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Ojalá Vigorra rectifique pese a la belicosidad de Pérez-Reverte

Jesús Vigorra y Arturo Pérez-Reverte, en la rueda de prensa donde insistieron en mantener título, enfoque y amplíar los días de duración de sus jornadas, aplazadas a octubre
6 de febrero de 2026 22:05 h

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He evitado escribir esta columna. La polémica saltó la semana pasada y preferí escribir sobre la regularización de inmigrantes. Porque me parecía injusto que tan importante ampliación de derechos, tras seis años de trabajo colectivo, se viera eclipsada por una polémica mediática. Pero también, no puedo ocultarlo, porque la polémica afecta a un compañero periodista querido, con quien he trabajado años, un colega que era y sigo sintiendo amigo, pese a su distanciamiento de los últimos años.

Hablo de Jesús Vigorra, coorganizador con Arturo Pérez-Reverte de esas jornadas “1936: la guerra que todos perdimos” que estaban programadas en Sevilla para este 2-5 de febrero. Reverte y Vigorra lanzaron un comunicado tras la sonada renuncia a participar del escritor David Uclés, a quien siguieron los políticos Antonio Maíllo, María Márquez y Carmen Calvo, la socióloga Zira Box y el también escritor Paco Cerdá. En el comunicado dijeron que el encuentro se aplazaba al otoño y que darían explicaciones en rueda de prensa, este pasado lunes 2 de octubre. Preferí esperar. Comparto aquí la rueda de prensa completa.

En resumen, se reafirman. De hecho, anuncian que mantendrán el título sin los interrogantes que, al principio, dijeron que faltaban por error del pobre diseñador/a. Y, más aún, pasan del marco inicial de equidistancia entre vencedores y vencidos a criminalizar la legítima crítica a las jornadas diciendo que han tenido que retrasarlas por las “amenazas”, “ataques” y “violencia verbal” de una “ultraizquierda”, de “Pablo Iglesias”, de “Ione Belarra”, de “Podemos” que “necesitan mantener la tensión y la violencia” para, “a falta de ideología y base intelectual”, “justificarse a sí mismos”.

Ojalá Vigorra y Reverte hubieran dicho y hecho algo apaciguador. Temo herir y enfadar a ese amigo, alejado, a quien echo de menos. Pero yo también estoy dolida e indignada. Y mis temores no pueden competir frente al miedo que está obligando, hoy en día, a dejar de trabajar a compañeras y compañeros, progresistas, de izquierda, opinadores, analistas, humoristas, amenazados por los neofascistas. Por esos herederos de los franquistas que dieron el golpe a la República, declararon la guerra, la ganaron y causaron el exilio, exterminio, represión y atraso de las y los demócratas de nuestro país durante 40 años.

Claro que las palabras importan

¿Puedo discrepar del cariz de estas jornadas, y más aún, del sesgo polarizador que han ido sumando las ediciones previas, sin generar entre Vigorra y yo una brecha irreconciliable? ¿Puede pesarme haber facilitado la participación de alguien que vino a una edición anterior a disertar sobre inmigración y tuvo que aguantar que Reverte subiera a corregirle, paternalistamente, y le dijera que había que “estar dispuesto a debatir hasta con el mismísimo Hitler”? Lo que nos dejó helados.

He barajado escribirle a Jesús por privado. Pero de un lado, dada nuestra amistad, él bien puede imaginar lo que pienso. No descarto, de hecho, que su alejamiento, estos años, sea un modo de evitar ver transparentarse en mis ojos mi criterio.

Pero es que, además, el periodismo, en la concepción que a él y a mí nos unió, no es una sucesión de “bla-bla-blás, bienquedas y vacíos”, sino un trabajo para contribuir, modestamente, a proteger y hacer avanzar la sociedad, mediante el control y cuestionamiento del poder. Del poder económico y político (recuerdo cuánto me felicitó Jesús cuando interpelé a Felipe González sobre las puertas giratorias, en aquel 2014 en que se le tosía aún bien poco). Pero también fiscalizando al poder mediático y cultural.

Temo herir y enfadar al amigo de años, ahora alejado. Pero la concepción del periodismo que nos unió es la de una tarea fiscalizadora del poder, sea económico, político o mediático y cultural, hecha con la convicción de que la crítica empuja a mejorar.

¿Cómo pueden desdeñar, un escritor y un periodista, el valor de elegir las palabras? ¿Cómo obviar que las palabras construyen realidad, que acercan y alejan conflictos? Llamar “imbéciles” a los discrepantes, como hace Reverte, está fuera de lugar. Y causa estupor que, si la voluntad de las jornadas es, como insiste el novelista, subrayar que todos los españoles, vencedores y vencidos, “perdimos vidas, la libertad, la cultura, hogares, familias…”, no buscaran o busquen, ahora que las víctimas del franquismo, sus familiares y tantos demócratas nos sentimos heridos, cambiar el título a uno de tantos posibles: “1936: la guerra que instauró la dictadura franquista”; “1936: la guerra que nos sumió en 43 años de horror”…

Para mí, a diferencia de lo alegado por Uclés, más que la pertinencia o inconveniencia de debatir con Aznar o Espinosa de los Monteros, lo que hace las jornadas tan desafortunadas es el marco de equidistancia. Porque, ¿consideraríamos admisible como futura jornada una titulada “Derecho o violencia: debate sobre el mejor sistema de organización social”, en la que se invitara a parlamentar a defensores de una y otra opción, como si ambas fueran admisibles?

