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Comparaciones odiosas (segunda parte)

La cobertura de algunos medios tanto al caso de Juana Rivas como a la reacción de la comunidad musulmana ante los atentados de Barcelona muestra la necesidad de seguir trabajando por un periodismo antipatriarcal y antirracista

Frente al contraproducente recurso de afirmar que unas discriminaciones están más toleradas que otras, urge una mirada interseccional que entienda la relación entre los sistemas de opresión y los discursos del odio

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Míriam Hatibi durante la entrevista en el programa de La Mañana de TVE

Míriam Hatibi durante la entrevista racista en el programa de La Mañana de TVE

Hace tres años, en julio de 2014, leí en este medio el siguiente titular: "Con los delitos de odio y discriminación no hay la conmoción social que hay con el machismo”. Reaccioné dedicando un artículo titulado ‘ Comparaciones odiosas’, en el que consideraba estéril y contraproducente discutir si unas formas de discriminación siguen más arraigadas y toleradas que otras (además de recordar que las agresiones machistas son delitos de odio). Señalaba que también había escuchado afirmaciones en el otro sentido, igualmente desafortunadas, como que “si 70 inmigrantes o 70 gays fueran asesinados cada año por el hecho de serlo, esa violencia sería tratada como un asunto de Estado”. Este verano he escuchado en repetidas ocasiones, incluso en Pikara, el argumento de que las expresiones de misoginia gozan de mayor impunidad que las de xenofobia.

Así que ese artículo que escribí hace tres años sigue vigente, aunque hoy matizaría una afirmación: decía que lo que causa conmoción social es, en todo caso, sólo el feminicidio, mientras que otras formas de violencia siguen estando normalizadas. En 2017 hemos de reconocer algunos tímidos avances (porque no reconocerlos supone no reconocer los logros del movimiento feminista y de las comunicadoras feministas).

Fue precisamente en 2014 cuando arrancó en este medio el blog Micromachismos, que se sumó a otros tantos esfuerzos por romper con la normalización de las violencias, acosos y discriminaciones cotidianas que las mujeres veníamos enfrentando en muchos casos con resignación, en silencio e incluso sintiéndonos culpables. Fue solo un año antes cuando el acoso machista en los Sanfermines entró en la agenda de los medios y, después, la violencia sexual en fiestas. Desde entonces, medios como RTVE o La Sexta han dedicado sendos documentales en prime-time a explicar a la ciudadanía cuáles son esas formas de violencia machista presentes en nuestro día a día sobre los que hay que poner el foco, a fin de romper con el relato de que la violencia machista es sólo aquella que afecta a un grupo de mujeres maltratadas, ejercida por un grupo de hombres maltratadores, y que nada tienen que ver con nuestras vidas.

Desde 2014 también se ha intensificado el trabajo de reflexión sobre cómo informar acerca de las violencias machistas en los medios. Emakunde, el Instituto Vasco de la Mujer, ha impulsado un proceso implicando a profesionales de los medios y de la agencias de publicidad, que se ha materializado en un código deontológico y de autorregulación para la publicidad y la comunicación no sexista pero que, más allá de ese documento, ha supuesto un ejercicio de reflexión colectiva sostenida en el tiempo. Hay más ejemplos:  La Marea se ha destacado como un medio que promueve este tipo de espacios contando con investigadoras de referencia, y en el último Congreso de Periodismo Digital de Huesca también se dedicó un panel a este tema.

Coincido con Ana Requena Aguilar en que el tratamiento de los medios al caso de Juana Rivas ha sido lamentable cuando los periodistas han renunciado a consultar y legitimar a fuentes expertas y a explicar cómo los maltratadores usan a los hijos para seguir ejerciendo violencia sobre las mujeres. Además, son los medios con mayores audiencias quienes siguen empeñándose en reproducir acrítica o complacientemente el relato de los agresores o de su entorno, en destacar que el vecindario los consideraba una pareja feliz o en sembrar sospechas sobre la víctima.

