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REGIÓN DE MURCIA

“Cuando empecé a traducir terror en los años sesenta, no imaginaba la difusión que el género iba a alcanzar”

Entrevistamos a Francisco Torres Oliver, una leyenda en el mundo de la literatura española.

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Francisco Torres Oliver en su biblioteca / JMVB

Francisco Torres Oliver en su biblioteca / JMVB

Con más de cien libros traducidos al español -hace tiempo que él mismo perdió la cuenta-, Francisco Torres Oliver (Vilajoiosa, 1935) es una leyenda en el mundo de la literatura española. Dejando de lado los reconocimientos -Premio Nacional de Traducción de Literatura Infantil y Juvenil en 1991, Premio Nacional a la Obra de un Traductor en 2001, premio Nocte en reconocimiento a una carrera en 2009...-, es uno de los principales responsables de la difusión y respetabilidad que el terror ha alcanzado en España en las últimas décadas. La suya ha sido una labor larga, minuciosa y, en realidad, accidental: “El meterme en la traducción fue una cosa fortuita”, afirma. “Y, aunque siempre sentí una preferencia bastante acusada por los cuentos fantásticos, me fui especializando en trabajos de este género por casualidad”.

Casualidad o no, a lo largo de más de cuatro décadas de carrera ha dado voz en castellano a los principales clásicos de la literatura de terror y a muchos otros más. Por sus manos han pasado Poe, Dickens, D.H. Lawrence, Stevenson, Jean Austen, Lewis Carroll, Tomas Hardy, Asimov, Machen, M.R. James, Mary Shelley, Bram Stoker, Algernon Blackwood, Walter de la Mare… Pero sobre todo Lovecraft, autor al que, junto con su cuñado Rafael Llopis, abrió las puertas en España con la publicación de Los mitos de Cthulhu en 1969: “Yo sabía que había que dar a conocer a este autor”, afirma. “Lo que no podía imaginar era la difusión que iba a alcanzar”.

Hoy, a sus setenta y nueve años, Torres Oliver acaba de entregar a la editorial la traducción de Los albigenses, novelón gótico de Charles Maturin que en su versión inglesa abarca cuatro tomos, y ya está de pleno sumergido en El hundimiento de la casa Usher, de Poe: “Estoy continuamente dándole vueltas, haciendo cambios. Me gusta mucho cómo me está quedando”.

 

Una generación de lectores y escritores jóvenes se han formado en el terror con sus traducciones para editoriales como Alianza, Siruela, Alfaguara, Vicens Vives, Bruguera y sobre todo Valdemar. ¿Qué le parece el ser reivindicado por ellos?

Pues, después de haber trabajado tanto, siento una especie de gratitud. Uno no se para a pensar en estas cosas mientras trabaja. Cuando me puse a traducir, yo no podía saber lo que iba a ocurrir a continuación. Tampoco era consciente de que estábamos trayendo a los hispanohablantes una ficción que iba a tener un éxito tan rotundo. Es verdad que el gusto por el terror estaba entonces ya muy desarrollado en el resto de Europa, pero no podíamos imaginar el impacto aquí. Hoy veo que el tema sigue vivo. La llama de entusiasmo que se inició hace tanto tiempo ha prendido.

¿Cómo descubrió el terror?

A través del cine. De pequeño veía todas aquellas películas que entonces, por la cortedad de los años y lo impresionable que es uno a esas edades, me parecían sobrecogedoras: Frankenstein, Los ojos misteriosos de Londres, Drácula, La momia, las de Bela Lugosi. También me gustaba mucho la literatura fantástica, en especial el terror, que podemos decir que es su núcleo. En aquellos tiempos yo leí muchos relatos, pero a menudo me dejaban insatisfecho. Las traducciones adolecían de falta de calidad. A veces ni siquiera se comprendía lo que decían. Había libros que estaban como resumidos. La primera vez que leí Drácula, por ejemplo, fue decepcionante. Por eso, cuando empecé a traducir, me propuse hacerlo lo mejor posible. Si el resultado no era más perfecto, era porque yo no tenía la capacidad. Desde luego, iba a intentar que mis trabajos tuviesen una calidad seria, equiparable a la de cualquier otro tipo de literatura.