“¡Dales caña, Vigorra!”

La polémica sobre estas jornadas acerca de la Guerra de España (lo de Civil enmascara su origen de golpe militar) no se da en el vacío. El contexto que se ha ido creando en la década transcurrida desde que, en 2017, se celebró la I edición de este ciclo llamado Letras en Sevilla, es el de una creciente oleada neofascista que nos afecta, de lo local a lo global, y que busca roer las democracias desde dentro para implantar, de nuevo, el autoritarismo que españolas y españoles todavía vivos padecieron durante 40 años.

Es preocupante que, en pleno auge neofascista, un famoso escritor y un periodista referente impulsen, como lo más normal y democrático del mundo, unas jornadas que no subrayan desde el principio el abismo, de responsabilidad en la guerra, y, de sufrimiento en la dictadura, entre vencedores fascistas y vencidos republicanos.

Muchas y muchos fuera de Andalucía desconoceréis, por el injusto centralismo de este país, quién es ese hombre cuyo nombre se cita ahora tras el de Pérez-Reverte, como coletilla. Pero aquí, en esta tierra que, como a Jesús y a mí nos gusta recordar, tiene más población que 13 países de la UE, su trayectoria periodística ha sido referente de periodismo cultural y social. Gracias a El Público Lee, de Canal Sur TV, donde nos conocimos y trabajamos juntos, ganador del Premio Nacional de Fomento de la Lectura y del Premio a Mejor Programa de TV, según el Gremio de Editores de España.

Y gracias a El Público, de Canal Sur Radio, programa durante años líder de las tardes en Andalucía. Sobre todo por el primer tramo horario, en el que recibía quejas ciudadanas, las tramitaba, resolvía problemas concretos y criticaba las injusticias, cometidas por particulares, empresas o cualquier administración. “¡Dales caña, Vigorra!”, le gritaban a menudo por la calle, taxistas y viandantes, cómplices, sonrientes, agradecidos a su espíritu robinhoodesco, incluso frente a la Junta de Andalucía, en manos, entonces, del muy poderoso PSOE andaluz.

De la carrera de Pérez-Reverte tendréis más referencia. Yo sufrí su altanería y envanecimiento al entrevistarlo en la playa gaditana de la Caleta cuando publicó El Asedio (2010), novela que es un canto a la venganza y que en El Público Lee promocionó diciendo que, si él fuera el padre de Marta del Castillo, atacaría a los acusados de asesinarla.

Pero, como escribí en mi novela de no ficción El granado de Lesbos (2019), ya a mediados de los 90, cuando yo era alumna de Periodismo y él, rutilante ex corresponsal de guerra en los Balcanes que presentaba en Sevilla su Territorio Comanche, le vimos humillar públicamente a una compañera. Ella le preguntó, arrobada, cuánto esfuerzo le costaba informar frente al instinto de pararse a auxiliar a los bombardeados. Él le espetó: “¡Para ayudar, métete a monja de la caridad! ¡Somos mercenarios! ¡Nos pagan por contarlo!”

La óptica de dicotomía de muchas de las ediciones pasadas de este ciclo de jornadas (“Monarquía o república”, “Toros sí, toros no”, “Políticos: ¿solución o problema?”) es muy propia del empeño polarizador y polémico de Pérez-Reverte. Un empeño que hace que, en la rueda de prensa de esta semana, más que dolerse por el conflicto y malestar generados, se frotara las manos ante “la mucha mayor expectación” de cara a la celebración de las conferencias en otoño, gracias a la polémica, que él llama “propaganda”.

No hay un peligro de ultraizquierda sino del neofascismo

Jesús no se ha construido nunca, para ejercer y triunfar, un personaje engreído y ensoberbecido, relativizador de los derechos humanos ni despectivo con ellos. Han sido brújula en su vida los recuerdos del niño del valle de los Pedroches que fue y del joven emigrante trabajador de la hostelería en Cataluña. Al presentar en Sevilla, con su conocida generosidad, esa novela mía que previamente he citado recomendó, con sincera emoción, el libro de la misma editorial Ya sabes que volveré, de Mercedes Monmany, sobre tres grandes escritoras exterminadas en Auschwitz: Irène Némirovsky, Gertrud Kolmar y Etty Hillesum.

Es injusto criminalizar a quienes legítimamente se han arrepentido de participar en unas jornadas con ese cartel, título y plantel. Y más aún señalar un supuesto auge de neoestalinismo agresivo cuando el acuciante peligro real es el neofascismo.

