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¿Hacia dónde va el sistema financiero europeo?

Hasta hace poco los bancos españoles sacaban pecho explicando cómo su cuenta de resultados se sostenía gracias a los beneficios obtenidos en el exterior. Ahora están empezando a ver las orejas al lobo, sin que su situación en España tenga visos de mejorar

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EFE

Un sistema financiero más débil de lo que se dice

"La banca española supera los test de estrés" ha sido el titular más frecuente en los medios de comunicación económicos españoles este mes de agosto. Respecto al sistema financiero europeo, el enfoque mediático ha sido algo menos condescendiente. Más o menos la idea ha sido que la banca europea tiene capital suficiente para afrontar un escenario de crisis económica ya que se ha recapitalizado en los últimos años. Parece que la consigna era no alarmar al ciudadano. El temor de que la economía europea pueda no tener capacidad para soportar una nueva crisis del sistema bancario era demasiado fuerte. La realidad sin embargo no parece complaciente.

La Unión Bancaria

El G 20 y el Foro de Estabilidad Financiera (FSB, Financial Stability Board por sus siglas en inglés) promovieron en 2009 -recuérdese que estábamos en plena vorágine de quiebras, crisis bancarias y nacionalizaciones como las de Lehman Brothers, Northern Rock, Fortis, Lloyds Bank y muchísimas más-  una iniciativa denominada Basilea III cuyo objetivo era reducir el riesgo de crisis bancarias y conseguir entidades financieras más sólidas, capaces de resistir los impactos de dificultades externas. Como puede imaginarse hubo antes un Basilea II y un Basilea I, confirmando una vez más que los asuntos importantes no nacen nunca espontáneamente. Basilea III, en el marco del Banco Internacional de Pagos, un banco de bancos centrales, tenía como objetivo fortalecer el capital de los bancos para que estos dispusieran de recursos suficientes para hacer frente a potenciales perdidas si las hubiera.

La UE puso en marcha los principios de Basilea III mediante una directiva y un reglamento, ambos de junio de 2013, y al mismo tiempo -una vez comprobado que impulsar una moneda común sin una política financiera común era una tarea condenada al fracaso- puso en marcha la Unión Bancaria.

El Reglamento, al que hacíamos alusión, establece unos requisitos mínimos de capital, liquidez y riesgo de crédito para las empresas de inversión y entidades de crédito. De este modo, se pretende garantizar la solvencia de las entidades financieras estableciendo unos coeficientes de capital (fondos propios) entre activos ponderados por su riesgo. Esto significa que cuanto más arriesgados son los activos, más capital tendrá que reservar el banco.

La Directiva, a la que también hacíamos alusión, establece las normas sobre colchones de capital y fija además criterios de remuneración de los banqueros, supervisión prudencial y gobierno corporativo. Además de un requisito obligatorio del 4,5 % del capital de máxima calidad establecido en el Reglamento citado, todos los bancos deben mantener un colchón de conservación del capital y un colchón de capital anticíclico para garantizar que acumulen una base de capital suficiente en épocas de prosperidad que les permita absorber las pérdidas en caso de crisis.

Sobre esta arquitectura legislativa se puso en marcha la Unión Bancaria que se sustenta en dos pilares básicos.

El pilar I tiene que ver con el Mecanismo Único de Supervisión (MUS) que asigna la función de supervisor bancario directo al Banco Central Europeo (BCE) con el objeto de garantizar que los mayores bancos europeos estén sometidos a una supervisión independiente y con normas comunes. El resto de bancos estarán supervisados por los bancos centrales nacionales bajo el seguimiento del BCE.

El pilar II se relaciona con el Mecanismo Único de Regulación (MUR). Este segundo elemento tiene por objeto garantizar que una situación de quiebra bancaria puede resolverse de una manera ordenada con costes mínimos para los contribuyentes. Esta voluntad de querer ahorrar a los contribuyentes los costes de las crisis bancarias ha exigido establecer una nueva Directiva sobre reestructuración y resolución bancarias conforme a la cual se ha establecido el principio denominado “bail in”, según el cual son los accionistas y los acreedores quienes deben soportar inicialmente el coste de una crisis bancaria y solo en muy última instancia los contribuyentes debieran hacerse cargo de la misma.