¿Cómo se metió en el mundo de las letras?

Pues de manera fortuita. Yo vine a Madrid a estudiar Bellas Artes. Pero tuve que esperar un curso entero antes de hacer el ingreso. Entonces, ese año, para ocupar mi tiempo en algo que no fuese sólo el dibujo, me inscribí en Filosofía y Letras. Y bueno, al final acabé enredándome y me olvidé de Bellas Artes. Después ya entré en la enseñanza. ¡Pero todo esto no era mi vocación en absoluto!

Y pasados tantos años, ¿diría que la traducción sí era su vocación?

(Riendo) Sí. Más o menos sí. Luego sucedió que, en los sesenta, cuando estaba preparando las oposiciones a la cátedra de Filosofía, mi cuñado (Rafael Llopis) me dijo: “Oye, tengo un libro aquí en inglés, ¿por qué no me lo traduces?” Y yo le dije: “Bueno, pues tráemelo”. Y lo traduje. Luego él fue a ofrecérselo a Jaime Salinas, de Alianza, y Jaime dijo que lo iba a publicar.

Hablamos, claro, de Los Mitos de Cthulhu, el libro que descubrió Lovecraft al público español. ¿Cómo fue el proceso de traducción?

En ese momento yo estaba dando clase, así que traduje los cuentos en mis ratos libres. Eso me creó un hábito que todavía hoy conservo: Me levantaba a las cinco de la mañana a traducir, antes de ir a la escuela. Luego, el sábado, repasaba todo lo hecho durante la semana. Como te digo, aún sigo levantándome a esa hora.

Cuando Llopis y usted le dieron voz a Lovecraft en castellano, ¿imaginaron lo que iba a suponer?

En absoluto. Bueno, yo sabía que Lovecraft, después de muerto, había tenido un relanzamiento enorme. El primer país que recibió ese impacto brutal fue EEUU, porque allí estaban sus amigos dispuestos a poner su literatura en el lugar que merecía. También en Francia se hablaba mucho de él, aunque no tanto. Yo sabía que había que darlo a conocer en España. Lo que no podía imaginar era la trascendencia que iba a cobrar aquello.

¿Lovecraft había llegado a nuestro país antes de Los mitos de Cthulhu?

Sí. A finales de los cincuenta Minotauro había publicado allá en Argentina El color que cayó del cielo. Así es como lo tradujeron. En su momento lo tuve en mis manos, porque un amigo se lo compró, pero no llegué a leerlo. Después en Barcelona salió algo también. Y creo que Acervo sacó algún cuento suelto. Pero claro, Los mitos de Cthulhu tuvieron otra categoría. De todas maneras, para mí este libro tiene un defecto muy grande, y es que en él tenía que haber aparecido como cuento emblema La llamada de Cthulhu. Y no está. Cuando es ahí donde arranca todo. Pero bueno, esas cosas pasan .

En cualquier caso, la publicación y posterior éxito del libro fue un hito dentro del terror en nuestro país. El fenómeno que propició un cambio de tendencia. Porque, ¿se leía terror en España en los años cincuenta y sesenta?

Bueno, sí se leía, aunque no era una inundación de cuentos fantásticos, porque en este país, en cuanto a libros, nos hemos movido siempre con lo que se nos ha ofrecido. Había una censura. Había una conciencia religiosa que no estaba dispuesta a dejar pasar ciertos temas ni cualquier tipo de literatura. La capacidad de leer la teníamos secuestrada. Nos movíamos en una literatura de la mediocridad. Las grandes novelas de fuera no llegaban aquí así como así. El extranjero o La peste de Camus, por ejemplo, estaban muy mal vistas por la dictadura. En 1969, cuando se publicaron Los mitos de Cthulhu, las cosas estaban cambiando algo, porque un cepo cultural como el de la posguerra era ya insostenible. Antes de la Guerra Civil, con la Segunda República, sí apareció una conciencia liberadora. Hubo en ese momento una intención de derramar la cultura por todo el país. Surgió una legión de maestros dispuestos a ir de pueblo en pueblo a alfabetizar. Fue un entusiasmo como no ha habido nunca en España. Pero eso fue aplastado con la guerra y luego tardó muchísimo en recuperarse.

