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Lo nuevo y lo viejo, lo cierto y lo falso sobre la robotización

Existen tres cuellos de botella en la robotización: la percepción y la manipulación; la inteligencia creativa; y la inteligencia social. Por tanto, lo que habría que hacer es invertir en industrias que requieran de trabajos que desarrollen esos aspectos y también en un sistema educativo que los potencie

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La Unión Europea quiere leyes para convivir con los robots

La Unión Europea quiere leyes para convivir con los robots EFE

Aunque el miedo a la robotización y a una tecnología que presagia el fin del trabajo no es nuevo, en los últimos meses, incluso me atrevería a decir que semanas, ese miedo se ha instalado en los salones de las casas a través de la televisión y los medios de comunicación. Muy especialmente, desde que la robotización se discutiera por segundo año consecutivo en el Foro de Davos el pasado mes de enero, unido con el anuncio apocalíptico de que no habrá trabajo para todos y la posibilidad de establecer una renta básica universal.

De esa manera puede pensarse que la falta de empleo no se genera por unas políticas económicas de corte deflacionista –ahora mal llamadas de austeridad- que no buscan el pleno empleo y generan un modelo de crecimiento pro-pobre distribuyendo las ganancias de la productividad de manera cada vez más desigual, sino por culpa de las máquinas. Siempre es bueno que haya niños. Sobre todo, cuando se quieren cambiar las reglas de juego o, mejor aún, legitimar los cambios que se han dado en las décadas anteriores y que han supuesto el aumento de las desigualdades económicas, la mercantilización de las vidas de muchas personas y procesos de individualización del riesgo que dejan a muchas personas y a las que de ellas dependen, de su capacidad –siempre desigual-, de incorporarse en los distintos mercados, especialmente al de trabajo.

Ahora toca legitimar el sistema que está siendo cuestionado cada vez por un mayor número de personas y procesos electorales que no han salido como se esperaba, y el impacto de la robotización parece ser un buen chivo expiatorio. A pesar de que los  informes especializados como el de Technology at Work v2.0. TheFutureisNotWhatitUsedto Be publicado en 2016 , nos habla de que el 76% de las personas encuestadas eran tecno-optimistas, frente a un 21% de tecno-pesimistas y un 3% que no se decantaba por ninguna de las dos opciones.

Es cierto que cuando se pone en marcha un proceso de cambio tecnológico, suele ir unido a la generación de muchos empleos redundantes, pero también a la aparición de otros nuevos. Como escribí hace unas semanas en este mismo periódico ( Los robots pueden cuidar de nosotros pero les traemos sin cuidado), a lo largo de la historia, los cambios tecnológicos han llevado a un cambio en la composición y la estructura del empleo, pero no han supuesto su reducción. El cambio tecnológico ha destruido empleo en ciertos sectores y tareas, y creado otros empleos, e incluso nuevas profesiones.

En muchas ocasiones las y los trabajadores que han visto desaparecer sus puestos de trabajo y hasta sus profesiones han tenido dificultad de reciclarse en otros sectores profesionales, derivando en una situación de paro, y una pérdida de bienestar para muchas personas e incluso para regiones enteras si estaban sectorialmente especializadas en los sectores afectados. Esto ha generado desajuste y claros perdedores y perdedoras del cambio tecnológico.

Pero, al mismo tiempo, se han generado otros empleos que, si bien no han sido necesariamente ocupados por los trabajadores que previamente habían perdido su empleo, han demostrado que el cambio tecnológico nunca ha traído el fin del trabajo. Y es muy posible que ahora tampoco, aunque los informes especializados nos lleven a pensar otra cosa.

Las estimaciones que se realizan desde grupos de investigación especializados en los cambios en empleo y robotización como el Citi GPS de la Martin School de la Universidad de Oxford, hablan citando informes del Banco Mundial, de un riesgo de trabajos reemplazados por máquinas en los próximos años de 77% para China, 72% para Tailandia, 69% para la India, un 57% en los países de la OCDE, un 47% para EE.UU, o un 35% para el Reino Unido. Aunque hay otros que reducen considerablemente estas cifras.

Se puede observar que esta pérdida de empleo afecta más a los países emergentes que a los países con renta per cápita alta como EE.UU o los de la OCDE en general, donde se concentran los mayores mercados del mundo. Esto tiene que ver en parte con el hecho de que si la mano de obra en ciertas fases del ciclo productivo es reemplazada por máquinas, se espera una relocalización empresarial allí donde están los mercados y no donde se concentre la mano de obra barata, como ocurre en la actualidad. Esto podría suponer un cierto alivio para las grandes potencias económicas pero no solucionaría el problema globalmente, con todos los desequilibrios y desplazamientos de población que eso podría suponer en países fuertemente poblados.

Las diferencias en el impacto geográfico de la pérdida de empleo vinculada a la robotización tienen también que ver con que hasta ahora las máquinas son mejores que las personas en tareas repetitivas o rutinarias, pero no en la creación de nuevas ideas o en la reacción a situaciones inesperadas o en el tratamiento a otros seres humanos como por ejemplo lo relativo a los trabajos de cuidados en sociedades fuertemente envejecidas. Así, esos mismos informes que presagian una pérdida de empleos escalofriante nos dan parte del antídoto. Existen tres cuellos de botella en la robotización: la percepción y la manipulación; la inteligencia creativa; y la inteligencia social. Por tanto, lo que habría que hacer es invertir en industrias que requieran de trabajos que desarrollen esos aspectos y también en un sistema educativo que los potencie.

