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Nuestra identidad socialista

Mientras Correa dibuja desde el banquillo el retrato descarnado y mafioso del PP, en el PSOE permanecemos mudos, entre los halagos de nuestros enemigos por tanta responsabilidad y las críticas de nuestra militancia

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El indiscutible referente moral del PSOE en Asturias es una mujer y se llama Ángeles Flórez, Maricuela. Fue miliciana en la Guerra Civil, con 18 años, y sufrió luego las cárceles franquistas y 57 años de exilio en Francia. Milita en el PSOE desde hace 80 años. Hace unos días, en una asamblea del partido en Gijón, convocada para analizar la actual situación política, pidió la palabra, esperó cuatro horas a que llegara su turno y, tras alcanzar con dificultades al atril, dijo que dentro de un mes sería su cumpleaños y que "desearía que a mis 98 años me dieseis el regalo de decir no, no y no".

El debate sobre la posición que debe mantener el PSOE ante la investidura de Rajoy, por muchas vueltas que se le quiera dar, es un debate sobre nuestra identidad. Por eso repugna más que a nadie a nuestros militantes históricos, que han realizado con dolor muchas gimnasias ideológicas pero se niegan a aceptar la última derrota de ver a nuestro partido aupar al Gobierno a Rajoy, como si en estos cinco últimos años aquí no hubiese pasado nada.

A nadie se le puede escapar que el día siguiente a una abstención ya no seremos los mismos. En realidad, parece que no lo somos ni ahora, el día antes. Hoy somos un partido que costaría trabajo reconocer si no fuera por la voz clara de su militancia. Mientras Correa dibuja desde el banquillo el retrato descarnado y mafioso del Partido Popular, nosotros permanecemos mudos, entre los halagos de nuestros enemigos por tanta responsabilidad y las críticas de nuestra militancia.

Hoy somos un partido sin voz propia, instrumental, al servicio de una estabilidad institucional que jamás puede ser un bien en sí misma. Cómo será, que el propio Mariano Rajoy tuvo que aclarar que no nos exigirá otros sacrificios que nuestra abstención. Cómo será, que ya se inician las rondas y se pone fecha a una investidura de Rajoy sin que siquiera se haya reunido nuestro Comité Federal. Cómo estarán de crecidos en el PP y nosotros menguados, que se permiten la chulería de aclarar, sin ser necesario, que no van a modificar la reforma laboral.

Todos apuestan ya a que Rajoy va a ser presidente con nuestras abstenciones. El matiz parece estar solo en buscar el modo menos vergonzoso de hacerlo. Por eso nuestra militancia se resiste a admitirlo. Nadie milita en un partido político, y mucho menos en el PSOE, para llevar al poder a sus antagonistas. Estamos hablando de Mariano Rajoy, el de los sobres, el de "Luis, sé fuerte", el que quería para España lo mismo que había hecho Matas en Baleares, el que decía que Fabra era "un ciudadano y político ejemplar", el de "Rita, eres la mejor". Estamos hablando del Partido Popular, el de la Ley Mordaza, el de la LOMCE, el de la reforma laboral, el que criminaliza el aborto, el de la amnistía fiscal, el de la calle Génova, la casa de Correa.

Ya no hay barricadas contra Gürtel, ahora las levantamos contra nuestra propia militancia.

Se ha forzado la dimisión del primer secretario general elegido en primarias por negarse a que nuestros votos sirvan para investir a Rajoy y, sobre todo, por querer consultar a la militancia y no a los tutores mediáticos y políticos que se nos quiere imponer. Y no ha sido porque existiese la presión de nuestros militantes (no recuerdo ninguna recogida de firmas pidiendo la abstención) ni de los sindicatos, ni de las plataformas de defensa de lo público, ni del movimiento de igualdad, ni de nadie del tejido asociativo que forma nuestra base social.

Fueron otros los que a toque de corneta salían cada mañana en la radio o en las portadas cuestionando a nuestro secretario general. Su único pecado era cumplir nuestro compromiso electoral, ratificado por el Comité Federal, de votar no en la investidura de Mariano Rajoy, anunciar la convocatoria de un congreso y pretender la osadía de intentar un gobierno de progreso.

Hoy se nos ofrece una disyuntiva falsa. No se trata de abstención o elecciones sino de hacer presidente a Rajoy o no hacerlo. Eso es lo que se vota. Las elecciones, de haberlas, serían el resultado de la incapacidad de Rajoy para llegar a acuerdos con sus afines y de las fuerzas de izquierda que no quisieran apoyar un programa de progreso, no de que nosotros cumplamos nuestros compromisos.

Incluso ahora, que se han encargado de ahogar cualquier perspectiva de mejora electoral para que parezca irremediable el apoyo al PP, prefiero unas terceras elecciones que hacer presidente a Rajoy con los votos socialistas. ¿Desde cuándo es mejor apoyar al gobierno más corrupto y reaccionario de nuestra democracia que intentar vertebrar otras mayorías tras unas nuevas elecciones?

De pronto parece que los socialistas le tengamos alergia a las consultas, a la militancia o la ciudadanía. ¿De dónde viene ese miedo? Cuando el gobierno del PP, aupado con nuestras abstenciones, haga recaer nuevamente los recortes sobre los más débiles ¿qué le vamos a contar a nuestros votantes para que no se sientan traicionados?

Cuando los dirigentes políticos se niegan a oír a las bases se convierten en élites. Démosle a Maricuela la oportunidad de decir no, como pide. Démosle a Felipe González la de decir sí, si eso es lo que quiere. Démosle a toda nuestra militancia oportunidad de expresarse y decidir. ¿Dónde está el maldito problema en que los militantes socialistas decidan lo que es su partido? ¿Acaso no han demostrado en tantas ocasiones mayor intuición y sabiduría que sus dirigentes? Si tenemos que acertar o errar, en una decisión tan crítica para nuestro futuro como esta, hagámoslo juntos. Solo así acertaremos, porque, aunque nos equivocásemos, si lo hacemos todos juntos, todavía tendría más valor que cualquier acierto de unos pocos.

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