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Nombrar

El mundo sin palabras se ensancha y se pone en modo alta definición; el mundo con palabras comprime toda esa información, la ordena y la llena de sentido.

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Nota de Gonzalo a Felisa.

Nota de Gonzalo a Felisa.

Cuando ponemos nombre a algo definimos ese algo y lo colocamos en un lugar concreto en el mundo. Las palabras nos ayudan a ordenar, a clasificar, lo que hay dentro y fuera de nosotros.  España, Europa, el pueblo de mis padres, el colegio, los amigos, mis apellidos, mis emociones. Los nombres hacen visibles a las personas y a las cosas. Guapo, feo, listo, tonto, rico, pobre, extranjero, inmigrante, universitario. Al mismo tiempo, cada cosa nombrada, al ser nombrada, es metida dentro de una jaula, la del lenguaje y el significado, que encasilla todo lo nombrado. Un lío.

Necesitamos el lenguaje y, al mismo tiempo, el lenguaje nos limita. Por eso es tan importante intentar ser precisos a la hora de elegir las palabras, por eso hay que ser cuidadosos cuando ponemos a alguien una etiqueta verbal, por eso hay que ver, en ocasiones, las cosas desprovistas de sus significados para luego, desde esa extrañeza que causa lo que no tiene nombre, buscar las palabras que definan esas cosas con más precisión. Es una reacción natural: cuando vemos algo que no tiene nombre buscamos en seguida una palabra con la que poder atrapar, dominar, lo que estamos viendo.

El lenguaje da un orden al mundo y nos coloca a nosotros dentro de ese mundo. Sería difícil de entender una vida en la que no existiesen las palabras. Pero las palabras también son un límite para la percepción. Ponen orden, sí, pero también comprimen lo que vemos. Es difícil ver en una mesa algo más que una mesa. Y lo mismo nos ocurre con la planta, con el perro, con la puerta. También con la madre, el padre, los hijos, los amantes, los vecinos. Cuando conseguimos ver un objeto familiar o un paisaje cotidiano o a un amigo despojados de sus nombres lo que nos invade es la extrañeza y la sorpresa. La eterna novedad del mundo de la que hablaba Pessoa, la mirada del niño que estrena con sus ojos lo que ve. El mundo sin palabras se ensancha y se pone en modo alta definición, el mundo con palabras comprime toda esa información, la ordena y la llena de sentido.

Al niño que se le dice muchas veces que es tonto o que es un desastre o que es gordo o que es el rey del mundo o un payaso o un triste se le encasilla a través del lenguaje. Se puede salir de esas etiquetas, sí, pero requiere un esfuerzo y no siempre se consigue y a veces se arrastran durante toda la vida. Es complicado, para bien o para mal, quitarnos de encima los nombres que otros han colocado sobre nosotros. Elegir bien las palabras es una responsabilidad porque al nombrar atribuimos significados y cualidades, clasificamos y ordenamos. Por eso los insultos son tan dañinos. Por eso es tan importante enseñar a los niños la importancia de nombrar. No digo que no haya que insultar, todos lo hacemos alguna vez y a veces es necesario decirle a alguien que es gilipollas, sólo digo que pensemos bien en el daño que se causa cuando se insulta y que a partir de ahí insultemos siendo conscientes de las consecuencias.

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