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Novedad editorial

Esto no es un libro de superación, aunque algún ejemplo hay

El periodista Raúl Gay se estrena como escritor con 'Querer es poder (a veces)', un relato sobre cómo se vive con discapacidad en la España de 2017

Publicamos un capítulo del libro (Next Door Editores), lanzado este lunes

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Portada de Querer es poder (a veces).

Portada de Querer es poder (a veces).

Suelo decir, medio en broma medio en serio, que yo hubiera sobrevivido al naufragio del Titanic. Seguramente habría escuchado con atención a aquel cuarteto de cuerda y, una vez en el agua, habría esperado sentado al rescate.

Sí, sentado. Resulta que soy una especie de boya humana y lo único que tengo que hacer para flotar es respirar con normalidad. Me da igual estar leyendo o en el mar; mientras respire, todo irá bien.

No tengo muy claro por qué sucede esto. Algunos dicen que es porque tengo la cabeza grande, pero eso ya lo descarté hace unos capítulos. Supongo que mi relación entre masa y aire es diferente a la del resto (tengo menos cuerpo pero igual capacidad pulmonar) y esto hace que, como una colchoneta, no me cueste esfuerzo mantenerme a flote.

Cuenta la leyenda (mis padres, pero sucedió hace tanto que tal vez no fue del todo así) que cuando yo era muy pequeño me llevaron a una piscina cerca de casa, en Zaragoza.

Madre/padre: «Hola, señor monitor. Traemos a este niño, sin brazos y con las piernas dobladas. Queremos que aprenda a nadar, ¿cree que podrá?». Monitor: «Veámoslo».

El buen señor, llamado Ángel, me cogió en brazos y, vestido con mi camiseta de pajaritos y mi pantalón azul, me lanzó al agua. A ver qué pasaba.

Imagino la cara y los gritos de mis padres y al monitor pidiendo paciencia y observando si salía a la superficie o tenía que saltar a sacarme y hacerme el boca a boca. Por lo visto, no fue necesario.

Yo no recuerdo ese momento, pero sí tengo en la memoria la frustrante sensación de tratar de llegar a la orilla de la piscina para descansar y que Ángel me hundiera una y otra vez. Empujaba un poco hacia abajo y sumergía mi cabeza. Por suerte, al quitar la mano, volvía a subir como un muelle, pero no era muy divertido.

Ahora me siento como pez en el agua, perdón por el chiste malo, y no me canso en el mar (en la piscina cuesta algo más mantenerse a flote). Hoy Ángel entrena a Teresa Perales y, a la vista de los resultados, lo hace muy bien; si me hubiera decantado por la natación paralímpica, ¿hubiera llegado a algo?

Años después de aprender a nadar, pasé muchos veranos en una playa de Cambrils, donde mis padres compraron una casita allá a finales de los ochenta. Coincidió que varias familias con hijos de edades parecidas a la mía y la de mi hermano habían comprado también una casa en la misma calle. Así que disfruté de buenos veranos durante una década, más o menos. Después preferiría estar con mis amigos de Zaragoza en lugar de pasar varias semanas con mis padres y, además, empecé a tener miedo a la playa. O, mejor dicho, fui consciente de sus riesgos.

Puede pasar desapercibido, pero las playas, en realidad, no suelen ser lugares muy accesibles. No son retrón friendly , como dice una amiga. En agosto, el turista habitual llega al inicio de la playa y tiene que caminar varias decenas de metros sobre una arena a doscientos grados que se hunde al pisarla y encontrar un espacio cerca del agua. Cuando quiere bañarse, ha de pisar arena caliente, después arena húmeda y entrar en el agua, sorteando a veces piedras puntiagudas o bajando desniveles de veinte centímetros. Si tiene rodillas y tal, no parece muy difícil. Si tiene ochenta años y la cadera fastidiada, se convierte en un reto. Pero si no puede caminar sin órtesis y alguien tiene que llevarlo en brazos, la cosa se complica bastante.

