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Los primeros colonos del franquismo y la canalización faraónica de la marisma sevillana

El incesante pulso del ser humano al fértil delta del río Guadalquivir atesora una intensa y reciente historia que explota en los estertores de la Guerra Civil y retrata ahora la recién estrenada película La Isla Mínima.

El sur de Sevilla cultivó un relato salpicado de colonizadores con acento valenciano, aventuras vitales al estilo del Oeste americano y 'rojos' que, perseguidos por las fuerzas franquistas, ocultaron su identidad en una suerte de finis terrae a la andaluza, entre arrozales, paludismo y trabajo de sol a sol.

Al calor de la naciente dictadura no creció un 'pueblo de fascistas', pese a que el topónimo del mayor núcleo residencial acogió el nombre de Franco y persiste simbología afín, caso de la denominación del equipo de balompié local: Villafranco Club de Fútbol.

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Marismas del Guadalquivir.

El rincón que retrata la película La Isla Mínima no es un 'pueblo de fascistas'. Nunca lo fue. No del todo, aunque creciera al calor de la naciente dictadura franquista y conserve simbología añeja. Caso del equipo de balompié local: Villafranco Club de Fútbol o el poblado Queipo de Llano. Herencias de una etapa oscura. Un pueblo, El Puntal, que con la entrada del nuevo siglo cambió de nuevo de nombre y de Villafranco del Guadalquivir pasó a Isla Mayor, el de una de las islas del gran río andaluz, de las marismas que ejercen de paisaje y escenario, casi de personaje, en la última cinta del director sevillano Alberto Rodríguez. La Isla, junto al poblado Alfonso XIII -Villanueva del Guadiamar durante la República-, son los poblados de colonización que han sobrevivido en esa tierra inhóspita. El paradigma del incesante pulso humano al fértil delta de la marisma sevillana.

Vicenta Soler y Miguel Ferrer.

La mutación de la marisma explota ligada al alzamiento militar fascista del 18 de julio de 1936. Y a sus secuelas. Es un ademán semejante a los asentamientos que promueve en los años 50 el Instituto Nacional de Colonización pero con una diferencia crucial: La intensa y reciente historia de la Isla explota en los estertores de la Guerra Civil. Sevilla cae rápido en manos rebeldes sin ser, casi, escenario de guerra. Las fuerzas franquistas extienden el terror y las calles de los pueblos se tiñen de luto. Los ejecutados se cuentan por miles en solo unos meses. En el sur de la provincia permanece agazapado un extenso dominio virgen, ahíto de opurtunidades. Las nuevas autoridades ponen el ojo en el potencial granero. La transformación de aquel paisaje cenagoso llega a pico y pala, con trabajos faraónicos y un ingente ejército de braceros que afrontan de sol a sol la canalización de un páramo. Eran los primeros colonos del franquismo. Hambre, mosquitos, malaria... Miles de aventureros vitales, de cualquier punto de la península. Como Miguel Ferrer Marco y Vicenta Soler Bru (en la imagen), que desde Sueca (Valencia) sembraron sus vidas en la tierra que hoy es el mayor arrozal de España.

Tierra cuarteada en las marismas del Guadalquivir.

Es una suerte de 'finis terrae' (del latín, el fin de la Tierra). El relato que dibuja el río Guadalquivir en su postrero y enrevesado discurso fluvial fue en origen un mar íntimo, el lago Ligur. El aporte sedimentario transformó el agua en una inmensa llanura de transmisiones palúdicas, un paraje solitario, vetado a la estancia humana. Un desierto que se anegaba tras las épocas de lluvia. Cobijo de ganado y tránsito obligado para cada civilización que haya surcado los brazos acuáticos del río de la historia.

La marisma copa el antiguo estuario del río. Toca tres provincias, Huelva, Cádiz y Sevilla, y aquí hasta ocho pueblos: Aznalcázar, Las Cabezas de San Juan, Dos Hermanas, Lebrija, Isla Mayor, Los Palacios y Villafranca, La Puebla del Río y Utrera. La antigua ensenada litoral, colmatada por depósitos marinos y fluviales de aluvión, propicia un inmenso arrozal que supera las 35.000 hectáreas. Un delta con tres islas: Mayor, Menor y Mínima.

Entrada de agua desde el río Guadalquivir a una estación de bombeo.

"Después de la guerra había muchos que no tenían ni comida. Franco, con Queipo de Llano, no sabían qué hacer con esto, lo había comprado una compañía inglesa pero todo lo que sembraban se perdía y contactaron con Rafael Beca Mateos, un industrial, que fue el promotor de lo que hay hoy", cuenta Fernando Baranco Utrilla, nacido en 1943 en el poblado Queipo de Llano, en Isla Mayor. "Esto parecía el Oeste americano –continúa–, venía gente de todos sitios y también el que estaba huyéndole a la dictadura". Una tierra que ofrecía nueva vida y, si hacía falta, nueva identidad. "Esto se ha hecho a base de pulmón", escenifica, "todo a mano y con bestias, casi no había maquinaria, se trabajaba como esclavos, como los que hicieron las pirámides". "Pero se comía", puntualiza.