¿Por qué fallan los test de estrés?

Recientemente - en agosto, viernes, a las 10 de la noche, con el cierre semanal de las bolsas- es decir con alevosía y premeditación, se han anunciado los resultados de unos nuevos test de estrés sobre los principales bancos europeos. Al principio todo parecía parabienes. La banca europea tenía capital suficiente para afrontar el peor de los escenarios. Según este test, solo el Monte dei Paschi de Siena, el banco más antiguo de Europa, y el Allied Irish Bank tenían problemas.

Los resultados del primer semestre del ejercicio 2016 presentados por la banca europea, incluida la española, han sido francamente malos. Mucho peores de los esperados. Y las perspectivas no son mejores

La alegría sin embargo duró poco. La realidad de la banca europea es bien distinta. En Italia, además del Monte del Paschi y el Unicredit, el resto de la banca pequeña y mediana tiene una situación precaria (Banca Popolare dell'Emilia Romagna, la Banca Popolare di Milano y el Banco Popolare). En Alemania, el Commerbank y el Deustche Bank tienen dificultades endémicas. En España, el Banco Popular ha tenido que recurrir a una ampliación de capital que no parece que va a resolver todos sus problemas. La banca francesa no parece tampoco muy boyante. Y para colmo, el test de estrés no ha analizado ni la banca portuguesa, ni la banca griega. Surgen entonces tres preguntas: ¿Porque los test de estrés no identifican bien los problemas del sistema financiero europeo? ¿Todo este andamiaje que se está montando va a servir para frenar la que puede avecinarse? ¿Qué se puede hacer? Intentemos contestarlas.

Por muy variadas razones no parece que los test de estrés estén dando los resultados esperados. Después de los test de 2010, se produjo la crisis de la banca irlandesa. Después de los test de 2011, el gobierno español tuvo que recurrir a un crédito (rescate) de 41.000 millones de euros. En 2014, alguien se tenía que haber preocupado cuando 25 entidades de las 130 analizadas mostraron un déficit de capital. Los resultados de los test de estrés de 2016 no han convencido a los mercados. Da la impresión que el escenario más adverso no ha recogido todos los problemas que arrastra la economía europea (el Brexit por ejemplo). Los test no han recogido tampoco el impacto de los tipos de interés negativos sobre la cuenta de resultados de la banca, ni han medido bien su nivel de concentración de riesgo que parece excesivo. Las entidades financieras no están consiguiendo mantener sus márgenes de intermediación porque tanto las familias como las empresas todavía no han dado por finalizado su proceso de desendeudamiento. Además, hay dudas -que afectan muy específicamente al sistema financiero español- sobre la consideración como recursos propios de cosas que no debieran serlo, como los activos fiscales diferidos. La puntilla final a la credibilidad de los test de estrés es que el Deutsche Bank parece que ha recibido un trato de favor al incluir en sus cálculos ingresos por ventas de activos que aún no estaban contabilizados en su balance.

¿Hacia dónde va el sistema financiero europeo?

Los resultados del primer semestre del  ejercicio 2016 presentados por la banca europea, incluida la española, han sido francamente malos. Mucho peores de los esperados. Y las perspectivas no son mejores. Los bancos europeos parecen abocados al cierre de sucursales (sobre todo en el caso español), reducción de costes de personal (despidos o salidas pactadas) y ampliar sus ingresos mediante cobro de comisiones (hasta donde sea posible). Y como todo esto será insuficiente parece irreversible que asistamos a un nuevo proceso de fusiones bancarias, probablemente esta vez ya no sólo en el ámbito nacional, con el riesgo que creemos bancos más grandes con los mismos (o mayores) problemas que antes.

Mientras tanto, la normativa que se está poniendo en marcha en materia de coeficientes mínimos de capital, aunque muy exigente para los bancos, sigue siendo más necesaria que nunca. Los beneficios de un sistema bancario capitalizado compensan las dificultades que para cumplirlos pueden tener momentáneamente las entidades afectadas. Parece por otro lado bastante razonable pensar, y esta es la lógica de todo el proyecto, que cuantos más riesgos asuma una entidad, mayores deben ser sus requerimientos específicos de capital.