Vigorra tuvo que encajar, en la última etapa del PSOE en el poder andaluz, la de Susana Díaz, feos episodios de ninguneo, sin duda por su rol de aguijoneadora y molesta mosca. Procede referirlo, creo, para explicar y entender un comprensible desengaño y descreimiento suyo frente al socialismo o las izquierdas, responsables de malas praxis que ni conviene negar ni yo he negado jamás, ni con ingenuidad, ni con sectarismo.

Entiendo su justa alegría cuando en la primera legislatura del PP de Juanma Moreno, gobernando la Junta de Andalucía en coalición con Cs y apoyado por Vox, le pusieron al frente de Las Mañanas, de Canal Sur Radio. Algunas y algunos colaboradores plurales a quienes al principio nos fichó, como muy brevemente fue mi caso, fuimos cayendo enseguida. Contra su voluntad, según él siempre me ha manifestado.

En la segunda y actual legislatura del PP, con mayoría absoluta y, por tanto, sin depender de Vox, él sigue en una parte del programa. Pero se echa en falta, no solo yo, es fácil pulsarlo en la calle para la que Jesús siempre tuvo tan buen radar, esa “caña” que antaño, con acierto, repartía. Una “caña” que sería ahora tan necesaria para fiscalizar al PP que gobierna la Junta y para desenmascarar y frenar el auge del neofascista Vox. Porque este y no un supuesto neoestalinismo de la ultraizquierda que ninguna encuesta refleja, es el gran peligro que la sociedad encaramos y que extrañamente ni Vigorra ni Pérez-Reverte mencionan.

Rectificar no desmerece, engrandece

Cambiar está en la naturaleza humana. Y errar. Al final de la rueda de prensa, Jesús leyó el siguiente pasaje, según dijo, obra “de un oficial de la 46 división republicana Alfama”. No dejo de preguntarme, atónita, cómo no le chirría. Sobre todo su violenta frase final:

Ni nosotros éramos unos bestias rojas, ni ellos tipos asesinos fascistas. Ellos y nosotros, los mejores de ellos y los mejores de nosotros, éramos jóvenes y buenos. Digo esto porque parece que está de moda ponernos a caldo a nacionales o republicanos. Porque creo que sería mejor que nos juntásemos y los hiciésemos callar a estacazos.

La cita -que, por lo que luego he encontardo, está sacada de la novela de Reverte Línea de Fuego- es de nuevo equidistante. Y revisionista. Incluso si la escribió quien se dice. Tampoco ser nieto, hijo y sobrino de republicano represaliado, como argumenta Reverte, legitima cualquier postura suya. Igual que no condena las mías el haber sido nieta de abuelos franquistas. Por nuestras obras se nos conocerá.

El “mantenerla y no enmendarla” de la rueda de prensa me alarma porque revela una perspectiva muy sesgada y cerrada. Pero no pierdo la esperanza de que alguien lúcido como Vigorra, que sabe escuchar y distinguir la paja del oro, el halago hipócrita de la crítica hermana, haga autocrítica y rectifique.

Entre todas las opciones posibles, vitales y profesionales, están las de recapacitar, hacer autocrítica y rectificar. Algo dificilísimo y por eso altamente inusual. Cuántas veces nos preguntamos entre periodistas, y seguro que entre lectores: “¿Pero este o aquel político no tiene un amigo que le baje a tierra y le diga que se equivoca? ¿O es que en la cumbre uno no escucha?”

Sé que te doy caña, amigo Jesús (¿leerás estas líneas?). Pero la caña nuestra nunca fue, nunca es destructiva. Por más que el poder no haya querido jamás entender el amor que siempre hemos puesto en ejercerla con honestidad y tú sabes que con el vértigo de sufrir consecuencias, de pagar precios…

Atreviéndonos pese a todo, deseando, con la pequeña llama de esperanza viva, ayudar, contribuir al cambio, tendiendo nuestra mano para el nuevo paso. No pasa nada por asumir un error. Al contrario, engrandece hacerlo y volcarse en subsanarlo. Cuidar con mimo la coherencia de una trayectoria de altura y consenso… Sin perseverar ciegamente en errores, ni sumarle nuevos que empañen el legado del buen trabajo.

Dada la rueda de prensa, no veo mucho margen para el giro de guion. Pero, ya me conoces, me conocéis, inasequible al desaliento. Voy a seguir esperando esa autocrítica y la apuesta decidida y explícita por una narrativa que subraye la diferencia abismal entre vencedores y vencidos. Por justicia con las víctimas y como pedagogía que aleje de todos nosotros el peligro de neofascismo que nos acecha.

Dejo aparte la falta de paridad entre ponentes, con 27 hombres y 6 mujeres, por, según Reverte, la dificultad de encontrar a destacadas especialistas. No entro porque si entrara, dejadme bromear y criticarme a mí misma, más que una columna esto iba tener ya extensión de tesis doctoral.

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