Lo habitual era ir en coche hasta la playa; allí mi padre levantaba mis x kilos de peso (cada año aumentaban, of course ) y caminaba hasta la toalla mientras media playa nos miraba. Me tiraba en la toalla (a veces, literalmente) y, cuando quería bañarme, volvía a levantarme del suelo. Los que tienen niños pequeños saben lo que sufren las lumbares al levantar algo que mide menos de un metro; si no lo haces bien, puedes lesionarte. Y si lo haces bien pero muchas veces seguidas, durante años, también. Es lo que le sucedió a mi madre, que un día su espalda dijo «hasta aquí». Como decía, me levantaban del suelo y entrábamos en el agua. Solía estar en calma, pero el día que había olas la operación se volvía más emocionante. Yo prefería que me dejaran donde no tocara el fondo (en mi caso, no muy lejos, puesto que mido poquito). Allí me sentía cómodo. Pero en la orilla, a expensas de las olas que podían tumbarme y sin poder maniobrar ni dar volteretas para sentarme y sacar la cabeza, corría peligro. Alguna vez pasé un miedo real de ahogarme.

Después de un buen rato en el agua, tocaba salir. Era lo peor. Al peso se sumaba la inestabilidad de la arena dentro del agua, las olas y mi piel mojada. El riesgo de resbalar estaba siempre ahí. De hecho, ¿cómo narices no me he caído nunca?

Pero salvando esos escollos, nadar era genial. Si hubiera podido saltar de la cama al agua, lo hubiera hecho. Allí solía competir con mis amigos a ver quién aguantaba más bajo el agua. Como no me hundo, hacía el muerto pero al revés (tumbado boca abajo con la cara dentro del agua). La clave para aguantar mucho tiempo era el mindfulness. Con diez años no conocía el término, pero ya entonces practicaba la meditación que tan de moda está ahora. No tenía más que concentrarme en algo y olvidar el resto. Los meditadores focalizan su atención en la respiración pero, por razones obvias, no era posible hacer eso bajo el agua. Así que me dedicaba a cantar en mi cabeza. Hasta que no terminaba la canción no daba la vuelta.

Hoy Elena se asusta cuando lo hago de vez en cuando. Realmente, no es por alardear, aguanto mucho.

Pero todo tiene sus pros y sus contras, y mi capacidad de no morir en el Titanic también supone una desventaja a la hora de bucear. Directamente, no puedo. Soy incapaz de hundirme en el agua de forma voluntaria. Puedo meter la cabeza unos centímetros, pero vuelve a salir como un resorte. Si de joven quería hundirme y ver el suelo marino, coger alguna piedra o simplemente disfrutar, necesitaba ayuda. A veces, bastaba con que una persona me empujara con fuerza hacia abajo; descendía hasta tocar el suelo con los pies y vuelta hacia arriba. Si la profundidad era mayor, eran necesarias dos personas. La persona 1 buceaba hasta media distancia, la persona 2 me empujaba desde arriba y, cuando bajaba unos centímetros, me encontraba con 1, que volvía a empujarme para que realmente llegara al fondo. Instantes después, sin hacer ningún movimiento, subía de nuevo.

Otra modalidad, ésta un poco peligrosa, era introducir piedras en el bañador. Un vecino cuarentón y macarra era aficionado a coger grandes pedruscos y metérmelos para que sirvieran de pesos (como los submarinistas). Realmente hacían su efecto, y alguna vez costó bastante volver a subir.

Cuando eres joven e inconsciente, la playa está muy bien. Pero a medida que pasaban los años, crecía la pereza. Darme un baño implicaba, además de la incomodidad de entrar y salir, el no poner me las órtesis hasta la hora de comer y no poder caminar ni estar erguido durante horas. Muchas veces me levantaban, desayunaba y nos íbamos a la playa... sin pasar por el baño. Al no estar erguido, el estómago no se mueve como debería y tarda más en digerir. Si a eso sumamos dar volteretas en el mar, tragar agua con sal y que te cojan en brazos y te aprieten el estómago, tenemos una bomba. Lo pasé mal bastantes veces y una, es justo reconocerlo, no aguanté. Espero que las medusas aprovechasen esos residuos.

