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La rodilla de Villarejo

Villarejo era baranda del sindicato policial, un funcionario con licencia de armas siempre dispuesto a clavar sus rodillas en todo lo que beneficiase a un Régimen del que él mismo era beneficiario

Por aquello de que la función hace al órgano, Villarejo se subió el bajo de los pantalones hasta dejar desnudas las rodillas

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Cuando en Madrid, la línea del cielo financiero ardió con el Windsor, me vino al recuerdo la peli de El coloso en llamas. La estrenaron cuando yo era chinorri, poco antes de que empezasen las obras del Windsor. Se trataba de un ejemplo de "cine de catástrofes" con el que las taquillas colgaron el cartel de "No hay entradas".

La otra peli que me vino a la cabeza de inmediato fue Smoking Room, cinta de producción española realizada sin apenas  presupuesto unos años antes de que el Windsor ardiera. Toda una lección de cine, la que nos darían Roger Gual y J. D. Wallovits. Una virguería de guión donde los diálogos son algo más que conversaciones. Pero no he venido aquí a hablar de ficción, sino de una realidad con el Windsor ardiendo; un coloso que, en su día, cuando se levantó, supuso todo un acontecimiento.

Ocurrió en el Madrid de finales de los setenta. El Régimen del 78 necesitaba símbolos arquitectónicos y el Windsor iba a ser el primero de ellos. Un rascacielos de cristal oscuro que alcanzaba más de cien metros y con tantas plantas como El coloso en llamas. Nunca lo visité por dentro, pero, según me cuentan, sus interiores sirvieron para otra película protagonizada por Andrés Pajares.

En estos días, el Windsor ha vuelto a mis recuerdos. La culpa la han tenido las noticias. Tal y como asegura un portal digital, el comisario Villarejo metió fuego al rascacielos por encargo de la banca con el fin de eliminar los rastros documentales de una auditoría. Todo un guión para una "españolada".  El comisario Villarejo lo niega, con ese juego sucio −del cuento y me descuento− que se trae y que da que pensar.

Siempre hizo igual, desde los tiempos en que salía en la tele,  dispuesto a acomodar sus rodillas en la carne tersa de Grace Jones, aunque al final pareciese que era Grace Jones la que buscaba acomodo. Tengo que confesar que aquella secuencia televisiva también forma parte de mi memoria sentimental.

Por entonces, Villarejo ya era baranda del sindicato policial, un funcionario con licencia de armas, siempre dispuesto a clavar sus rodillas en todo lo que beneficiase a un Régimen del que él mismo era beneficiario. Cosas del crédito franquista. Para que fluyese, junto a la mierda y a la sangre renovadas, sería necesario desatrancar los registros de las cloacas del Régimen.

Entonces, por aquello de que la función hace al órgano, Villarejo se subió el bajo de los pantalones hasta dejar desnudas las rodillas. Y se puso a ello.

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