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La responsabilidad de las derechas española y catalana

Ni la derecha española ni la derecha catalana avanzaron lo más mínimo en la dirección de buscar un acuerdo. Fantasearon ambas

Ambas fantasías nos han conducido hasta aquí. El problema ha ido a más y las condiciones para hacerle frente hoy son mucho peores

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Rajoy y Puigdemont se vieron en Moncloa en enero, según La Vanguardia

Rajoy y Puigdemont EFE

La STC 31/2010 sobre la reforma del Estatuto de Autonomía de Catalunya se hizo pública a finales de junio, unos meses antes de que se iniciara un ciclo electoral que se abriría con las elecciones parlamentarias catalanas en noviembre de ese mismo año, continuaría con las elecciones autonómicas y municipales en mayo de 2011 y concluiría con las elecciones generales de noviembre de ese mismo año. Una situación muy parecida a la que nos encontramos en este 2018, sustituyendo Catalunya por Andalucía. 

En esas tres convocatorias electorales, noviembre de 2010, mayo y noviembre de 2011, se produciría un retroceso considerable de las izquierdas española y catalana y un avance igual de considerable de las derechas española y catalana. La superposición de la crisis de la Constitución territorial, que activó la STC 31/2010, a la crisis del Estado social de derecho consecuencia de la crisis económica de 2008, tendría un impacto notable en el mapa electoral. El ciclo de recuperación de las izquierdas que se inició con las elecciones catalanas de 2003, que acabaron con los 23 años de gobierno de CiU, y que continuó con el triunfo contra pronóstico del PSOE en las elecciones generales de 2004, quedó interrumpido de forma brusca. La combinación de ambas crisis, la social y la territorial, desarboló a las izquierdas y empoderó a las derechas. 

Los resultados electorales son concluyentes. Las derechas en Catalunya, CiU, PP y C's pasaron de 65 escaños (48, 14 y 3) en las elecciones de 2006 a 83 (62, 18 y 3) en las de 2010. Las izquierdas, PSC-PSOE, ERC e IC, a la inversa, pasaron de 70 (37, 21 y 12) en 2006 a 48 (28, 10 y 10) en 20010. El vuelco no pudo ser más espectacular. 

En las elecciones municipales y autonómicas de mayo de 2011 el hundimiento del PSOE y el triunfo del PP fue de dimensiones colosales. Habría que remontarse a las elecciones generales de 1982 y a las municipales y autonómicas de 1983 para encontrar un desequilibrio similar entre las derechas y las izquierdas. Como en el artículo reflexiono exclusivamente sobre Catalunya y su integración en el Estado, me voy a limitar a hacer referencia a los resultados municipales en Catalunya, que son muy expresivos. 

En las elecciones municipales de mayo de 2011 se produjo por primera vez desde 1979 el triunfo de CiU. El PSC-PSOE había ganado hasta entonces todas las elecciones municipales sin excepción, habiendo sido suyos todos los alcaldes de Barcelona y demás capitales de provincias así como todos los presidentes de las Diputaciones provinciales. En 2011 CiU ocuparía por primera vez la alcaldía de Barcelona.

En las elecciones generales de noviembre de 2011 se confirmaría ese avance de las derechas y retroceso de las izquierdas en España y en Catalunya. En España con la abultada mayoría absoluta de Mariano Rajoy y en Catalunya con el sorpasso, también por primera vez desde 1977, del PSC-PSOE por CiU. El PSC-PSOE pasó de 25 escaños en 2008 a 14 en 2011, mientras que CiU pasó de 10 a 16. 

Las derechas española y catalana recibieron en la resaca de la STC 31/2010 un espaldarazo notable. A lo largo de los treinta  años largos  desde la entrada en vigor de la Constitución y el Estatuto de Autonomía de Catalunya nunca se había producido una concentración de poder en las derechas españolas y catalana de tanta intensidad y una superioridad tan clara de la derecha frente a la izquierda. La apuesta de la sociedad española y catalana por la derecha para hacer frente a la doble crisis, la social y la territorial, parecía obvia. 

En 2010 y 2011 no hubo, además, presión del nacionalismo en la calle. Se produjo la enorme manifestación de rechazo de la STC 31/2010 el 10 de julio. Pero las “Diadas” de 2010 y 2011 no fueron multitudinarias. En la de 2010 la cifra de asistentes osciló entre los 9.000 de El País y los 15.000 de la Guardia Urbana. Y en la de 2011 prácticamente igual. Hasta 2012 no se produciría la primera Diada en que los asistentes se contarían por centenares de miles. 

Las derechas española y catalana contaron, por un lado, con el “aviso” de la manifestación del 10 de julio y no podían no saber, por tanto, que la integración de Catalunya en el Estado pasaba por un momento de crisis aguda.  Obtuvieron, por otro, un apoyo enorme tanto por los ciudadanos de todo el Estado como concretamente por los de Catalunya, para dar una respuesta al problema. Y dispusieron de un tiempo razonable sin presión en la calle para entablar una negociación y encontrar una salida. 

Ni la derecha española ni la derecha catalana avanzaron lo más mínimo en la dirección de buscar un acuerdo. Fantasearon ambas. La derecha catalana con la fantasía de la independencia, de que la inacción del Gobierno de la nación le permitiría acumular fuerzas para acabar imponiendo la celebración de un referéndum sobre lo que eufemísticamente se denominaba “derecho a decidir”. La derecha española con la fantasía del soufflé, que acabaría desinflándose por sí solo. 

Ambas fantasías nos han conducido hasta aquí. El problema ha ido a más y las condiciones para hacerle frente hoy son mucho peores desde todos los puntos de vista. El divorcio entre España y Catalunya, limitándome a su reflejo en los resultados electorales en todas las elecciones celebradas a partir de las autonómicas catalanas de noviembre de 2010, salta a la vista. La proximidad entre el sistema político español y el subsistema político catalán entre 1977 y 2010 ha desaparecido. La distancia es enorme. No hay además mayorías claras en ninguno de ellos para poder entablar algún tipo de negociación ni en el interior de cada uno de ellos ni entre ambos. Y hay, además, una intervención del Tribunal Supremo que hace imposible que tal negociación, en el supuesto de que políticamente pudiera entablarse, llegara a ningún lado. 

Cuando un problema es real, y el de la integración de Catalunya en el Estado lo es, dejar pasar el tiempo sin hacer nada no conduce, como pensaba Mariano Rajoy, a encontrar una solución, sino a todo lo contrario. El problema se pudre y la dificultad para resolverlo se multiplica. Después de la Diada de 2018 no creo que pueda existir la más mínima duda. Los hechos son testarudos. Ahí están las siete Diadas desde 2012. 

La responsabilidad de las derechas española y catalana es enorme. Pero esas derechas siguen siendo las que son y con ellas habrá que encontrar una salida del laberinto.

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