Llegó un momento en que preferí vestirme y bajar a la playa con un libro, a la espera de la hora de la cerveza y las patatas fritas en el chiringuito. No funcionó.

La imagen de una persona leyendo en la playa parece muy bonita, pero si no tienes brazos se emborrona. Yo no puedo sostener un libro en las manos y debo apoyarlo en una mesa; para leer con comodidad y no romperme el cuello, necesito que haya una distancia determinada entre la mesa y la silla. ¿Qué distancia? Una mayor que la que existe en el 99 % de los lugares. Por supuesto, los bares están pensados para personas con brazos, que pueden comer con la espalda erguida. Así que tengo varias opciones:

a) Me agacho y fuerzo el cuello.

b) Suplemento el libro con algo (más libros, por lo general).

c) No leo.

Hoy existe una cuarta opción que me permite leer en una mesa normal con cierta comodidad (aunque no sea lo ideal): se llama Kindle. Por entonces no existía.

Recuerdo con espanto algunas mañanas de agosto en la playa, sentado en una mesa de un chiringuito y peleando contra los elementos. Sujeto un libro con la mano izquierda y trato de leer mientras el viento levanta las hojas. Agachado, las gotas de sudor caen por mi cara; algunas mojan el libro. Es imposible leer. Me cabreo y acabo esperando en la silla a que vengan a tomar la cerveza. La playa no es lugar para retrones.

Por supuesto, había gente que me animaba a bajar a la playa, tomar el sol, disfrutar de la brisa... Pero me temo que no llegaban a entender la situación. Es cierto que nunca he sido una persona que disfrutase «haciendo nada» pero, además, no es lo mismo tumbarte al sol sabiendo que en un momento dado puedes levantarte y darte un chapuzón, airear la toalla y quitar la arena, dar un paseo para estirar las piernas... que tumbarte y que tu única opción sea sentarte, mirar al horizonte y volverte a tumbar. He comprobado en muchas ocasiones cómo lo que desde un punto de vista bípedo parece normal o positivo, desde mi perspectiva no lo es tanto. Y cuesta explicarlo. Esta era una de esas ocasiones.

El siguiente paso fue bajar directamente al chiringuito. Me quedaba en casa por las mañanas, leyendo o estudiando para septiembre, y me recogían para la hora del vermú. Me recuerdo viendo la televisión (en los años preinternet todavía la encendía), casi esperando un atentado de ETA. Eran años en los que la banda aún ponía bombas en las playas y asesinaba a militares o políticos. Años pretwitter en los que las noticias llegaban tarde. A veces, bajaba al chiringuito e informaba de un atentado en Sallent o en Santa Pola. Otros días estudiaba, leía o simplemente daba vueltas por la casa, esperando a que llegase septiembre.

Las vacaciones en la playa, claro está, perdían su razón de ser. Vivir durante semanas en una casa que no es la habitual, donde no tengo un cuarto propio ni accesibilidad al cien por cien, en la que me quedo solo todas las mañanas mientras todo el mundo disfruta... No son las vacaciones ideales. 

Pero aún podía empeorar la cosa. En 2004 mis padres compraron una casa en Hospitalet de l’Infant. Era una vivienda de tres plantas en primera línea de playa, con jardín y piscina comunitaria. El sueño de muchas familias, una casa objetivamente perfecta... y una pequeña tortura para mí.

La primera noche que pasamos en ella quedé con una amiga para tomar una cerveza. Se nos hizo tarde y al volver mi padre ya estaba en la cama. Era imposible que mi madre me subiera por la escalera de caracol que hay hasta mi dormitorio, así que me tocó dormir en el salón. Una señal prematura de que aquella casa y yo no nos íbamos a llevar bien. Doce años después, todavía no he logrado hacerla mía.