A la censura franquista no le gustaba el terror.

No le gustaba el terror, no le gustaba lo fantástico y no le gustaba que se tomasen con cierta libertad asuntos que se consideraban dogmas. Ten en cuenta que cuando cruzabas la frontera te registraban la maleta y miraban a ver qué libros llevabas. Ya en plenos años setenta, hubo una convención sobre literatura de ciencia ficción en la librería Machado. El primer día, en la mesa redonda, había un policía secreta dentro del local y otro de uniforme en la puerta. El segundo día, ya sólo vino el de uniforme. Y el tercero no vino ninguno, porque se convencieron de que allí no se hablaba más que de marcianitos verdes…

Cómo han cambiado las cosas: ¡Un libro se consideraba un peligro!

Hombre, fíjate, algunos libreros nos vendían bajo cuerda libros no autorizados. Había una librería en la calle Narváez donde trabajaba un empleado que, cuando iba yo, me hacía una señal y me decía: “Tengo guardado para ti un libro ahí en el sótano. Espérate que acabe con este cliente que ahora te lo paso”. Entonces aquello era materia ilícita. Contrabando.

Los mitos de Cthulhu fue su primera traducción. ¿Qué vino después?

Jaime Salinas me dijo: “Oye, ¿tú traduces sólo para Rafael Llopis o te puedo encargar alguna cosa más?” Y yo le dije: “Si me quieres encargar algo, yo encantado”. Entonces me propuso Las aventuras de Randolph Carter y luego Jude el oscuro, de Thomas Hardy. Y como salieron aceptables, seguimos por ese camino.

Pronto llegaría M.R. James.

A M.R. James lo descubrí en la antología que hizo mi cuñado para Taurus y que luego saldría en Alianza. Entonces él y yo estábamos continuamente hablando de estos temas: de los fantasmas de M.R. James, etcétera. Este autor es un caso particular para mí, porque me empeñé personalmente en que Jaime Salinas lo publicase. Así salió Trece historias de fantasmas, que fue una selección. Pero yo quería traducir sus cuentos completos en un solo volumen. Y eso no lo conseguí hasta unos veinte años después, con Valdemar, que los publicó bajo el título de Corazones perdidos. Y bueno, a partir de Trece historias de fantasmas me vi convertido en traductor de terror, porque los editores me decían: “Oye, ya que te gusta este género, ¿te importaría hacernos esto?”

¿En qué momento decidió dejar la enseñanza para dedicarse por completo a la traducción?

A los 49 años. Entonces yo daba clase de filosofía. También he enseñado historia, literatura y francés. De hecho yo siempre he querido ser traductor de francés, ¡pero nunca me han dejado! En ese momento, 1979, yo ya recibía gran cantidad de encargos, de lo más dispares, no sólo de terror. A la vez estaba de director técnico del colegio, pero hubo una serie de cambios y recayó sobre mí una responsabilidad que me resultó abrumadora, así que decidí definitivamente a dedicarme sólo a la traducción. Ese mismo año me contrataron en la ONU para un trabajo en unas conferencias en Bagdad. Y luego estuve dos meses en Roma con la FAO.

¿Se atrevería a decir cuántos libros ha traducido aproximadamente?

No. No me atrevo. No sé cuántos son. Antes llevaba una lista, pero después he perdido la cuenta. Deben de ser más de cien, además de relatos en antologías y artículos para revistas, que hice muchos para Triunfo y Revista de Occidente.

¿Cuáles son las traducciones clave de su vida?

Las que más me han impactado lo han hecho fundamentalmente por el libro en sí, no por la traducción que haya podido hacer yo. Una de ellas sería Jude el oscuro. También Frankenstein. Y otro autor que me gustó mucho es Richard Dana, que escribió Dos años al pie del mástil. Ese libro, que se publicó en Alba editorial, te hace sentir en la cubierta de un barco más que ningún otro.

