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La Alameda del Obispo: donde germinó la investigación agrícola del campo andaluz

La Alameda del Obispo, una hacienda situada a las afueras de Córdoba, fue finca de recreo y caza de los obispos locales y sus invitados entre los siglos XIV y XIX. Durante una época, además de espectaculares jardines, allí se cultivaron árboles frutales y flores traídas de todo el mundo, un germen que pareció mantenerse como tradición en esta finca que desde 1931 se dedica a la investigación agrícola.

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La Alameda del Obispo, en Córdoba. (Foto. Junta de Andalucía)

La Alameda del Obispo, en Córdoba. (Foto. Junta de Andalucía)

Donde el Guadalquivir parece despedirse de Córdoba a su paso por la capital, al abrigo del río grande andaluz, se extiende el paraje conocido como La Alameda del Obispo, una hacienda con siglos de memoria sobre la agricultura de la zona que, de cuando en cuando, se abre al paseo y actividades de visitantes en grupos organizados.

El retrovisor de la historia fecha ya en la época romana las primeras noticias de este paraje, cuando Corduba tenía allí un pequeño puerto junto al río. Luego, en la época de esplendor árabe cuando la ciudad era la capital del mundo entonces, esta zona estuvo poblada de almunias, las típicas viviendas andalusíes que servían tanto para el ocio como para la producción agropecuaria.

Pero fue en 1336, en un trueque entre la Casa de Guzmán y la Iglesia, la Alameda del Obispo quedó en manos eclesiásticas y comenzó entonces la historia que le da nombre. Entre el siglo XIV y el XIX, este paraje fue la finca de recreo de los obispos de Córdoba, lugar también de caza para sus invitados. Cinco siglos en manos de la Iglesia en los que tuvo épocas de descuido pero también algunas de esplendor que le otorgaron su valía.

Fue el obispo Martín de Barcia, ya en el siglo XVIII, quien apadrinó uno de sus mejores tiempos. Entre 1756 y 1771, convertida la finca en rincón de ocio y recreo, este obispo mandó construir dos grandes jardines: uno, el único jardín laberinto de Andalucía y el más grande de España (1.800 metros cuadrados), claro ejemplo de la jardinería de la época que ha llegado hasta nuestros días, aunque ha sido atacado recientemente por una plaga de hongos y se encuentra actualmente en recuperación; y otro, llamado de Tobías, con una gran fuente central con una estatua. Los dos jardines están separados por un corredor, sombreados por una inmensa parra y embellecidos con el escudo del obispo.

Pero además, Martín de Barcia mandó sembrar y cultivar más de cuarenta variedades distintas de árboles frutales traídas de todo el mundo. Unas frutas que luego se distribuían entre los hospitales de entonces, ya que el obispo era un convencido de que una dieta rica en fruta ayudaría a la salud de los enfermos. Y con los mismos destinatarios, quiso que en la Alameda del Obispo se cultivaran miles de flores, que cortadas luego en ramos, también eran enviadas a los hospitales para alegrar la estancia de sus moradores. 

Lo que realmente sembró este obispo fue el germen para que esta finca -a lo largo de los siglos e incluso después de la desamortización de Mendizábal que dejó los terrenos en manos del Estado-, se conservara como un espacio para la investigación y producción agrícola y ganadera. 

Fue un adelantado a su época que convirtió la finca en los inicios de lo que hoy es: un centro de experimentación e innovación donde trabajan docenas de científicos con el objetivo de trasladar sus avances al campo andaluz. 

En 1931, allí desarrolló su actividad y sus estudios Rafael Castejón, científico, humanista y veterinario que fue el precursor de la escuela de veterinaria y posterior facultad de Córdoba. A partir de 1934 se convirtió en la Granja Agrícola del Estado y en sus terrenos se pasó del arbolado a cultivos intensivos. 

Ahora, allí, además de poder pasear y conocer la historia de la Alameda del Obispo en visitas organizadas, tienen su sede distintos organismos agrícolas: estuvo la Escuela de Ingenieros Agrónomos y de Montes, se mantiene el Instituto de Investigación y Formación Agraria (IFAPA) con su unidad de cultura científica, el Instituto de Agricultura Sostenible del Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), el Banco Mundial de Germoplasma de Olivo o el Servicio de Control de Plagas. Son quienes mantienen viva y actualizada la historia y la investigación sobre la flora que en su día un obispo inició como precursor de la innovación científica agrícola.

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