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La misma trampa contra el gobierno de Grecia y el de Barcelona

Para conciliar con motivo de una nueva etapa de gobierno se tiene que ser dos en desearlo, el gobierno surgido de la movilización ciudadana y los poderes fácticos, cada uno con legitimidades y fuerzas distintas. A veces David vence a Goliat, por fortuna, y no precisamente pactando.

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En menos de cinco meses el nuevo gobierno griego de la izquierda alternativa, elegido en las urnas por la rebelión pacífica de los ciudadanos, ha comprobado lo ilusoria que era su aspiración a renegociar con las instituciones internacionales la deuda que ahorca al país, sin romper por ello ninguna norma referente a la adhesión a la Unión Europea y al euro. La “troica” formada por los demás gobiernos de la UE, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional ha sido unánime.

No piensan negociar nada más que el calendario de devolución de la deuda, la cronificación de la agonía de aquel país. La postura conciliadora del gobierno de Alexis Tsipras (con la marginación de la negociación del ministro Gianis Varufakis como ofrenda sacrificial) da argumentos a quienes pensaba de buen comienzo que era necesario romper alguna norma (el impago parcial a cambio de la salida de la Unión Europea y del euro) como única fuerza negociadora capaz de ser entendida por aquellos que han llevado la corrupción y los recortes a los actuales extremos.

Las instituciones políticas y financieras internacionales se han mostrado inflexibles en Grecia ante la hondura del mal causado. Se han revelado inútiles los intentos de conciliación del nuevo gobierno en el aspecto principal: el origen ilegítimo de una parte de la deuda y la renegociación de la devolución, más allá del simple calendario.

No hay entre los responsables de causar o gestionar la crisis ninguna voluntad política de soluciones estratégicas a la altura de las circunstancias que ellos han modelado. Es una lección de dureza que busca hundir a la opción negociadora del gobierno griego, forzar elecciones anticipadas y propiciar un retorno a mayorías políticas con menos aspiraciones alternativas.

Las instituciones políticas y financieras internacionales tenían en un país pequeño y periférico como Grecia una oportunidad barata para admitir la parte de autocrítica que les corresponde y variar en alguna medida el rumbo destructivo de los últimos años. No han querido hacerlo, han mantenido intactos todos los ultimátums. No ha habido piedad ni con la dramática situación griega, sin importarles que ello aumente un grado más su descrédito.

Naturalmente, la situación del Ayuntamiento de Barcelona no es equiparable a la de Grecia, aunque sí lo son algunas actitudes ante el incremento de las desigualdades sociales provocado por elites corruptas. Para conciliar con motivo de una nueva etapa de gobierno se tiene que ser dos en desearlo, el gobierno surgido de la movilización ciudadana y los poderes fácticos, cada uno con legitimidades y fuerzas distintas. A veces David vence a Goliat, por fortuna, y no precisamente pactando.

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