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Sobre este blog

Ciencia Crítica pretende ser una plataforma para revisar y analizar la Ciencia, su propio funcionamiento, las circunstancias que la hacen posible, la interfaz con la sociedad y los temas históricos o actuales que le plantean desafíos. Escribimos aquí Fernando Valladares, Raquel Pérez Gómez, Joaquín Hortal, Adrián Escudero, Miguel Ángel Rodríguez-Gironés, Luis Santamaría, Silvia Pérez Espona, Ana Campos y Astrid Wagner.

Experimentación animal: más transparencia y menos lobbies

La experimentación animal es uno de esos temas en los que escribir un artículo de opinión es una fuente segura de problemas. Las posturas están tan encontradas que los partidarios de uno y otro lado no parecen dispuestos a concesiones. Los más vehementes o radicales se distinguen, a menudo, por las fuentes de información en que han decidido creer, más que por tener experiencia directa con las prácticas que apoyan o denuncian.

Curiosamente, los dos bandos en litigio comparten un interés común (y, probablemente, sincero) por el bienestar ajeno. Los defensores de la experimentación animal, identificados de forma casi automática con la investigación biomédica y farmacéutica, por la salud y bienestar de los seres humanos. Sus detractores, por el bienestar de los otros seres vivos: los no humanos.

En algún punto intermedio se sitúa el objetivo pragmático que propugna la legislación nacional y europea: eliminar el uso de animales de experimentación siempre que sea posible, y reducir su sufrimiento, dolor o incomodidad al mínimo imprescindible cuando esto no sea posible (siempre que sea necesario y esté justificado por su utilidad pública).

Así las cosas, tan sólo queremos avanzar algunos argumentos que tal vez no sean familiares a todos los lectores, y que podrían enriquecer y modular su opinión sobre cómo mejorar el desarrollo y aplicación de dicha legislación.

1- En la experimentación biomédica, se ha avanzado mucho hacia ese objetivo. Los clichés de edificios blindados donde sádicos vestidos de bata blanca torturan animales están muy lejos de una realidad en la que la realización de experimentos con animales exige complejos procedimientos de cría controlada, obtención de permisos que incluyen el escrutinio de los diseños y protocolos experimentales, y control de la salud y condiciones de vida de los animales por parte de profesionales autorizados. Es cierto que aún persiste una visión utilitarista del animal de experimentación, en la que a veces prima en exceso su coste en relación al de métodos alternativos (cuando estos existen); y que su sufrimiento es a menudo puesto en perspectiva respecto al observado en los enfermos a quienes se trata de curar (algo inevitable, incluso en la práctica diaria de la medicina, ya que el profesional está expuesto a la contemplación frecuente de umbrales de sufrimiento que el ciudadano promedio evita activamente considerar).

2- El lado malo de los complicados y caros procedimientos exigidos por la legislación actual es la deslocalización de la investigación a países con legislación mucho más laxa – cuyo efecto global, no lo olvidemos, es el deterioro de las condiciones de los animales de experimentación. No son excepcionales los grupos de trabajo ingleses o alemanes que realizan los experimentos en centros colaboradores de otros países, como China, para simplificar trámites burocráticos o reducir costes; ni los investigadores que abandonan la UE para huir del acoso social al que se ven sometidos. ¿Es éste un motivo para eliminar o reducir el nivel de protección que brinda la legislación actual? En absoluto. Pero sí para considerar si el foco debe dirigirse a mejorar su nivel de cumplimiento (sobre todo, en las actividades que aún no cubre) y fomentar su introducción en los países que no la tienen, mas que a hacerla aún más restrictiva en los que ya cuentan con ella.

3- Predomina la percepción equivocada de que, dejando algunos degradantes espectáculos y fiestas “patrios” aparte, la principal fuente de maltrato animal es la experimentación científica. ¡Ojala fuera cierto! Por desgracia, la caza y (ciertas prácticas de) la zootecnia siguen siendo muchos más agresivas para los animales. Es muy ilustrativo que esta última sean la principal exención a la ley de experimentación animal, por pura presión de lobby.

Tampoco serán, probablemente, conscientes nuestros lectores de que los animales de laboratorios son criados y mantenidos en condiciones mucho mejores que las de muchas nuestras mascotas. Para las pequeñas aves como el pico de coral, por ejemplo, la normativa exige un espacio mínimo de por pareja, mientras que rara es la tienda o dueño que no tiene varias decenas de individuos en ese mismo espacio.