'Casa bomba de los ingleses', en Isla Mayor.

En 1927, una empresa inglesa con capital suizo y español, la Compañía Islas del Guadalquivir, compra al Marqués de Casa Riera 25.000 hectáreas para "desecación y saneamiento de las marismas y terrenos pantanosos". Diseminan poblados como Reina Victoria, Dora o Colinas, Rincón de los Lirios, Alfonso XIII, El Puntal o Veta de la Palma. Construyen 68 kilómetros de carreteras, 54 de ferrocarril de vía estrecha, 60 de línea telefónica y 27 de tendido eléctrico de alta tensión. Por el río se comunicaban muelles enclavados en Mínima, Mármol o Punta de la Lisa. Fracasaron, víctimas de la especulación bursátil internacional, y dejaron la simiente de su futuro uso. Quedan como recuerdo algunas construcciones y una estación de bombeo de agua -en la imagen- que con casi nueve décadas "funciona mejor y más barato, eso sí, no la pares porque si no a ver cómo la arrancas", declara un trabajador "de la casa bomba de los ingleses".

Arrozales en la marisma sevillana.

"Vino Franco aquí en los años 50", dice Vicenta Soler, "a ayudar que la cosa triunfara y le cambió el nombre a esto". Recuerda que cuando llegó "en el 63" ya estaban "las casas hechas". "Sí, las de los presos", responde. Las que construyeron presos del régimen franquista, mano de obra esclava. A Vicenta le explicaron dónde aterrizaba de esta manera: "Mi cuñado me dijo: Mira, Vicenta, esto es como Texas pero en pequeñito". Gente acostada en mitad de la calle, miles de braceros buscando jornal... y quien buscaba ocultarse. "La mujer de uno de Benifayó me lo dijo, que su marido se tuvo que venir a esconderse". Miguel Ferrer, 84 años, llegó "a la isla del arroz" con 26. En España hay más de 300 poblados de colonización pero Isla Mayor creció bajo un peculiar acento. "Más de mil personas llegaron de Valencia, seguro, más del 50% de la gente que había aquí eran valencianos". La familia de Miguel compró, la primera vez, "tierra a 80.000 pesetas la hectárea".

María Isabel Olivares Sánchez.

Al llegar "la temporada", narra María Isabel Olivares Sánchez, "venían 11 ó 12.000 personas a trabajar". Hija de Antonio Olivares Domínguez, quien fuera administrador de la compañía Agropecuaria del Guadalquivir, cuenta en redes sociales la historia isleña, a la que aporta abundante material gráfico que aportó su padre. Dice que "los ingleses" querían "sembrar la isla con algodón e incluso trajeron a gente de Egipto", que no lo lograron pero dieron "otra visión". Recuerda "una Isla con muy pocas casas en la que con la botas de agua pasábamos todo el invierno, las calles estaban sin asfaltar, y en verano muchísimos mosquitos, infinitamente más que ahora, nubes inmensas de mosquitos porque no había fitosanitarios de ningún tipo". Una isla, sin embargo, "muy bonita". "Y muy dura, eso sí", añade. "Me enamoré de la Isla cuando llegué y sigo igual, me parece un sitio tan distinto a todo… es un paisaje cambiante".

Antiguo apero de labranza de la marisma del Guadalquivir.

"Venían las cuadrillas de plantadores y segadores desde sus puntos de origen, hacían su trabajo y después se volvían y regresaban a la siega. La planta era muy dura, tenían que hacer el arranque muy temprano y después plantarlo en la tabla que se quedaba definitiva. Empezaban al amanecer, metidos de agua hasta aquí -Maribal marca por encima de las rodillas-, era muy duro". Al principio las viviendas eran "chozas", muchas "repartidas por el campo", donde se usaban aperos "hoy impensables, como trineos".

Miguel Ferrer lanza una red.

Miguel recupera del olvido "paisanos" de Sueca, Silla, Benifayó, Almusafes, Catarroja, Cullera… Un proceso de colonización peculiar, adelantado en el tiempo y valiente, en un rincón furtivo del sur. Los colonos, y los braceros, buscaban "un porvenir". Eran "años muy duros". El autobús, "la viajera, único transporte colectivo que llegaba por una carretera que aún hoy acaba en Isla Mayor, llegaba en temporada "cargado de gente y maletas". "Ese soy yo cuando tenía 20 años", Miguel señala una foto colgada en el salón de su casa. Está montado en una barca, en los canales de la Albufera valenciana. Aparecen campos de arroz y barracas "de cañas y barro". "Esa foto salió en un periódico", revela Vicenta. Ambos mantienen, pese al tiempo transcurrido, un potente acento foráneo. "En casa siempre hablamos valenciano". Miguel sigue cosiendo redes, como aprendió de niño. Ahora las vende para pescar al invasor y abundante procambarus clarkii, el cangrejo rojo americano, colono también de la marisma. Pero eso ya es otra historia.

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