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"En el microcosmos de los tuyos ves que también se reproducen las estructuras de poder"

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Javier Pérez Andújar y Lilian Neuman durante la entrevista. Fotos: Edu Bayer.

Javier Pérez Andújar vino del otro lado, cuando Barcelona cambia su nombre por el de Sant Adrià, o San Adrián. Territorio de memoria y penuria, paisaje y retrato de artista; lo recupera en su primera novela, Los príncipes valientes (Tusquets). Después de adentrarse en la historia de las misiones pedagógicas — Todo lo que se llevó el diablo (Tusquets)—, lo revisita —sonará raro, pero así es— en un generoso ajuste de cuentas llamado Paseos con mi madre (Tusquets). Entre sus palabras no aparece “nostalgia” o “pasado”. Tampoco tratan estos libros de la identidad, la única cuestión que le es del todo indiferente, entre tantas otras que le importan y a las que se entrega por entero: el Quijote o un personaje de tebeo, el escritor Roberto Arlt, la lucha de clases y el amigo de infancia que se quedó hecho polvo bajo el puente, la literatura y su gloria, la crónica de la ciudad, Jack London (esplendor y derrota), la voz de su madre cargada de memoria, o el teatro por televisión en casa de sus padres, de pequeño. 

Diario Kafka: San Adrián y Barcelona. La periferia y el centro. Cultura y subcultura, los tebeos y Marcel Proust… Una y otra vez hay algo fronterizo en estos libros.

Javier Pérez Andújar: Sí, es extraño. Es fronterizo, sí. Y… —sonríe— hostia, es verdad, no sé en qué lado de la frontera estoy. Igual la estoy pasando a cada rato, hago un poco de estraperlo…  

DK: ¿Y en qué lugar estás?

JPA: Es que yo creo que no estoy en ningún lugar en particular. Porque estar en algún lugar es aceptar unas reglas del juego con las que no estás de acuerdo. No estás en ningún lugar, sino creando un lugar individual. Un lugar libre de los lugares del poder. Entonces, con respecto al poder sí se puede ser fronterizo, estar en una parte o en la otra. Pero con respecto a un discurso que no es el discurso oficial no eres fronterizo.  

DK: Es complejo…

JPA: Sí. Yo lo vivo así, y con intención política.  

DK: ¿Cómo lo vives?

JPA: Lo vivo conflictivamente, claro. Es que no vivir conflictivamente es ser monje budista.

DK: Es decir, estando por encima de las cosas…

JPA: No estás por encima. Nunca. Estás en el medio, en el mogollón, en el ojo del huracán. Y entonces, para mí es tan importante leer tebeos como leer a Proust, es igual de significativo, ambas cosas me han marcado de manera diferente. Y socialmente, pues lo mismo, no puedo ser de los míos, porque con ellos no puedo sentirme identificado, a pesar de que soy consciente de las humillaciones de las que han sido víctimas secularmente. Pero es que, en realidad, en el microcosmos de los tuyos ves que también reproducen las estructuras de poder. Y que la tiranía de la que son esclavos está también dentro de sus casas. Y que te exigen que seas como ellos, y cuando quieres ser como ellos te segregan como te segregan los otros por no pertenecer. En realidad, tampoco le tengo mucho afecto a los míos.

DK: ¿Quiénes son los tuyos?

JPA: La clase obrera, yo vengo de ahí. Y en cuanto he podido he dejado de trabajar. Toda mi vida es una lucha por no someterme al trabajo.

DK: Pero, y los libros…

JPA: Ya. Pero es otro trabajo, es mi vida, Mi trabajo y mi vida es lo mismo, es lo que procuro establecer. Lo otro es diferente. Y no me da la gana. No me da la gana porque vengo de una raza de trabajadores y sé cómo son. Lo que les veo repetir a ellos, a ellos y a sus predecesores.  

DK: Como tu padre.

JPA: Mi padre murió cuando yo estaba escribiendo Todo lo que se llevó el diablo. Le dediqué el libro. 

DK: En Los príncipes valientes tiene una actitud muy íntegra, cuando tu mejor amigo se va y él, aunque entiende tu pena, también te confiesa el alivio de que aquel chico, nada menos que hijo de un guardia civil, ya no aparezca por casa.

JPA: (Ríe) Sí, un espía en mi casa...  

DK: Tu padre (comprometido con la lucha obrera) era alguien de temple, de conducta.