Desde el inicio, decidí que el antiguo garaje iba a ser mi estudio particular. Una mesa, una silla con las patas cortadas, una minicadena... Se estaba fresco y tranquilo. Para llegar a él, tenía unas largas escaleras que bajaba sentado; para subir, debía dar un rodeo: salir a la calle por la empinada cuesta del garaje y entrar por la puerta principal. No sé si perdí kilos ese verano, pero ejercicio os juro que hice. El simple hecho de ir a la cocina a beber un vaso de agua suponía tiempo y esfuerzo. Para ir al dormitorio, seguía necesitando a mi padre o a mi hermano.

Con el tiempo pusimos un salvaescaleras para ir al garaje, una silla que sube y baja con un motor. Nada barata, por supuesto. Eso solucionaba un problema, pero no había salvaescaleras para las escaleras de caracol. Barajamos instalar un ascensor en el salón o un montacargas en el jardín; era una locura. Tiempo después, cuando estuve año y medio sin caminar, terminé por dormir también en el garaje.

Mis amigos se reían de que pasara allí semanas enteras. Aunque en su momento lo viví como una época desagradable, aunque me aburría y me agobiaba y lo único que quería era volver a Zaragoza, ahora no lo recuerdo tan mal. Allí, sin internet, ni amigos, ni distracciones, leí libros maravillosos. Bolaño, La montaña mágica, Galeano, Antagonía... La mayor parte de la gente mete en verano toallas y bañadores en su maleta; yo llevaba una bolsa entera cargada de libros. No los leía todos, pero debía tener de reserva en caso de que algunos no me gustaran.

Hubo veranos que no pisé la arena ni me bañé en el mar. Fueron duros. Es una putada tener veinticinco o treinta años y verte obligado a irte de vacaciones con tus padres a un lugar que no deseas. Tampoco debe de ser agradable estar en verano con un tipo que tiene ganas de irse de ahí.

Por fortuna, con el paso de los años aumenta la concienciación sobre los discapacitados y ahora es posible ver sillas anfibias en las playas de España. Este verano de 2016 he estado en Hospitalet de l’Infant con mi mujer y he podido disfrutar del mar como en el pasado. La casa sigue teniendo la escalera de caracol que no puedo subir sin ayuda; la terraza sigue teniendo el suelo en el que me he caído un par de veces porque estaba algo húmedo o había una hoja caída; poner la mesa es imposible, pues hay que recorrer la planta baja, saltar un escalón, bajar una cuesta y todo eso con un calor infernal. Pero, al menos, he podido bañarme.

Una silla anfibia es, en realidad, lo más simple del mundo. Está formada por una hamaca con tela agujereada de las que se usan en cualquier playa; tiene tres ruedas grandes y anchas para rodar por la arena con facilidad, pueden mojarse y flotar en el agua; un par de reposabrazos elevables sirven también de flotador y hay un asa para entrar y salir del agua.

Es cierto que no todas las playas tienen sillas de estas; es necesario llamar al ayuntamiento, preguntar por la playa en cuestión, fechas y horarios. Al llegar, con la silla manual y sin órtesis, colocan la silla acuática al lado; Elena me pasa de una a otra y el socorrista la lleva hasta la playa y la mete en el mar. Ya en el agua, salgo de la silla y a nadar. Cuando queremos secarnos, llamamos al socorrista y repetimos la operación a la inversa. La única limitación es la bandera: solo puedes bañarte si es verde. Algún día hemos tenido que prescindir del baño porque el mar estaba revuelto...

En mi caso, no es necesario nada más, pero si hay personas que no pueden nadar por sí mismas o que solo pueden estar en la silla, los mismos socorristas se quedan con ellas mientras dura el chapuzón. Un servicio público muy necesario y que me ha alegrado el verano.

En septiembre, por curiosidad, llamé a la empresa que fabricaba la silla en la que estaba sentado y pregunté el precio. Cuesta 1750 euros más IVA. Me parece un tanto abusivo, pero en ortopedia todo lo es. Hay pocos competidores y son productos necesarios. Puedes prescindir de un iPhone, pero no de una silla de ruedas. Había pensado comprar una para tenerla en casa y no depender del socorrista, pero seguiré confiando en los servicios del ayuntamiento.

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