¿Más que Melville?

Nada. Ni Melville. Melville se lo copió a él. Es un relato autobiográfico. Él es un estudiante al que le diagnostican una enfermedad de la vista y le dicen que no puede poner los ojos en un libro durante mucho tiempo. Entonces él, para impedirse a sí mismo caer en la tentación de la lectura, se enrola en un barco. Y nos relata sus dos años de viaje alrededor del continente americano.

Debió de ser laborioso traducir el lenguaje náutico de la época.

Es precioso, aunque se trata de una terminología complicada y sumamente técnica. Tuve que poner un vocabulario al final del libro, para que el lector pudiese seguir mejor lo que allí se contaba. A los de Valdemar la idea les gustó, porque luego me pidieron que hiciese lo mismo con El relato de Arthur Gordon Pym, de Poe.

Así que el traductor debe ser también un humanista.

Por supuesto. Necesita tener conocimientos de gran parte de las áreas de la cultura, porque no sabe con qué escollos se va a encontrar a la hora de traducir. Por ejemplo, fíjate en Dos años al pie del mástil: Si no tienes una preparación náutica no lo puedes hacer.

¿La tiene?

Hice los dos años de servicio militar en un barco. Y tengo el carné de patrón de yate.

Nunca sabe uno para qué le va a servir la 'mili'.

Nunca. Y de repente te encuentras con que tienes que traducir Dos años al pie del mástil y dices: “¡Qué bien me viene todo esto! ¡Qué maravilla!”

Usted que ha traducido tanto terror, ¿por qué nos gusta el miedo?

Siempre se ha hablado de eso, ¿verdad? Pero no lo tenemos muy claro. Nunca llegamos a algo verdaderamente concreto. El miedo, en la literatura, es un miedo mediatizado. Es mentira. Es una emoción estética, una vibración placentera. Lo estoy expresando de manera muy prosaica, pero es que es así. Ese miedo ya les gustaba a los griegos. Y hoy nos sigue atrayendo, aunque sabemos positivamente que no es verdad. Y sin embargo, si, por ejemplo, vemos una película bien hecha, nos dejamos invadir por esa sensación. Entramos en comunión con ella. Se ha hablado de la suspensión de la incredulidad. O sea, que uno ve o lee una historia que sabe que es ficción, pero se va adentrando en ella hasta que su incredulidad queda en suspenso y pasa, de alguna manera impostada, a formar parte del relato.

¿Cómo respondería a quien calificase el terror de género menor?

Pues que la literatura no tiene géneros menores. Lo de menor lo dará la calidad de lo que uno escriba. Los géneros literarios son áreas a disposición del autor y éste puede hacer en ellas lo que quiera: o un gran libro o estropearlo por completo. Por ejemplo, Steinbeck escribe De ratones y hombres que es una fantástica novela del oeste. Pues lo mismo ocurre con el terror: Stephen King tiene cosas que no son muy buenas, pero hay otras absolutamente geniales. Para mí, El cementerio de animales o El resplandor son obras maestras.

El traductor va conociendo al traducido en una dimensión profunda que al lector se le puede escapar

Con toda la literatura en la que se ha sumergido, ¿nunca ha sentido la necesidad de escribir sus propias historias?

Alguna vez sí, pero yo siempre he sido una persona de trabajo lento. Necesito concentrarme. Y estando haciendo una cosa no puedo hacer otra. Nunca he tenido el reposo suficiente para elaborar una idea, desarrollarla, madurarla, pulirla y tal. Así que he preferido no enredarme. Hay otros que sí. Ahí tenemos a Blasco Ibáñez, que era capaz de todo: de dictar una novela, traducir, escribir discursos, dirigir un periódico… Pero es que eso son prodigios mentales. Yo más bien soy un ebanista.

Centrándonos en la propia labor de traducción, ¿cómo acomete un autor o una obra nuevos?