JPA: Bueno, es que los pobres tienen un código. Un código muy estricto, un código de honor, de dignidad. La gente pobre sólo tenía eso, ¿no? La gente que viene directamente del campo, la primera generación de los industriales… Esa mentalidad antigua, campesina, pues la tienen.  

DK: “Del hambre real, de la falta de comer de nuestros padres, habíamos sacado nosotros el instinto de morder”.

JPA: Venimos de castas no sólo de esclavos, o de trabajadores. También de gente que ha pasado hambre porque le han negado el derecho al trabajo, por ejemplo. La generación de mis padres es la de la posguerra, no había comida. Pasaron hambre de verdad. Entonces esa rabia que sintieron ellos es la misma rabia con la que muerdo yo luego. Muerdo en nombre de su hambre. Es lo que decíamos al principio: no quieres pertenecer a eso, y no puedo tampoco. Ya estoy programado de otra manera. Soy una contradicción. Pero aún así sí que me siento deudor de ellos, y sí que muerdo en su nombre…

DK: “La única realidad en la que creer es la literaria”. ¿Sigue vigente? 

JPA: La mía. Es que la literatura es una manera de interpretación de la realidad y también de transformación. En realidad, he leído a Marx. No como un marxista, porque no lo he leído tanto, pero sí lo he leído ocasionalmente. Hasta Marx, los filósofos interpretaban la realidad. Marx dice: bueno, hay que transformarla. Cuando he leído a Marx he visto que era un literato. Sobre todo era un literato por la manera de escribir, por la figura literaria que utiliza. En el Manifiesto comunista, para hablar del egoísmo de los burgueses se refiere a “las gélidas aguas del cálculo egoísta”. Es un literato, utiliza muchas imágenes, y trabaja por acumulación de lecturas. Por ejemplo, cuando habla de modos de producción, va ejemplificándolo con lecturas novelescas que ha tenido. Escribe como un literato. Y esto te lo digo porque creo que la literatura sí que sirve como elemento de transformación de la realidad, porque es un proceso intelectual. Si digieres intelectualmente entonces puede haber una transformación.

DK: No todos dicen lo mismo.

JPA: Para mí es así. Mi parte marxista —no tengo estudios marxistas, no tengo ni puta idea de economía— viene por esa sensibilidad literaria reflejada en Marx.

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DK: Tu generación ha ido creciendo conforme este país iba creciendo en posibilidades.  

JPA: Sí. Y a los que vienen detrás de nosotros les va a suceder lo contrario. Tampoco soy futurólogo, pero está claro que hay muchas cosas que habíamos ganado que se están perdiendo definitivamente. La educación, la salud… Pero además una forma de ver el mundo, una sensibilidad… todo eso se está perdiendo. 

DK: En Paseos con mi madre es muy bueno esto: cuando vas a contarle, entusiasta y acalorado, a Pepe Ribas, tu jefe y director de la revista Ajo Blanco, la revuelta popular de San Adrián. Y a él no le interesa. 

JPA: Pero es normal. ¡Porque la revista no era de eso! La revista era de otra cosa. Estaba Pascual Maragall, se hablaba de los bares de diseño, del Nick Havanna… ¡Era yo el que se había equivocado de revista!

DK: Y esto te ha pasado más de una vez, haberte equivocado de revista…

JPA: Me he equivocado de revista, de vida… (Ríe).  

DK: Y en Barcelona, parte de la cultura está relacionada con clases…

JPA: La cultura es muy pija.

DK: Bueno, esto de no pertenecer a nada, finalmente, es muy bueno para un escritor. 

JPA: Sí, si lo buscas, ¿verdad? Quiero decir que si uno se lo busca, bueno, tampoco tiene derecho a quejarse. Porque mira que hay canales parta adocenarte, para entrar por uno o por otro. Si no lo tienes es porque tampoco lo has querido. Tengo amigos, y algunos de ellos escritores, aunque mi relación con ellos es personal, no tiene que ver con que sea escritor. Pero no estoy en ningún grupo. Fíjate, ahora que lo pienso, que el primer amigo escritor que tuve, Fernando Royuela, resulta que está en Madrid. He estado más veces en Madrid que en la Bonanova [barrio alto de Barcelona].

DK: ¿Puedes escribir?