También la supervisión es más necesaria que nunca. Según todos los expertos, una supervisión fuerte es más importante incluso que la propia regulación. Una supervisión dirigida por autoridades independientes y mejor cuanto más alejadas estén del poder político. Tenemos muy reciente la noticia de que el Banco de España ocultó a los ciudadanos la situación de Bankia antes de su salida a bolsa en aras de no se sabe qué intereses generales. En este campo, parece que la máxima responsable del MUS, Danièle Nouy, ha demostrado autoridad suficiente como para poner firmes a los máximos responsables de los bancos españoles y leerles la cartilla, como se puso en evidencia con la llamada a capítulo del pasado mes de mayo.

Respecto a la directiva de reestructuración, a la que antes aludíamos, sería un fracaso sin paliativos si recién aprobada ya se hace la primera excepción con la banca italiana. Y no digamos con la alemana.

El modelo bancario del futuro

Los problemas se amontonan. La normativa que se está poniendo en marcha requiere un tiempo para su implantación y tiene un carácter preventivo, pero no puede esquivar los problemas presentes. A mi modo de ver, la solución está en el modelo de negocio. Él citado MUS ha establecido una metodología muy completa para evaluar anualmente a las entidades de crédito, denominada Proceso de Revisión y Evaluación Supervisora (PRES por sus siglas en castellano, SREP en inglés). Es una metodología dividida en cuatro bloques, el primero de los cuales hace referencia precisamente al modelo de negocio. La clave del sistema está en que cada entidad defina con claridad cuál es su modelo de negocio y adapte su estrategia al mismo. Y no es una tarea fácil. Habrá que tener mucha claridad en lo que se busca. Pongamos algunos ejemplos ciñéndonos al sistema español.

¿Queremos mantener la red de oficinas? Para muchos analistas la red española es demasiado grande y costosa. Para otros, entre los que me encuentro, es precisamente una de sus fortalezas sobre las que se debe asentar la estrategia de futuro, al menos sí se quiere estar en el mercado minorista, incluso con el advenimiento de la banca digital. Los jóvenes, es verdad, pisan menos las sucursales bancarias pero también necesitan asesoramiento personalizado.

Respecto a la banca digital, ¿cómo va a afectar a la cuenta de resultados de los bancos la aparición de las fintechs? ¿cuál es la posición que se debe adoptar respecto a las mismas? ¿Colaborar o competir? Mi opinión es que la banca tiene medios más que suficientes para neutralizar el impacto de estas nuevas entidades.

Otra pregunta más, ¿qué hacemos con la estrategia de internacionalización? Hasta hace poco los bancos españoles sacaban pecho explicando cómo su cuenta de resultados se sostenía gracias a los beneficios obtenidos en el exterior. Ahora están empezando a ver las orejas al lobo, sin que su situación en España tenga visos de mejorar y compensar las pérdidas en el exterior. Países como Brasil, Reino Unido, México o Turquía ya no parecen la panacea de todas las soluciones. Ninguno de ellos precisamente son balsas de aceite. ¿Nos habremos precipitado? Mi opinión es que se tomaron en su momento decisiones demasiado a la ligera y de gran riesgo y que ahora se van a pagar.  No siempre es posible clonar el modelo de negocio nacional en un mercado exterior. Lo que si debiera hacer la banca española es seguir a la empresa española en su estrategia de internacionalización.

En definitiva, el sistema financiero español (y europeo) está en una encrucijada y por el bien de la economía española (y europea) nos conviene que acierte en su proceso de toma de decisiones. Aquí van algunos consejos. No nos pongamos vendas en los ojos y afrontemos directa y rápidamente los problemas. Otro. No dejemos que se produzcan efectos contagio. Tercero, recuperar - si alguna vez la tuvieron- la credibilidad reputacional de los bancos después de tanto escándalo. No debiera ser difícil. La receta es conocida: enfoque estratégico claro, transparencia y honestidad en la gestión y compromiso con los clientes, los trabajadores y los accionistas. Por último, confiemos y proporcionemos empoderamiento a unas entidades de regulación y supervisión fuertes e independientes tanto en el ámbito nacional como europeo.

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