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Con bikini o en tetas ¡y a lo loco!

­Las teorías feministas que tan bien conocemos no siempre nos salvan de la presión del patriarcado, que se agudiza en verano

­En el fondo, casi todas estamos marcadas por un ideal de belleza que sabemos imposible, pero que nos condiciona inevitablemente

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Ilustración cedida por Rocío Salazar. Blog: rociosalgar.blogspot.com

Ilustración cedida por Rocío Salazar. Facebook: https://es-es.facebook.com/rociosalazarilustradora

Llega el verano y con él, la calor, la piscina, la playa, el pantano, el campo, las barbacoas y un sinfín de lugares a los que es difícil asistir tapada. Tú no eres como Bea, la de ‘Verano azul’, a la que cuando le baja la regla casi le ponen un oriller de cuello vuelto para estar en la playa. No, tú eres feminista, nada te va a parar, eres consciente de que el feminismo te pudo joder la vida, pero lo has llegado a superar. Y lo tienes muy claro. Y vives los feminismos más allá de la teoría. Tú vives los feminismos en tus carnes morenas, asumes tus contradicciones y llega esa tarde de pantano con las de la clase de tu hija y estás tan mega orgullosa de tu cuerpo, que te vas a calzar tu bikini y en ningún momento te vas a acordar de tus estrías, tus cartucheras, tus ingles sin depilar, tu tripota o tus tetas caídas. ¿En serio?

Los ejemplos pueden ser múltiples y diversos, pero por mucho que tengas interiorizada la teoría e intentes vivir en consecuencia, ese primer día en el que decides enfundarte el bikini es jodido. Y decides optar por el bikini, porque a pesar de las cartucheras, las estrías, la tripota o las tetas caídas, enfundarte un bañador faja te haría sentirte peor. Es una cuestión de principios, no te vas a sentir bien con el bañador –nunca te lo has puesto, le cuesta secarse más que hacer la digestión, y en el fondo es incómodo­ y optas por el bikini. Y ahí te ves, tapándote incómoda con los brazos lugares estratégicos de tu cuerpo pero diciéndote a ti misma: “Joder, estoy orgullosa de mi cuerpo”. Pero realmente no lo estás del todo.

Y no lo estás porque te vienen todos esos pensamientos/diálogos a la cabeza: “Tenías que haber ido todo el invierno a la piscina cubierta; estiliza y es genial para tú espalda, puta vaga”; “Jo, es que en invierno hace mucho frío y no es plan de meterte a la piscina cubierta cuando la temperatura ambiente es de bajo cero”; “Las estrías son los tatuajes de la vida”; “¡Y una mierda! tus tatuajes molan, pero las estrías son lo que son y no molan”. Y de pronto, te sientes culpable de todos los bocatas con mayonesa que te encajas durante todo el año porque tú lo vales y porque tu trabajo te genera mucho estrés y de todas las cervezas que te bebes porque te sientan de maravilla y te preguntas por qué coño no habrás hecho unos abdominales, de esos que da igual que estés a bajo cero porque los puedes hacer en tu casa.

Y todo esto mientras intentas ir erguida y orgullosa con tu bikini y sonreír. Y eso que ya has asumido que en la piscina –es el medio natural del verano, la barbacoa del pantano sólo dura una tarde, eterna, pero una tarde- ocupas la zona de las madres y no precisamente la de las madres jóvenes que tiene las estrías y las tetas caídas pero no como tú, porque tú ya eres una cuarentañera que ha pasado de esa fase de madre joven y tu cuerpo ya sufre otros estragos.

Toda esta realidad, difícil de asumir, supone que en el fondo casi todas estamos marcadas por un ideal de belleza que sabemos imposible, pero que nos condiciona inevitablemente. Puede adquirir dimensiones trágicas cuando optas por hacer topp less en la playa. El primer obstáculo que debes sortear es hacerte con un bikini de tu talla. Porque puedes mantener un tallaje 38­40 de braga, pero necesitas una 110 de sujetador o viceversa.

El tema deviene complejo por no decir imposible. Le dices a la mercera (si tienes la suerte de tener una mercería en tu barrio, que las merceras son un amor y entienden y se implican en cada caso como auténticas guerreras) tu casuística y te dice que está jodida la cosa pero que lo vamos a intentar. Y tras tres horas de probador sales exhausta, pero contenta con ese bikini imposible que ¡milagro! te cabe, aunque en tu fuero interno sepas que en algún momento una teta se te sale sí o sí, cuando no se te suelta la parte de arriba así sin más. Pero en el fondo lo ignoras.

Y te vas a la playa y te quitas esa parte de arriba que tanto tiempo (y quizá dinero) te ha costado conseguir y ves que la gente te mira, sobre todo las niñas y los niños con una sincera cara de asombro. Unas tetas generosas, que han pasado por lactancias y la gravedad del tiempo sin duda llaman la atención. Sobre todo porque no se ven en las pelis ni en la tele. Pero tú las paseas orgullosas. Ha costado mucho, porque una cosa es pasarlo mal en la barbacoa del pantano y otra muy diferente que renuncies a pasear tus tetas, sean como sean, te lleguen hasta el ombligo o la rodilla, por la playa. Será que nadie te conoce. O será que a pesar de tanto condicionamiento hay ocasiones en las que a pesar de todo estás orgullosa de tu cuerpo, de tus tetas y de su historia.

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