JPA: Puedo escribir mucho. Tengo mucho tiempo. Primero, porque como van las cosas me sobra tiempo. Pero, me importa un pito, porque era lo que estaba deseando. Antes leía más que ahora.

DK: Una curiosidad: ¿Cuántas horas lees por día?

JPA: ¿Ahora? Cinco, seis horas…

DK: ¿Y antes?

JPA: Catorce, dieciocho… (risas). Bueno … (aventura tímidamente) si es algo que te gusta, lo haces… ¿no?  

DK: Volviendo al tema…

JPA: Sí. En realidad, la adversidad no supone un drama para mí.  

DK: Estás entrenado.

JPA: Sí, por autobiografía. Supongo que cuando has perdido tantas veces ya te has acostumbrado a perder. 

DK: Pero estás muy bien considerado.

JPA: No lo sé, la verdad. Nunca eres objetivo. Y tampoco me gustan esas valoraciones. Me va y ya está.  

DK: Fue muy importante tu etapa en los programas de libros en televisión, dirigidos por Emilio Manzano.

JPA: Sí, claro. Lo del “Salón de lectura” era muy bonito. Y había mucha complicidad con los espectadores. Te paraban por la calle para comentarte sobre el libro del que habías hablado. Gente que a priori no te lo habrías imaginado. No eran profesores de instituto, no eran lectores ideales sino… no sé, podía ser el portero de un lugar, y ni siquiera leía, pero le gustaba que le hablaran de libros, incluso te lo decían, “Mire, yo no leo porque no tengo tiempo, pero me gusta escucharlos”.

DK: Que te cuenten las historias, que te hablen de ellas, también está eso en tus libros… 

JPA: Es que desde la literatura se ha chantajeado siempre a los demás, como desde un club exclusivo. “Si no lees como yo…”, y así haces que se sienta mal el que no lee. Hay que darle juego al otro. Si no, es como exigirle a la gente que va al fútbol que sea futbolista. Lo que nosotros hacíamos era “Te vamos a hablar de libros y si te interesa te vas a divertir, ya verás”.

DK: Les leías el Quijote.

JPA: Con el Quijote lo pasé muy bien. La gente en la calle me preguntaba, estaban encantados. Incluso había quien me decía: “Yo no me lo he leído nunca, se me hace muy pesado, pero me encanta que me lo cuente”. Es una novela popular, habla de la gente, de los caminos.  

DK: ¿Y de dónde viene ese discurso de club exclusivo?

JPA: Es un discurso de poder.

DK: ¿Convergencia? ¿Partido Socialista? 

JPA: Convergencia o PSC son anecdóticos. Esas son las chaquetas que se pone el poder para salir a pasear. Me refiero a ejercer el poder desde donde se manda. Desde la cátedra de un instituto, o la redacción de una revista cultural, o en casa con tu familia, sabes…

DK: ¿Te sigue pasando eso de sentirte más cómodo en un suburbio de Chicago que en el centro de Barcelona?

JPA: Bueno… en Chicago hay suburbios en donde no puedes entrar, es duro. Me acerqué hasta donde fui capaz. Me acompañó un profesor que está allí, y tampoco él quería entrar más allá. Hay sitios en donde no entras porque es como molestar, les insultas. Saben que vas a husmear. Tampoco hay que ser tan chulo, ¿sabes?… Si vas porque tienes algo que hacer, porque tienes un amigo… Pero ir a ver cómo son, tampoco.

DK: ¿Te has sentido tratado como una curiosidad?

JPA: Sí, me he sentido muy estereotipado, claro.  

DK: ¿Y qué hiciste? ¿Mandar alguno a la mierda?

JPA: No, es que no tengo suficiente genio para mandar a alguno a la mierda. Me callo… Tendría que tener más genio. No sé, es una cosa que me estoy planteando últimamente… No sé, en Barcelona —y seguro que en todas partes, pero yo te hablo de lo que conozco— la clase culta tiene esa asquerosa tendencia al buenrollismo. Y entonces, es como pasaba en la película de Plácido: “Ponga un pobre en su mesa”. No lo hacen así, lo hacen de otra manera. Lo hacen más cultivado, lo hacen de una manera en que siendo tú la víctima te convierten en asesino de los tuyos. “No, porque tú tienes que darles voz”, “Porque tú sabes de…”. Pero yo no tengo que darle voz a nadie. Primero, porque nadie es un magnetófono para que yo le dé voz. ¡Cada uno tiene la suya! Pero encima te quieren convertir en sicario de ellos contra los tuyos… Y yo me digo: “Los míos, el día que hablen y digan lo que ellos no quieren oír… se cagarán de miedo, porque pasarán cosas que a ellos no les interesa”. Bueno, a ver: los míos… La gente de donde vengo, porque en verdad llevo un exilio de todo eso.