Por tanto, seguir exigiendo una información responsable y de calidad, elaborada por periodistas con formación y compromiso contra la violencia machista, sigue siendo imprescindible. Como bien dice Requena Aguilar, “no hay fórmulas magistrales ni perfectas, pero sí hay un conocimiento acumulado que merece respeto y mucha más atención por parte de la profesión y que, casualmente, han generado, sobre todo, mujeres”.

¿Pero qué ocurre con otras violencias derivadas de sistemas de discriminación? El pasado julio, un vecino de Salou fue asesinado a plena luz del día. En el tratamiento informativo a esta noticia, se repitieron todas las malas prácticas que criticamos en el caso de los asesinatos machistas, mas otras específicas. Analicemos  la noticia publicada en La Vanguardia a partir de un teletipo de agencias:

  • “Muere un hombre” en vez de “Cuatro hombres asesinan a un vecino de Salou”
  • Dar voz al vecindario, que repite el tópico de que la víctima era “una persona tranquila y educada”.
  • Sembrar sospechas sobre la víctima. Justo después de decir que era una persona tranquila y educada, la agencia de noticia se apresura a añadir: “Sin embargo, según otras fuentes, se dedicaría al trapicheo de drogas y tendría antecedentes por tráfico de estupefacientes”. No ve necesidad de aclarar qué fuentes fiables son esas. Si la víctima trapicheaba con drogas, pues no hay más que indagar ni que explicar, ¿verdad? Él se lo buscó.
  • Definir la noticia como un “suceso”. Cuatro hombres blancos pegan una paliza mortal a un hombre negro y en ningún momento se cita la posibilidad de que se trate de un crimen de odio.
  • Es curioso que en la misma noticia en la que se contará que la víctima llevaba 10 años viviendo en Salou, con su familia, se le cite insistentemente como “un ciudadano senegalés” o “un hombre de nacionalidad senegalesa”. ¿Por qué se considera más importante el dato de la nacionalidad que el del lugar de residencia, donde está empadronado, donde trabaja y hace su vida? Pero, más aún, en las noticias que he consultado se da más peso a la nacionalidad de la víctima que a la de los agresores. En realidad, lo de la nacionalidad es de traca. “Las imágenes grabadas por las cámaras de vigilancia de la zona han sido claves para detener a uno de los cuatro agresores -jóvenes y de nacionalidad española, según los testigos-“. ¿Los testigos son capaces de adivinar la nacionalidad de los agresores con sólo mirarles? No, lo que quiere decir “nacionalidad española” es que eran blancos. Pero decir que cuatro blancos matan a golpes a un negro quedaría menos aséptico.

La cobertura de los atentados de Barcelona también nos ha dejado ejemplos del racismo en el tratamiento de los medios de comunicación, como presentadoras que preguntan a una activista antirracista nacida en Barcelona si se siente integrada en nuestra sociedad y tertulianos que le piden cuentas sobre por qué no se pueden instalar iglesias en el país de origen de sus padres. La entrevistada es Miriam Hatibi, que en otros medios ha criticado la falta de presencia de mujeres inmigrante e hijas de inmigrantes en la prensa. Reproduzco un fragmento de la entrevista en Critic:

Des de l’atemptat, no sé amb quants mitjans dec haver parlat. Per tots ells, seré la dona del vel que va parlar de terrorisme. Res més. I, quan hi hagi un altre tema d’actualitat, no se’n recordaran de mi. I per mi no em fa res, però que recordin que també existeixen musulmans en aquest país. Quan passa una cosa així, tots els periodistes volen parlar amb nosaltres, però després, quan, per exemple, es parla de feminisme, ningú té en compte feminismes que no siguin hegemònics. Quan es parla de joventut, ningú ens pregunta a nosaltres sobre les dificultats que tenim tots a l’hora de buscar habitatge, per exemple. En això hi ha racisme, que no és visible i que no està fet amb maldat, però hi ha també molta ignorància. La televisió no mostra la diversitat de Catalunya, i es nota moltíssim en les sèries de ficció. A ‘Merlí’ van fer cagades monumentals, per exemple. I llavors el que passa és que els joves musulmans i els fills d’immigrants no s’hi veuen representats. Ara el que hi estem veient és la musulmana que parla del vel i el musulmà que, o parla de terrorisme, o és un actor que representa un terrorista. Som humans, ens guiem pel que veiem, i, si una cosa no la veiem, és com si no existís.

