemos de admitir que todo es posible.

Un cúmulo de noticias se agolpan y, al analizarlas, un hilo en común destaca sobre todos: una laxitud ética que se extiende por capas importantes de la sociedad. Fenómeno bastante extendido en el mundo, España la consagró como mérito al enorgullecerse de la “picaresca”. Ser tan “hábil” como para sacar provecho dañando a otra persona. O su variante genérica que consiste en obtener beneficio de los privilegios sin importar a costa de quién son. Siempre, siempre, hay alguien que sale perjudicado.

Los penosos episodios de los másteres de la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid  nos muestran a personas VIP que hacen uso, sin complejos, de las facilidades irregulares que se les otorgan. El sistema ha convertido la educación  –de nuevo-  en objeto de lucro y fomento de la desigualdad. No  todos los bolsillos tienen acceso a ella. Por el coste directo o por el tiempo que se precisa invertir.  Los atajos utilizados por Cifuentes, Casado, Montón y quién sabe cuántos más, no son justos, no son éticos.

En un día frenético, se han cumplido con la ministra Montón todos los pasos del ritual. La negación, el apoyo del Presidente, el hallazgo de un nuevo fiasco, y el anuncio de dimisión.  Pedro Sánchez había descartado la dimisión de su ministra de Sanidad argumentado: "Está haciendo un gran trabajo y lo va a seguir haciendo". A pesar de las irregularidades con su Máster. Luego, a la exclusiva de eldiario.es, se ha añadido la Sexta consiguiendo el TFM (Trabajo fin de Máster). 19 de las 52 páginas contenían bloques copiados de Internet, incluso la Wikipedia, sin citar a los autores

En un arriesgado gesto, Sanchez había dado alas al nuevo presidente del PP.  Pablo Casado, con su máster denunciado por fraudulento bajo el brazo, dice que no dimitirá. Su caso es distinto. Sus casos siempre son distintos. Ni lo hará aunque el Supremo admita a trámite la denuncia. El Tribunal que lo decide tiene a cuatro magistrados conservadores, entre ellos Llarena, y una progresista. Entretanto Casado, quiere mantener las leyes autoritarias del PP del fue vicesecretario general y, ya sabe, dar Vivas al Rey en cada acto de nuestra vida.

Puede haber diferencias y matices, sin duda, qué haríamos solo con el maniqueista blanco o negro. Ignorancia, no prestar atención, no darle la requerida. Laxitud, en una palabra. Pero hay gente, mucha, que cumple con rigor y a la que le cuesta mucho esfuerzo lo que a otros les regalan. Otro de nuestros grandes problemas actuales es que todo será según el color del cristal con el que se mira y se difunde.  Y, grave, es que se haya permitido anidar en al menos la  Universidad Rey Juan Carlos semejante nido de irregularidades y privilegios. A ejecutar, para más oprobio, con dinero público para lucros privados. 

Otro asunto más complicado. Sabemos que hay disyuntivas extremadamente delicadas y decisiones que transforman nuestras vidas. Esto ocurre con el episodio de las bombas y las corbetas para Arabia Saudí que  nos ha brindado otra muestra explícita de laxitud en la escala de valores. La bombas matan y las corbetas se usan para la guerra, hasta ahí hay consenso. La relación directa entre fabricarlas y matar puede tener algunos recovecos. En un mundo que no se hubiera dejado llevar por la codicia, por admitir los desequilibrios y los privilegios precisamente, fabricaríamos escuelas y aulas de música por ejemplo. Habría mucho camino a recorrer antes de llegar a las bombas, sin duda.  En un mundo menos ideal incluso, se buscarían alternativas laborales que ofrecer a los ciudadanos antes que fabricar armas de guerra. Pero las bombas matan. Masivamente y con un enorme daño y dolor.

Lo que personalmente me ha asustado es la forma de afrontar tan enorme dilema. “Fabricar armas o comer”, “pan o matar”. Alguien avanzó que Arabia Saudí amenazaba con cancelar las corbetas que fabrica en España Navantia. Es lo de menos. Y allí se desató la preocupación. Ya nos ha dicho la ministra de Defensa que Arabia Saudí es un “socio comercial serio”. En estos asuntos los socios se entienden bien.

Los trabajadores saltaron al ver en peligro su trabajo.  La presidenta de Andalucía por el PSOE, Susana Díaz, o el alcalde de José María González, Kichi, de Podemos, defendieron la prelación del puesto de trabajo. Y el Comité de Empresa de Navantia San Fernando dijo y mantiene que no se fía de la ministra y exigen un compromiso firmado de Arabia Saudí  garantizando que se harán las corbetas. De Arabia Saudí nada menos. Lo único importante es mantener los puestos de trabajo.  Y mucha gente dice comprenderles y hacer lo mismo llegado el caso. 

¿Y si cae una bomba sobre el puesto de trabajo? Alguna ya ha caído parece. Y vendrán más. Sin ruido.

Es que podría no llegar el caso. Es una tragedia la escasa reflexión que se dedica a temas esenciales. A preguntarse cómo se ha llegado a este modelo social, las prioridades marcadas por los gobiernos, y a buscar soluciones reales que no impliquen tanto daño a otros.  

Una sociedad con criterios morales estrictos no hubiera dejado que políticos sin escrúpulos saquearan las arcas públicas con tal profusión. Ni toleraría tantas excepciones a los principios éticos. No sería tan comprensiva con los errores de los suyos, ni mentiría para disolver en otros las responsabilidades. No sentiría que compensan los errores de calibre grueso por el bien mayor que esperan de ellos.

Señalarlo no es “superioridad moral”, un concepto que vuelve a la moda de nuevo para diluir culpas. Es moral sin más, ética, decencia. Hay acciones intrínsecamente negativas, dañinas.  Y así lo fijaban los convencionalismos fijados en una escala de valores. 

El pobre Lázaro de Tormes, sojuzgado por un tirano mezquino, iría marcando la senda de quienes pensaban aprovecharse hasta de él como coartada.  A José Agustín Goytisolo se lo dijo su abuelito: “La tierra toda, el sol y el mar, son para aquellos que han sabido sentarse sobre los demás”. Lo que pasa es que, sí, la gente decente luego lo olvida siempre más.

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