Hay algunos a los que ya conozco y por tanto sé por dónde van. Si no, entro despacito, de tal manera que en el primer capítulo voy tanteando. Conforme me adentro, tomo conciencia del conjunto. Entonces vuelvo al principio y compruebo que está en sintonía con todo lo que he hecho después.

¿Se puede llegar a establecer una relación íntima con un autor que vivió siglos atrás?

Pues sí. Porque el traductor, por su propia labor, va conociendo al traducido en una dimensión profunda que al lector se le puede escapar. Esto sucede porque cuando te sumerges a fondo en un texto, lo desmontas y lo desmenuzas, salen a relucir cosas que en una lectura rápida y lineal permanecen ocultas.

¿Qué escritor le ha hecho padecer más?

Walter de la Mare. Me gusta muchísimo leerlo, pero no me gustaría volver a traducirlo. Me lo puso muy difícil. Te hace sufrir en las frases. Su prosa es muy compleja. Pero es muy bueno también. Además, en lo fantástico es definitivo, porque logra crear un clima de ambigüedad en el que no sabes si te mueves en la realidad o la fantasía. Algo parecido a lo que hace E.T.A. Hoffmann en El hombre de arena.

¿Cuesta volcar la voz de un autor de un idioma a otro?

De eso se trata, ¿no? Para conseguir esa voz, ese timbre propio, tienes que lograr cierta familiaridad con el autor. Y en eso el lenguaje escrito funciona de manera distinta al oral. Tanto la forma como el contenido son determinantes: si usa frases largas o cortas, la entonación, la extensión de los párrafos, la manera de enfocar la narración, cómo te está dosificando la información…

¿Y cómo se traslada el ritmo del inglés al español?

Con mucha dificultad. Sudando. Hay frases que son muy complicadas, no por lo que dicen, que eso tú lo sabes, sino porque no hay manera de pasarlas al castellano respetando su, digamos, espíritu. Entonces tienes que darle vueltas, ponerlas del revés, hasta conseguir que expresen lo mismo que en el idioma original.

¿Cuál es su rutina cuando trabaja?

Ahora las horas que le dedico a la traducción son pocas, pero antes no tenía horario. Me pasaba la mañana y la tarde trabajando. Primero hago un borrador, casi sin consultar el diccionario. Luego hago otra lectura, ya desmenuzándolo todo mucho más detenidamente, para ir afianzando el texto. Y luego, vuelta a releer para ver cómo suena el conjunto. Es un procedimiento lento, en el que cuando el editor te dice: “A ver si lo tienes listo para dentro de tres meses” pasan esos tres meses y tú le tienes que decir: “Oye, déjame un mes más”.

Es usted un perfeccionista.

Más bien soy muy pesado y muy quisquilloso en esas cosas. Estoy siempre haciendo cambios, hasta el último momento. Y cuando ya has terminado tu labor y el libro sale publicado, entonces lo abres y descubres que esto o aquello debías haberlo corregido de otra manera y que se te ha pasado…

Entonces mejor no mirar, ¿no?

¡No! Es mejor mirar porque, si hay una nueva edición, tendrás la oportunidad de reparar el error.

Así que relee sus traducciones una vez publicadas.

No, no he releído muchas, la verdad, aunque tendría que hacerlo a ver cómo están. Estoy seguro de que cosas que traduje hace veinte años ahora las vería de otra manera, y no me quedaría más remedio que hacer cambios aquí y allí.

¿La traducción es una labor más emocional o artesanal, de ebanista como decía antes?

La traducción es una actividad intelectual, en la que uno debe tener una preparación, una serie de condiciones, unos conocimientos. Entonces, además de eso, se requiere una práctica en la lectura y la capacidad de captar lo que se está diciendo y la forma en que se está diciendo. En fin, no hacen falta cualidades muy especiales. Simplemente los conocimientos propios de la lengua y de lo que es la literatura.

En su época no había facultad de Traducción e Interpretación.