Frases

DK: Tu madre está ahí.  

JPA: Sí. Voy a verla dos veces a la semana, por lo menos. Y tengo muchos amigos. Además todo eso ha cambiado. Las fábricas que han cerrado, por ejemplo. Y con los amigos tengo la misma edad, hablamos de cosas que ya no existen (se queda pensativo). Es curioso cómo te van echando sin darse cuenta, o cómo te tienes que ir de donde eres. Me estoy acordando de algo a lo que no le había dado importancia, lo he empezado a asimilar ahora: cuando yo era un chavalín de siete, o de nueve años, me bajaba a la calle con un libro —un tebeo, o cosas así— y me sentaba a leer. Y entonces venían los más chulos para saludar. No lo hacían con mala intención, pero como el libro era un objeto raro te daban un manotazo y te lo tiraban. Y claro, ya había ahí una presión especial para que fueras como ellos. Para que entraras a jugar al fútbol y no te quedaras leyendo. La sociedad te quiere absorber, y eso fue una de las primeras cosas que hicieron que me diera cuenta de que tampoco era mi mundo ése. La verdad, me siento muy identificado, desde pequeño, con las películas de vaqueros. El vaquero llega al pueblo, no pertenece a nada ni a nadie, se pone del lado de los buenos, hace su faena y se va. Porque en realidad sólo se pertenece a él. 

DK: Tu retrato del detective Colombo es exacto.

JPA: Escribe todo el tiempo.  

DK: Sí, y parece tonto.

JPA: O no le importa demostrar que es listo. Él ya sabe. Él hace su trabajo, le paga la policía, ¿para qué tiene que demostrar más?

DK: “No hay una cultura basura, pero sí un basurero donde la cultura académica acumula todo lo que no acepta”. Lo escribiste en una crónica en El País, en 2003. 

JPA: Sí, esto es así. ¿Quién decide qué es cultura basura y qué no? De todas maneras, dentro de la cultura basura también hay una tendencia a repetir estructuras de poder, a repetir los esquemas de la cultura académica. Cuando la cultura ha conseguido un estatus y está en la Fnac, está en una categoría cultural que ya les permite… Bueno, siempre habrá nueva basura que venga detrás.

DK: También has hablado de una falsificación de lo popular. Por ejemplo, la Pantoja en el Liceo de Barcelona.

JPA: Sí, eso no quiere decir que la cultura oficial haya abierto la puerta a la cultura popular. Es más bien un fraude del buenrollismo.

DK: ¿Y qué pasó con los apocalípticos e integrados? 

JPA: Bueno, es que esas fórmulas siempre suenan muy bien, ¿sabes? Como ser apolíneo o dionisiaco. Mira, muchos de los apocalípticos que salían como ejemplo en el libro de Eco ahora son integrados. Superman, por ejemplo.

DK: No hemos hablado de la estructura de tus novelas.

JPA: Hay un hilo muy sutil, hay una estructura… En verdad, una vez que tengo ese hilo sutil ya no le doy tanta importancia a la estructura. Se aguanta sobre ese hilo. Podría ser la del teatro —ahora he empezado a escribir una obra de teatro—,  muy sencilla: hay unos personajes, van pasando cosas, personajes recurrentes: Ignasi, Toni Disco, Miguelito, que es el tío que aparece hecho una calamidad, un juego de personajes que aparecen y reaparecen. Y se entrecruzan. Y entonces hacia al final —“al final del tercer acto”—, hay un clímax que en este libro es la vuelta al barrio en el coche de Manolo Escobar. Me refiero a ese reconocimiento, cuando todos los personajes se vuelven a encontrar. Cuando mi madre reconoce al concejal comunista, que ya está viejo.

DK: Además, está Proust.    

JPA: Sí, a mí el tempo proustiano me gusta mucho. Y en realidad, tiene que ver con la actitud política.

DK: ¿Perdón?

