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Privación de libertad, tiempo, daño y sistema penal

Es necesario replantearse el sistema penal y diseñar un proceso de aplicación de Derecho penal mínimo, que tenga como objetivo reducir tanto los problemas sociales como el daño que genera la cárcel.

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Siete y media de la mañana. Suena un timbre ruidoso insoportable que te hace levantar. Que te recuerda que no puedes decidir hoy tampoco a qué hora salir de la cama. Te giras y no está la persona que te gustaría que estuviera a tu lado. No puedes decidirlo. Tampoco en esos días en los que todas nos juntamos con la gente que más queremos.

De nuevo en pie, a la espera de que aparezca una persona para comprobar si sigues ahí. Abren la puerta, a la misma hora de cada día. Desayuno, ducha, actividades. Salir al aire libre y ponerte a hacer deporte. Correr en círculo, continuamente, lo cual te recuerda que los días pasan de manera repetida deseando que pasen los dos años y tres meses, los tres años y veinte días, o los seis años y un día. Andar un kilómetro en línea recta o mirar el horizonte se convierten en pequeños placeres de la vida imposibles. Comer siempre a la misma hora y con el mismo tiempo. Poco a poco se te va olvidando cómo se cocina. Te encantaría hacerlo, pero no puedes. No puedes tampoco cocinarte tu propia comida. Y después de comer, de nuevo el tedioso timbre. Y de nuevo la puerta que te reencierra. Dos horas, quieras o no. Hasta que suena de nuevo el timbre y, tras comprobar si estás, la puerta se abre. Tampoco puedes decidir quedarte si te apetece acabar la carta que estabas escribiendo, o si te apetece quedarte sumido en tu melancolía. Ni siquiera puedes decidir esas pequeñas cosas. Toca gimnasio, o limpiar el comedor, o trabajar para una multinacional a cambio de uno o dos euros la hora. La tarde pasa. Luego llega la cena, hacia las ocho. Quizá en estos días y si la dirección lo permite, la hora se puede retrasar un poco, pero no mucho más. Después, el timbre y a la hora que decidan has de estar de nuevo tras la puerta que cierran. Así hasta el día siguiente. Quizá era un día en que te gustaría estar con tu amiga, la de la celda de al lado. Estaba mal y te gustaría estar cerca. Pero no, a pesar de que estés rodeada de barrotes, muros y más muros, y controlada mediante videovigilancia, no puedes decidir estar hasta las doce o la una con tu amiga. Eso tampoco se puede decidir. Y así hasta el timbre de la mañana siguiente. Día tras día.

El encierro tiene unas consecuencias psicológicas en las personas absolutamente brutales. Y se sustenta en una concepción disciplinaria absurda propia del siglo XVIII. La privación de libertad genera daño. Daña a quien la sufre en primera persona y daña a quien tiene a alguien a quien quiere dentro. Son sensaciones que uno no puede imaginar hasta que te pasa. Tener a alguien a quien quieres privado de libertad supone que no decidirás tu cuándo llamarle, cuándo enviarle un whatsapp preguntándole como está, ni podrás llevarle una tarta el día de su cumpleaños, ni podrás decidir cómo y cuándo verle. Todo, absolutamente todo, estará mediado por horarios, normas, instancias, funcionarios/as, estados de humor y otras arbitrariedades. Y privar de libertad a una persona daña. Dañan nueve años, dañan seis años y un día, dañan tres, daña un año y dañan sesenta días.

El sistema penal, al que en algún momento se le decidió otorgar la potestad de ser el agente principal en solucionar los problemas sociales, tiene una receta mágica para casi todo: privación de libertad. La diferencia, el tiempo. Y quien legisla, quien pide condena, quien ejerce la defensa y quien condena, pocas veces se han planteado qué supone realmente para las personas uno, tres o diez años de privación de libertad. El daño cometido con la privación de libertad casi siempre será mayor que el daño realizado con el delito por el que se es condenado. Y no solo eso. Llevamos más de 200 años de fracaso del sistema de cárcel para todo. Ya va siendo hora de que comencemos a adaptar el sistema penal a dicho fracaso y a los tiempos que corren.

A pesar de que aproximadamente el 30% de los hombres y el 48% de las mujeres están presas por delitos contra la salud pública (tráfico de drogas), podemos seguir encontrando y consumiendo droga cuando se quiere. De hecho, muchas voces experimentadas llevan tiempo diciendo que las situaciones problemáticas del consumo de droga tienen que ver más con las situaciones sociales y personales que con el hecho de que exista droga. De hecho, nunca dejó de existir. La guerra contra las drogas es un fracaso estrepitoso que genera más daño del que evita. Se trata de cambiar el enfoque de los problemas y la mirada para cambiarlos. Asimismo, el otro gran porcentaje de personas presas (aproximadamente, 40% en hombres y 30% en mujeres) lo están tras haber sido condenadas por un delito contra el orden socio-económico (robos, hurtos, etc.).

Estos dos datos ayudan a entender qué grupos sociales están mayoritariamente habitando las prisiones. Y también ayuda a evidenciar que una política social de calidad y un buen trabajo de prevención ayudaría mucho más a reducir las situaciones derivadas del consumo problemático de drogas y de robos o hurtos, que el remedio de cárcel para todo.

Desde hace tiempo son pocas pero muy fuertes las voces que planteamos que es necesario realizar un proceso de replanteamiento profundo del sistema penal, de los delitos y las penas. Estamos en tiempos de cambio y no vamos a permitir que, también esta vez, el sistema penal y la cárcel ni se replanteen ni se toquen. Es necesario diseñar un proceso de aplicación de Derecho penal mínimo, que tenga como objetivo minimizar los problemas sociales a la vez que se reduzca hasta la mínima e imprescindible expresión el daño que genera la cárcel. El camino no es fácil, ni porque haya fuerzas políticas dispuestas a intentar un cambio en esta materia, ni porque cambios profundos como éste vayan a estar exentos de complicaciones. Sin embargo, tras más de 200 años de fracaso merece la pena intentarlo de verdad. No con leves concesiones y mejoras en las condiciones penitenciarias. El debate es de fondo. Cierto es que cambios en las condiciones de la privación de libertad ayudarían a reducir fragmentos absurdos del daño y serían bienvenidos, pero el debate que abrimos es profundo y estructural. Ahora que logramos acercar a la gente las realidades existentes en los Centros de Internamiento de Extranjeros (CIEs) y que el discurso por cerrar estas instituciones de privación de libertad cada vez lo hacen suyo más personas y sectores sociales, ha llegado el momento de comenzar a poner en cuestión la cárcel. La cual, por mucho que digan, no respeta los derechos fundamentales de las personas presas ni es mejor que los CIEs. Difiero profundamente.

Y sí, la cárcel daña. Pero como ante toda situación de sufrimiento, las personas tenemos una gran capacidad de tirar hacia delante. Estos días en las prisiones se darán situaciones de resistencia entre las personas presas para llevar mejor la distancia con su pareja, con sus hijas, con sus padres o con sus amigas. Se combinarán lágrimas y desesperación, con palabras de ánimo, con abrazos y con sonrisas. Al igual que en las casas de aquellas personas que estarán ausentes. Ojalá seamos capaces en los próximos años de generar herramientas colectivas para que entre profesionales, activistas, familiares y personas presas podamos de verdad cuestionar la cárcel y generar un movimiento social en torno a ella que busque una transformación profunda y real del sistema penal. De momento, el próximo 31 de diciembre algunas acudiremos a las tradicionales marchas en solidaridad con las personas presas.

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