No la había, no. Aprendía uno por su cuenta. La formación, como la de los escritores, se da a base de leer, lo que pasa es que el traductor necesita una preparación más enciclopédica en el sentido de que hoy estás traduciendo filosofía, pero mañana estarás con ciencia ficción y al otro con historia. Por tanto se requiere conocer el léxico, las bases, el fundamento de aquello que estás tratando, porque, si no, estarás perdido. Por ejemplo, si traduces a un inglés y éste te pone “vino de Burgundy” tú tienes que saber que eso es Borgoña.

Hoy en día, con internet…

Internet se ha introducido de manera grande afortunadamente para los que están traduciendo ahora. Te da todas las facilidades posibles. Hay diccionarios online que son maravillosos. Ya no tienes que hacer una labor detectivesca para encontrar un término perdido por ahí, como me pasaba a mí con los autores más antiguos, que utilizan palabras caídas en desuso. Claro, si traduces a un contemporáneo, le preguntas por email y ya está. Pero los míos están todos muertos: Poe, Edith Wharton, Maturin… Si quisiera consultarles tendría que hacer sesiones de espiritismo…

¿Cuáles son sus principales instrumentos de trabajo?

Pues el único que he tenido siempre han sido los diccionarios. Yo el ordenador lo utilizo en un 80% como máquina de escribir. De hecho he escrito a máquina toda la vida. ¡Aquello era…! No podías pasar de los treinta folios diarios, porque acababas con un dolor de espalda tremendo. Y con el INRI de que si te equivocabas no te quedaba más remedio que quitar el folio y empezar de nuevo. Y al principio hacía las traducciones a mano. La de Los mitos de Cthulhu, por ejemplo. Y luego lo pasaba todo a máquina. Y una vez a máquina, lo leía, hacía correcciones y lo mecanografiaba entero otra vez. Eso sería impensable ahora. En definitiva, los instrumentos del traductor son el diccionario y lo que tenga uno dentro.

¿Hay algún diccionario al que le tenga especial fe?

Hay uno que me ha acompañado un montón de años. Es este (nos muestra un libro de cubiertas nuevas, pero de interior desgastadísimo y lleno de anotaciones). Ya lo he mandado a encuadernar cuatro veces. Lo he utilizado tanto que las páginas se deshacen. Ahora casi no lo uso, porque apenas me hace falta consultarlo.

Claro, con cuarenta y cinco años de oficio… ¿Ha tenido España históricamente buenos traductores?

Los hemos tenido muy buenos y muy malos. Pero el mal traductor es sobre todo de fabricación editorial. Porque hay editores que quieren que la traducción les salga barata y les importa un pito lo que el libro lleve dentro.

Alguna vez ha dicho usted que el terror atrae a los jóvenes. A sus 79 años, ¿le sigue interesando?

Me he alejado un poco. No lo sigo como en otros tiempos. Ahora estoy más bien centrado en la novela gótica y en sus derivaciones en el siglo XIX.

¿Tiene vigencia la novela gótica?

Hay que tener en cuenta que el gótico es un género que tuvo su momento, y ese momento terminó. Hubo un principio y un fin. Por tanto el interés por novelas como El monje o Los misterios de Udolfo, por esta literatura en general, es de tipo nostálgico. Es cierto que luego su estética, o su temática, han tenido una serie de derivaciones, y que ha ido evolucionando dando lugar a nuevas formas de narración, como el ghost story en la era victoriana. En el primer tercio del siglo XIX la novela gótica fue diluyendo sus fronteras, su cascarón, y se convirtió en otra cosa. Y a la vez se fue segmentando, especializándose en distintos escenarios y tramas. Se fusionó con la literatura realista, que entonces empezaba a imponerse. El escenario se vuelve más modesto. Más cercano al lector. Los castillos son sustituidos por casas. El fantasma ya no se pasea con sus cadenas por la mazmorra, sino que habita entornos cotidianos. En fin, la novela gótica va disolviéndose hasta convertirse en el cuento de fantasmas. Y sus derivaciones siguen hasta mucho más adelante. Por ejemplo, Lovecraft se considera a sí mismo gótico en ese sentido. Las ratas en las paredes es un cuento de lo más gótico que hay. ¿Qué ha pasado ahí? Que lo gótico se ha amalgamado con la ciencia ficción: aparecen ya entidades del mundo exterior, pero en el fondo los terrores son los de siempre. Lo que encontramos en los escenarios de Lovecraft son nuevas y monstruosas versiones de las mazmorras de toda la vida. En fin, quiero decir que lo gótico pervive, pero experimentando mutaciones.