JPA: No siempre, pero sí de vez en cuando, me gusta abordar esos temas: mi calle, el barrio… Y yo sabía que el discurso que el poder iba a esperar de mí —y esperar es una manera de exigir— era que lo hiciera de un modo que ellos consideran propio de alguien como yo. Un tono barriobajero. Y no me dio la gana. “Voy a escribir en alto tono burgués”, me dije. “Lo voy a escribir como Proust ” (ríe). Bueno, voy a intentar escribirlo como Proust.

DK: Dices “me hice humorista”.

JPA: Es muy importante para mí el sentido del humor. Esto lo aprendí de chaval. Era la supervivencia. Cuando todo era asqueroso: la dictadura, la vida cruel, eras un niño y estabas en los bloques; y sin embargo me salvaba riendo. Porque leía y me partía el pecho. Estaba pendiente de la tele para que dieran dibujos y reírme. El humor es una forma de salvarte. Y eso lo aprendí en seguida. Había que estar riendo porque eso no hay quien lo aguante, eso era invivible.  

DK: Hay quien toma el humor como una huida.

JPA: Era una salvación, en aquel ambiente. 

DK: No te he oído decir: “Yo podía haber sido delincuente”. 

JPA: Pero no, ¿cómo se te ocurre? ¡Si bajaba a la calle con un tebeo!

DK: Es que hay gente que lo dice: “Nací en el Barrio Chino, podría haber salido delincuente (o prostituta), y salí escritor(a)…” 

JPA: Es que eso es una manera de ver insultante. Una vez fui a un programa de televisión, cuando publiqué Los príncipes valientes. Era uno de esos canales de plataforma, que llevaban público de pago. Y ponían a las rubias delante, porque así salen en el encuadre y gana el programa. Bueno, lo primero que me preguntó el tío fue: “Y tú, si eres de San Adrián, cómo es que no has acabado robando tapacubos de los coches?” Yo alucinaba.

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DK: ¿Qué le contestaste?

JPA: No me acuerdo, una respuesta neutral, es que no me gusta montar pollos. Pero es que hay gente que saca partido de estas cosas, trabajan con clichés. Pero yo creo que tienen un calado intelectual muy superficial. No tienen ni idea. Primero, les falta generosidad. Si no eres lo suficientemente generoso, generoso con todo, con la vida… Es mucho más importante un intelectual generoso que un intelectual egoísta. Estoy pensando en Passolini, por ejemplo. Le gustaba la vida, le interesaba todo, no había barreras... No existe eso de aquel qué curioso, aquel qué gracioso.

DK: ¿En donde te has sentido más extraño?

JPA: No es extraño la palabra. Y yo no soy tan raro, por otra parte. Es que hay lugares en donde no estoy a gusto. Noto el conflicto de clases. Lo percibo, lo noto. Y yo digo “hostia”. No lo notan los que lo niegan. Ellos no lo notan. Claro, porque la guerra de clases la han ganado ellos. Y el vencedor nunca nota. En eso consiste vencer, en no notar, en no sentir dolor.

DK: ¿Qué voluntad te ha impulsado? ¿Por qué escribiste lo que escribiste?

JPA: Hay muchas cosas. Y hay un ajuste de cuentas, siempre. Tengo un saldo deudor con Jack London; lo leí mucho en mi adolescencia. Mi escritor ideal es él. Por cómo se hizo escritor, por el porqué, por cómo acabó. Es el paradigma del escritor que yo quiero ser. Era un buscavidas, un hombre pobre que tenía la vocación de escribir. Pero también fue ladrón de ostras en San Francisco, fue marinero, fue muchas cosas. Luego empezó a vender mucho y a hacerse millonario. Empezó a comprar fincas, barcos, pero aun así militaba en el Partido Socialista estadounidense. Pero su contradicción era muy grande, la izquierda le parecía poco y por eso había buscado algo más radical. Al mismo tiempo era rico, estaba enganchado al alcohol, se había traicionado en todos los sentidos. Había cambiado de mujer dos veces. Se suicidó porque no podía con toda esta contradicción. Le admiro. Llegó hasta el final de su vida llevando al máximo esa contradicción. Supo que la vida era contradicción. Y aunque cada vez estaba más lejos de su clase, escribía desde su clase social. El decía que cada palabra suya tenía que ser como un puñetazo en el estómago de un burgués.

DK: Has hablado antes de Roberto Arlt. Él decía algo parecido.

JPA: Me gusta mucho Roberto Arlt.



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