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Madres aspiradoras, madres trabajadoras

Alcampo dedicó un pasillo al Día de la Madre para promocionar electrodomésticos

Los debates sobre conciliación, corresponsabilidad y la crianza con apego tienden a la polarización y el desencuentro

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El pasillo que Alcampo dedicó al Día de la Madre

El pasillo que Alcampo dedicó al Día de la Madre

Hace unos días el Hipermercado Alcampo decidía dedicar un pasillo en una de sus grandes superficies para fomentar el consumo de productos alrededor del Día de la Madre. Aspiradoras, microondas, eran los regalos que se consideraban ideales para cualquier madre.

Asombra y hasta maravilla que en pleno 2016, aunque Alcampo asumiera su responsabilidad, cuando los modelos de maternidad se han diversificado, se siga identificando a la madre con el cuidado y con el espacio doméstico, que nos recuerda a un modelo muy caduco de mujer, la  mater amantísima cuyo único destino posible era la maternidad y el matrimonio (cristiano) que creíamos ya superado.

Todos los regalos están relacionados con el trabajo doméstico y reproductivo. Con ese trabajo de intendencia doméstica, crianza infantil y cuidado de personas dependientes que es un trabajo invisible, no reconocido, no remunerado y que las mujeres, madres y no madres le hacemos gratis al capitalismo desde hace siglos.

La acción de Alcampo, que seguro no es la única, sigue incidiendo e insistiendo en un orden simbólico en el que la maternidad no sale de los preceptos patriarcales y se apela a un imaginario materno que poco tiene que ver con la realidad. Porque madre no hay más que una ( y eso tampoco tiene por qué ser verdad), pero formas de ser madre y de vivir la maternidad hay muchas.

El eterno (y mal enfocado) debate entre madre cuidadora versus madre trabajadora

Ante las nuevas realidades y las nuevas formas de vivir la maternidad es los últimos meses, especialmente a partir de que Carolina Bescansa fuera con su bebé al Congreso de los y las Diputadas, se avivó el debate feminista sobre la maternidad. A algunas feministas les perecía una aberración ver a Bescansa sacar la teta en el hemiciclo. Se preguntaban por el marido (pensar que hace falta un marido para ser madre es reaccionario), consideraban un error y horror llevar al bebé al lugar de trabajo y afirmaban tajantes que la crianza natural y el apego supone un retroceso de décadas en las luchas por los derechos laborales de las mujeres.

Toda una serie de argumentos que juzgaban la decisión de una mujer con una dimensión pública que desde una posición muy privilegiada –si cualquier otra mujer lleva su bebé al trabajo es un problema y no una noticia- visibilizaba un tipo de crianza que muchas condenan y otras alaban.

Las defensoras, no tanto de la decisión de Bescansa, ya que muchas consideraban que el Congreso no era el lugar adecuado para su criatura, sino de la crianza natural con apego anteponen la maternidad al trabajo remunerado en el espacio público y abogan por cambiar las reglas del juego de un mercado laboral que consideran excesivamente exigente y no apto para compaginar con la crianza.

La corriente feminista, que bebe del feminismo de la igualdad y que toma al hombre como medida y referente, cree que las mujeres debemos incorporarnos al mercado laboral en cuanto podamos y seguir luchando bajo unas reglas del juego impuestas por los hombres que nunca tienen en cuenta el trabajo reproductivo. Se trata de incorporarse al trabajo, si es que lo tienes, como si no tuvieras hijxs y de amoldar tu vida a una realidad muy difícil de cambiar. Si te encuentras en esta situación entras en un sinfín de procesos subjetivos muy difíciles de medir: la responsabilidad de demostrar que a pesar de haber sido madre sigues siendo la misma (o mejor) trabajadora, la culpa de no rendir en el trabajo lo mismo (si duermes menos, te tienes que sacar leche con una máquina sin duda rindes diferente) o la culpa de dejar a tu bebé a cargo de una persona que no eres tú. Vives con la sensación constante de que no estar a pleno rendimiento en ninguno de los universos. Porque se trata de dos universos irreconciliables que no confluyen.

La corriente que defiende un nuevo tipo de maternidades basadas en el apego obvia la necesidad que tienen muchas mujeres de trabajar para subsistir o de trabajar para intentar labrarse una carrera profesional, algo que exige su esfuerzo. También obvia lo que puede suponer un parón profesional de meses en el trabajo de una mujer por mucho que existan leyes que supone que garantizan los derechos laborales. Muchas madres viven con horror y angustia acogerse a excedencias o a reducciones de jornadas porque saben que pueden ser degradadas profesionalmente.

Por lo tanto, una parte de los feminismos analizan la maternidad únicamente como construcción social, política, cultural y económica dejando de lado todo el tema afectivo, el vínculo madre criatura (algo maravilloso y cruel a partes iguales) mientras que la otra parte se centra en el vínculo y lo prioriza dejando de lado el resto.

Las madres, con marido, sin marido, con padre, sin padre, nos vemos inmersas en muchas contradicciones y angustias que pocas veces se incluyen estos debates que se plantean en términos muy maniqueos y que se olvidan a menudo de la interseccionalidad. Es necesario llegar a puntos y lugares comunes de encuentro que tengan en cuenta las diferentes realidades de las madres, y que planteen cuestiones que vayan más allá de teta sí, teta no, trabajo sí, trabajo no, que superen la dicotomía de madre cuidadora y/o madre trabajadora.

Hay que luchar por conseguir que los cuidados se reconozcan como el trabajo que son, hay que hablar de la economía del cuidado, revisar el mito de la superwoman, esa mujer madre y trabajadora que puede con todo, y dejar la conciliación a un lado – muchas veces sólo conciliamos nosotras- y hablar de corresponsabilidad. Y sobre todo analizar la maternidad desde los factores que la conforman sin olvidar su dimensión emocional para acabar con la exigencia de los modelos.

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