Precisamente Frankenstein, una de sus traducciones predilectas, supone un punto y aparte en la novela gótica. ¿Cómo fue la experiencia de volcarla al castellano?

Gloriosa. De Frankenstein estoy enamorado. Es un libro al que todavía hoy sigo dándole vueltas. Posee una gran originalidad. Y remueve todos los conceptos de la etapa final gótica. Mary Shelley escribió la primera versión con dieciocho años. Su marido, P.B. Shelley, se entusiasmó con la idea y la animó a seguir. La novela se publicó, y cuando él murió ahogado en Italia y ella regresó a Londres, descubrió que era famosa. Todo el mundo había leído su libro. Unos se habían escandalizado, otros se habían entusiasmado, todos la comentaban. Y luego, ya en 1831, salió la edición revisada, que es la que conocemos hoy.

¿Por qué pervive Frankenstein?

Porque aborda problemas de todo tipo, en especial humanísticos: la vida, el sentido de la justicia. Y para ello se prescinde de la religión. A Mary Shelley una mayoría de críticos y escritores de ciencia ficción la han puesto en el altar, porque para muchos este género empieza con ella. Como si fuera la Virgen, pues igual. Yo no lo tengo tan claro, aunque es verdad que Frankenstein trata asuntos que luego han sido centrales en la ciencia ficción, como la reconstrucción de la vida. En el momento de su publicación, el tema es absolutamente original. Una bomba. Y creo que esa originalidad es lo que fascina al mundo. Pero, como digo, es además un libro que plantea un montón de cuestiones. Si empiezas a desmenuzarlo no dejas de asombrarte ni de hacerte preguntas.

Y todo eso viniendo de la novela gótica.

Sí, sí. Es una novela gótica, lo que pasa es que aquí se ha dejado a un lado la huerfanita desheredada, el tío usurpador, la maldición familiar, el héroe de cuna desconocida que resulta ser un noble y que viene a salvar a la chica. Todo eso desaparece en Frankenstein, pero sí están presentes el clima, la estética y una serie de elementos típicamente góticos.

La historia es más que conocida: Los Shelley, Byron y su secretario Polidori, de vacaciones cerca de Ginebra, deciden escribir cada uno una historia de terror a ver quién hace la más espeluznante. ¿Es exagerado decir que ese encuentro simboliza un cambio en la evolución del género?

También estuvo con ellos Matthew Lewis, el autor de El monje, aunque no propiamente en la reunión. En realidad lo único trascendente que salió de ese día fue Frankenstein. Polidori sí hizo El vampiro, pero Byron no terminó su relato, y P.B. Shelley se dedicó a ir en un barquito por ahí. Mary Shelley, por lo visto, estaba en un rincón escuchando, pero los otros la involucraron enseguida.

Vamos, que aquella velada ha sido mitificada.

Sí. Pero claro… la reunión no era pequeña, no. Estuvo allí la cumbre del segundo romanticismo inglés. El primero fue el de Wordsworth y Coleridge, que abren el movimiento. Ambos son geniales, sobre todo Wordsworth, que tiene una finura maravillosa y baladas líricas preciosas. Coleridge destaca más como crítico. De hecho, modernizó la crítica en ese momento. Pero también escribe cosas que están muy bien.

Siguiendo con sus traducciones clave, ¿qué tal fue con M.R. James?

Ah, estupendo. En su época había una costumbre muy bonita en Inglaterra que consistía en que, por navidad, la gente se regalaba cuentos de fantasmas que escribían ellos mismos. Se puso muy de moda. Y autores consagrados como Dickens publicaban siempre alguno en los periódicos por esas fechas. Entonces los relatos de M.R. James surgen un poco de ahí. Él era decano del Eton College. Y especialista en la Edad Media. Pero le gustaba escribir historias de miedo. Y en navidad las sacaba en la revista de la institución para entretener a sus alumnos. Luego salieron como libro y tuvieron un éxito tremendo.

