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Indignados sí, agraviados no

Acertado comentario. No dejo de sorprenderme con la cantidad de insultos que hay en los comentarios. En todos los periódicos, sin diferencia. ¿Realmente esta es la única forma que tenemos de comunicarnos los españoles? No lo creo. Menos “cojones” y más cabeza. Mr.E.

Comparar a Wert con Fernando Morán es un gravísimo insulto para un demócrata como Fernando Morán, que además es y ha sido siempre un señor (en el sentido de nobleza). Galaec.

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Usted ya sabe, amigo Mr. E., que “De diez cabezas, nueve / embisten y una piensa”, como decía Machado. Eso era antes de internet, así que imagínese ahora. Lo malo no es que embistan, sino que se descuernan contra un tablón.  

Vamos a ver, don o doña Galaec, ¿cuándo he comparado a Morán con Wert? He escrito esto: “La veda abierta para insultar a Wert me recuerda, por su virulencia, el caso de Fernando Morán (muy distinto en todo lo demás)”. Perdone que se lo pregunte, pero ¿entiende usted lo que lee? Estoy seguro de que sí, pero no se deje cegar por esa "santa indignación" que tanto propugna el Opus. Si lee otra vez, creo que me dará la razón.

Digo que hay semejanzas entre la actitud que la derecha adoptó ante Morán y la que algunos sedicentes izquierdistas adoptan ante Wert. Comparo la (a mi juicio) simpleza de los que vituperan, no comparo en absoluto a Wert con Morán. A mí la música barroca me da ganas de hacer pis y a mi novia le pasa lo mismo con las infusiones. ¿Afirmo por tanto que Vivaldi es un poleo menta? Tanto Faulkner como Eduardo Punset tienen lectores a quienes les interesa todo lo que escriben: ¿acaso eso equivale a comparar la prosa de Punset con la de Faulkner?

Es un cansancio, se lo aseguro. Un amigo que también escribe, ante los comentarios que leía en sus colaboraciones, me decía: si escribo que esto es amarillo, lo que más me descompone son esos tipos que se indignan y te sueltan que no están de acuerdo con lo que he dicho de que esto es azul. Bueno, le respondí: casi es peor cuando dices que es amarillo y te aplauden por haber dicho que es azul. Por eso mismo Wert es tan peligroso. Que seamos incapaces de comprender lo que leemos, tal vez a Wert no le incomode tanto (a condición de que eso sólo suceda en la enseñanza pública, por supuesto, pero no en los jesuitas ni en los colegios del Opus).  

De todos los presuntos derechos contemporáneos, casi el que más me indigna es el derecho a llamarse a agravio, cuya protección efectiva se ha decidido garantizar por medio de internet. Cualquiera en cualquier parte puede sentirse ofendido hasta en sus sentimientos religiosos, que ya son ganas de darse por ofendido. El agraviado se anuncia por lo general con un tono a su parecer alto, sonoro y significativo, acompañado de un grave gesto y palabras huecas y retumbantes: patria, Dios, la bandera, cosas así. O “gravísimo insulto para un demócrata”. Que suena a “hay cosas que un español católico no puede tolerar”. Otra de las señales que anuncian a un agraviado cargándose de razón como una batería es la impotencia argumental que, unida a cierta (embriagadora) sensación de superioridad, desemboca en un lenguaje delator. Así resulta que Morán además es “un señor (en el sentido de nobleza)”. Arrea: ¿señorío y nobleza es lo único a lo que puede recurrir “un demócrata” para situarse por encima de los demás? Pues aviados vamos, si me parece estar oyendo a mi abuela, que siempre se vale de esos mismos términos para expresar que todavía hay clases: un señor es un señor. No hay más que decir. Esta clase de lenguaje, horro de pensamiento como una aceituna deshuesada, clasista y prepotente, de nuevo me recuerda a la derecha y a Marco Aurelio: la mejor venganza es no parecerse a ellos.

No se deje engañar, amigo o amiga Galec, no deje que la sensación de agravio le nuble la vista. Que no le hagan parecerse a ellos. Eso es lo que querrían, sacarnos de quicio hasta que acabemos desbarrando. A mí me ocurre muy a menudo, por eso sé que no hay otra forma de protegerse que leer con más atención y corregir lo que uno escribe. Y en general, en defensa propia, negarse uno mismo el derecho a llamarse a agravio por cualquier fruslería.

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