Pero el desarrollo de la inteligencia artificial (IA) va precisamente en la línea de desarrollar esos aspectos más "humanos" en las máquinas que harían también a los empleos resguardados por ese triple cuello de botella, más vulnerables. Pero ni siquiera esto tiene por qué ser un problema, siempre y cuando la tecnología se ponga al servicio del bienestar de las personas y no al servicio de la acumulación de beneficios y poder en unas pocas manos.

La tecnología no es un aspecto independiente de nuestra organización social, política y económica, o de nuestras culturas. Y servirá para los intereses de quienes tengan más poder o logren imponerse sobre los demás. Si la concentración de poder que vivimos en la actualidad no se rompe, será difícil que los avances tecnológicos tengan un poder democratizador del bienestar común como sueñan muchas personas expertas en nanotecnología. No en vano, las menores barreras de entrada de estas tecnologías podrán suponer una democratización de las mismas y romper costuras del sistema.

De hecho, este es uno de los ejes sobre los que debe girar el debate sobre la robotización, el de las condiciones culturales y los desequilibrios de poder sociales y económicos en los que estos avances tecnológicos se desarrollarán . Es cierto que tenemos ficciones en los que las máquinas al servicio de las personas se revelan superándolas como Ex Machina, pero también a diario se cuela en los televisores, a través de los pequeños de la casa, un robot llamado Doraemon que viene del futuro precisamente para ayudar a un niño japonés, Nobita, a ser mejor persona y a comprender el mundo que le rodea y a cómo relacionarse con ese mundo.

Los robots pueden ayudarnos a liberar tiempo de trabajo, a repartir mejor ese trabajo y a ocupar nuestros tiempo en tareas que nos satisfagan más como personas y por tanto, generar sociedades más sanas y pacíficas. Eso podría hasta facilitarnos el repartir mejor también los trabajos de cuidados no remunerados en el ámbito de la familia y la comunidad, con lo que estaríamos al mismo tiempo avanzando en igualdad de género, aspecto tan necesario para garantizar la sostenibilidad y el bienestar de nuestras sociedades.

Si miramos cómo se han distribuido las ganancias en productividad en los dos últimos siglos, veremos que no han sido principalmente en torno a liberar más tiempo de trabajo, tampoco en el ámbito doméstico. Así,  las estimaciones de Angus Madisson entre 1820 y 1998, nos hablan de que las ganancias de la productividad se han repartido más en torno al aumento salarial que en relación a la reducción de la jornada laboral, aunque ésta también se haya reducido. Los incrementos vinculados a la capacidad de consumo han vencido en el largo plazo 7 a 1 a la capacidad de disponer de más tiempo. Aunque la reducción de jornada ha sido muy importante y ha ayudado en el pasado, entre otras cosas, a crear empleo.

Tampoco en lo relativo al tiempo dedicado al trabajo doméstico y de cuidados no remunerado se han visto reducciones muy espectaculares en tanto que la introducción de nuevas tecnologías domésticas, como puede haber sido la lavadora, ha llevado a cambios culturales en torno a la higiene más que a una reducción muy significativa del tiempo empleado en el lavado. O la reducción del trabajo doméstico que las nuevas tecnologías han hecho posible ha supuesto la sustitución de este tiempo por trabajo de cuidados directo a niñas y niños, también vinculado al desarrollo de nuevos modelos culturales de maternidad y paternidad.

Mientras las estimaciones sobre la pérdida de empleos son numerosas, escasean las estimaciones sobre los efectos del reparto de trabajos y beneficios , o sobre qué empleos se crearán y en qué sectores. Si miramos al pasado, esto último ocurrirá sin duda. Lo que no sabemos es en qué condiciones. Los propios sectores vinculados con las nuevas tecnologías y su aplicación, los servicios personales y la economía del cuidado a las personas y nuestro medioambiente, estarán sin duda entre ellos, pero la clave está en saber en qué condiciones de poder o laborales se desarrollarán esos empleos.

De hecho, los análisis que dicen que esta vez puede ser diferente y que el cambio tecnológico suponga ahora sí el fin del trabajo se basan, desde mi punto de vista, en un pilar que no tiene por qué darse. Se dice que esta vez el ritmo del cambio tecnológico es más acelerado, lo cual es cierto, y también su intensidad, que también es cierto, y, sobre todo, en que en esta ocasión, en comparación con lo ocurrido en el pasado, sus beneficios no estarán igualmente repartidos. Esto último no tiene por qué ser así.

Si las relaciones de trabajo que se establecen en estos nuevos sectores –y las que se mantienen en los que sobrevivan-, siguen las pautas actuales de distribución donde los salarios se llevan cada vez una parte menor de la tarta generando las fuertes desigualdades económicas que no paran de crecer en los últimos años, y también las pautas actuales de precarización, con relaciones laborales flexibles, mayor parcialidad, temporalidad, o contratos de cero horas que requieren de total disponibilidad y de ninguna seguridad, es muy posible que los avances tecnológicos no se pongan al servicio de las personas para avanzar en bienestar y en vidas dignas.

Pero eso no depende de la tecnología sino de las estructuras de poder que dominen nuestras sociedades, por tanto, de un cambio de sistema económico y del desarrollo de democracias reales y no de baja intensidad, disciplinantes o inexistentes como ocurre ahora en la mayor parte del mundo.

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