¿Disfrutó más con él o con Algernon Blackwood?

M.R. James es una persona sumamente original, pero marca una distancia entre sí mismo y lo que está contando. Hay una especie de ironía, de sabor jovial… En Algernon Blackwood no. A mí Blackwood es el que más me gusta de todos. Estudia el asunto antes de escribirlo. Te adentra en el relato de manera progresiva. Levanta una atmósfera que a mí me fascina.

¿Y Dickens?

Mi experiencia con él es deliciosa. Me encantó traducir la Canción de navidad. Es un relato gracioso, entrañable. Se refleja exactamente la psicología de Dickens, una persona querida por cualquier lector. Es una literatura de buenos y malos. Que destila una ternura especial. Dickens es muy delicado en el tratamiento de las cosas, aunque también muy crítico con determinados aspectos de la vida social del Londres de su época.

Se le considera el gran autor del realismo inglés, pero sus cuentos de fantasmas son puro derroche de fantasía.

Sí, sí. Tiene, me parece que son, veintiún relatos fantásticos. Algunos, cumbre. Para mí no hay un cuento de fantasmas que supere El guardavía. Ese relato me deslumbró la primera vez que lo leí y cada vez que lo he vuelto a leer después.

¿Y qué tal es meterse en Poe?

¿Poe? Pues muy complicado. Yo le he traducido tres cosas: El relato de Arthur Gordon Pym, para Valdemar, El retrato oval, que me lo pidió Javier Marías para una antología, y justo ahora estoy con El hundimiento de la casa Usher, para Nórdica. Me gusta mucho cómo me está quedando, pero me está haciendo sudar tinta, porque es un autor que tiene una sintaxis complejísima. Y una forma de decir las cosas que no es nada sencilla. Hay frases suyas simplemente imposibles de trasladar al castellano, así que me toca darle mil vueltas a cada palabra y… en fin.

Así que el traductor no se retira.

Yo sí quiero retirarme. Con todo lo que he traducido, ¿qué hago yo traduciendo aún más? Pero me siguen llamando.

¿Aún disfruta con su trabajo?

Lo disfruto o lo sufro, no sé qué decirte. A mí realmente lo que me apetece ahora es divertirme con las traducciones que hacen otros. O con un texto original. Releer. Me encantaría releer la Eneida. Y las tragedias de los clásicos griegos. Y a Shakespeare. Recorrer de nuevo esos lugares que son como referencias en mi vida.

Y aun así se pone a traducir los cuatro tomos de un novelón gótico como Los albigenses, de Maturin.

Hace poco que la entregué, sí. Yo estaba decidido a dejarlo ahí, pero entonces me propusieron El hundimiento de la casa Usher y, como es una joya, pues me he puesto con ella.

¿Qué libro quiso traducir y no pudiste?

Los relatos de Daphne du Maurier, la autora de Rebeca y de Los pájaros, ambas adaptadas al cine por Hitchcock. A ella le gustaba mucho lo gótico. Escribió unos cuentos de fantasmas estupendos. En concreto tiene uno que me encantó que se titula No mires ahora. Cuando lo leí, me dije: “¡Cómo me gustaría traducirlo!”. Y al final se tradujo al español, sí, pero no fui yo.

¿Ha tenido la oportunidad de visitar los escenarios que tantas veces ha recreado en sus traducciones?

Inglaterra la conozco bien. Una vez recorrí toda Gran Bretaña haciendo camping. Y en 1963 fui durante dos meses profesor de español en Londres. Estuvimos a punto de quedarnos a vivir allí. También estuve en Providence, pero no la de Lovecraft, sino en una parte de Canadá que se llama así…

Debe de ser uno de los pocos traductores españoles a los que los lectores le piden dedicatorias.

Bah, la gente exagera. Durante mucho tiempo me negué a dedicar libros, porque pensaba que debía ser el autor original quien lo hiciese. Pero, claro, si es Mary Shelley, cómo vas a pedírselo…

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