Entrevistada en Catalunya Plural, Hatibi recordaba que calificar esta violencia como yihadismo "da la razón al terrorista que cree que lo que ha hecho es la yihad, que es un esfuerzo religioso para ser mejor musulmán". La comunidad musulmana ha explicado una y otra vez que supone corromper un concepto tan preciado como la “yihad” y, por tanto, legitimar el relato de la guerra de civilizaciones que gusta tanto al DAESH (por cierto, sobre la duda de si llamarlo Estado Islámico, DAESH o ISIS) como a la caverna mediática de la derecha católica española. Sin embargo, por ahora no he visto voluntad en los medios para revisar la terminología a fin de no alimentar la islamofobia.

Ahora seré yo la que incurra en las comparaciones odiosas que tanto detesto, pero mi percepción es que  la formación de la profesión periodística para identificar y combatir tanto el racismo institucional como el social es un terreno más inexplorado que el del periodismo con enfoque de género. Organizaciones como CEAR o SOS Racismo llevan años haciendo un trabajo importante, pero que aún no ha sido respaldado ni con impulsos institucionales ni con procesos de autorregulación de los medios.

No hay que olvidar además, como insistía en ese artículo en 2014, que las diferentes formas de discriminación y opresión se encuentran entrelazadas. L a islamofobia de género es una realidad a la que deberían prestar atención tanto los procesos de formación y reflexión sobre periodismo con perspectiva de género como los dedicados a la xenofobia y el racismo en los medios. Una mirada interseccional es la única garantía para que los esfuerzos por un periodismo antirracista no sean androcéntricos y para que los esfuerzos por un periodismo feminista no sean etnocéntricos. 

Un último apunte. Decía yo en ese artículo que “cuando nos volcamos en luchar contra una forma de discriminación y opresión determinada (ya sea el machismo, la homofobia, el racismo, el capacitismo, etc.), chocamos con la indiferencia y la impunidad, y podemos caer en la tentación de pensar que eso es especialmente sangrante respecto a la "parcelita" de injusticia que nos ocupa”. En los últimos años, varios medios de comunicación se han hecho eco del acoso que han sufrido muchas feministas en las redes sociales, el llamado ‘machitroleo’. Es uno de esos contextos en los que he escuchado a feministas decir que esa violencia no se permitiría si estuviera dirigida a otro grupo de personas. Creo que cambiarían de opinión si siguieran en las redes sociales a tuiteras racializadas como Desirée Bela-Lobedde, Wa safe baraka o Moha Gerehou. Por cierto, el acoso que viven las dos primeras, en tanto que mujeres, es al mismo tiempo racista y machista. Como explicaba Rocío Medina Martín en La Marea, quienes criminalizan a Juana Rivas y a la comunidad musulmana son la misma gente: los representantes del  neomachismo supremacista blanco.

No me canso de recordar estas palabras de Brigitte Vasallo que, por cierto, conoce en sus propias carnes lo virulento que es el acoso machista cuando se dirige hacia activistas antirracistas:

“Nuestros ejes de reivindicación no pueden ser burbujas aislantes que nos inmunicen y nos dividan. Que nos vuelvan indiferentes a todo lo que no sea la primera persona, el puro egocentrismo también infectando las luchas. (...) Nuestras luchas particulares, por lo tanto, son los trampolines que nos permitan entender todas las luchas, articularnos en todas estas urgencias desde el conocimiento propio, situado, desde la propia rabia y el propio dolor. Generar las “prácticas políticas despatriarcalizadoras” que propone María Galindo refiere a eso. Si nuestra lucha concreta, sea la que sea, no nos ha servido para sentir como propias todas las luchas y todas las violencias, ¿de qué nos sirve?”

Rompamos las burbujas si queremos hacer pedagogía social sin tirarnos piedras sobre nuestros tejados. Podemos empezar por revisar si la gente que seguimos en nuestras redes sociales conocemos realidades como ésta:

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