4- Otro lugar común: detrás de la experimentación animal se encuentran los intereses de la industria. Pero, en la industria biomédica y farmacéutica, las dos principales fuentes de experimentación animal son (a) la experimentación de procesos básicos para entender las enfermedades y su tratamiento, que desarrolla sobre todo la investigación pública; y (b) la comprobación de que los cosméticos y medicamentos no conllevan riesgos para los pacientes o usuarios, comprobación necesaria para cumplir los requisitos legales para comercializarlos pero que representa una fuente de gastos y problemas, no un objetivo de negocios, para la industria. Por tanto, la industria nunca ha luchado contra la introducción de costosos y burocráticos procedimientos legales, y ha preferido utilizar esa complejidad para introducir convenientes resquicios con los que limitar su eficacia.

A menudo, por ejemplo, el resultado que le interesa a la industria es que un experimento que evalúa el potencial tóxico o cancerígeno de un químico industrial, pesticida o medicamento sea “no significativo”. Tener razones “éticas” para limitar el tamaño y duración de un experimento, reduciendo su potencia estadística y por tanto la probabilidad de detectar un efecto significativo, es un excelente coladero para los potenciales intereses espurios de ese tipo de industrias. Mientras tanto, dichos procedimientos significaban el cierre de los pequeños grupos de investigación que carecen de apoyo industrial – como los que trabajan en salud pública, control de contaminación o conservación de especies; e incluso de grupos que desarrollaban terapias sin plegarse a los intereses de la industria – como el de Elkin Patarroyo, que siempre ha ofrecido distribuir de forma gratuita la vacuna que desarrolla contra la malaria, pero sufre serios problemas para desarrollar su trabajo por la falta de acceso a animales de experimentación.

5- Con la legislación actual, se exigen permisos de experimentación para actividades que representan una intrusión mínima en la salud y bienestar animal, como el marcaje de animales para su censo y seguimiento (p.ej., el anillamiento de aves); la toma de muestras de sangre, plumas, pelo o heces (que permite la vigilancia y control de enfermedades mediadas por vectores animales, como la gripe aviar o el virus del Nilo, y de contaminantes ambientales, como metales pesados o pesticidas); o el desarrollo de experimentos de campo y laboratorio en los que apenas se manipula a los animales.

¿Deben quedar estos excluidos de la normativa actual? Rotundamente no. Pero si seria razonable adecuar esta, evitando que los pequeños centros y grupos sean víctimas de las exigencias de una ley pensada exclusivamente para la experimentación biomédica, centrada casi en exclusiva en animales de laboratorio, cuyas exigencias (como la necesidad de contratar a un veterinario y un especialista en bienestar animal, que al licenciarse suelen carecer de formación adecuada en manipulación de fauna silvestre; o la de poseer títulos de experimentación animal cuya obtención cuesta alrededor de 1000 euros) responden principalmente a la presión de ciertos lobbies y colegios profesionales. Una de sus consecuencias más perversas son los cursos actuales de experimentación animal, centrados exclusivamente en los procedimientos más agresivos y en animales de laboratorio – con la virtual ausencia de unidades y docentes experimentados en el uso de técnicas no agresivas con especies silvestres.

Sin querer llegar a conclusión final alguna, tan solo queremos señalar que – al igual que ocurre con otros temas sensibles, como la seguridad ciudadana o el aborto, legislar desde la prohibición suele crear más problemas de los que resuelve. Que las leyes están bien, pero hacerlas es gratis: al final, importa más el dinero invertido en facilitar y hacer cumplir su aplicación, que los grandes principios o el refuerzo punitivo. Y que la transparencia es imprescindible, para que la sociedad decida si las leyes y políticas están cumpliendo sus objetivos, o han acabado favoreciendo a los lobbies de siempre.

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Ciencia Crítica pretende ser una plataforma para revisar y analizar la Ciencia, su propio funcionamiento, las circunstancias que la hacen posible, la interfaz con la sociedad y los temas históricos o actuales que le plantean desafíos. Escribimos aquí Fernando Valladares, Raquel Pérez Gómez, Joaquín Hortal, Adrián Escudero, Miguel Ángel Rodríguez-Gironés, Luis Santamaría, Silvia Pérez Espona, Ana Campos y Astrid Wagner.

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