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La desigualdad social es insostenible, ecológicamente también

Las medidas de emergencia social son prioritarias pero, además de paliar las carencias materiales inmediatas, deberían ayudarnos a sentar las bases para una radical transformación de nuestro modelo de producción y consumo

Hoy estamos consumiendo a nivel global los recursos de 1,4 planetas, sin dar margen para la regeneración ecológica

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Las 62 personas más ricas del planeta tienen lo mismo que otros 3.600 millones de habitantes

Un viejo teórico de la democracia como Rousseau solía afirmar que la igualdad no significa que todos tengamos la misma riqueza, sino que nadie sea tan rico como para poder comprar a otro, ni que nadie sea tan pobre como para verse forzado a venderse. Los informes que cíclicamente se vienen publicando sobre la situación de la desigualdad social en nuestra sociedad ofrecen cifras tan alarmantes e insultantes, que Rousseau nos avisaría de que esta tendencia es incompatible con un régimen democrático. Ya sea el Informe Foessa sobre la realidad española o el reciente informe publicado por Oxfam sobre la situación a nivel global, donde se evidencia que las 62 personas más ricas del planeta tienen lo mismo que otros 3.600 millones de habitantes.

Una mínima ética ciudadana no puede asumir que una élite acapare tanta riqueza, poder e influencias, pues cualquier noción de democracia queda pervertida ante la fractura que provocan estos umbrales de desigualdad. Una dinámica agudizada en tiempo de crisis, pero que forma parte del ADN del proyecto socioeconómico neoliberal. La mano invisible del mercado es todo menos una mano tendida.

Y es que más allá de las carencias materiales que conlleva el empobrecimiento social para las clases populares (desahucios, pobreza energética, alimentación, movilidad…), la desigualdad nos hace más infelices como sociedad. Los investigadores norteamericanos Oishi y Kesebir han realizado un interesante trabajo donde comparan la evolución de las políticas económicas y la autopercepcción de la felicidad durante los últimos 50 años en EEUU, llegando a la conclusión de que la infelicidad se asocia a periodos de mayor desigualdad. Y no tanto por la pérdida de ingresos como por la percepción comparativa del reparto asimétrico de los esfuerzos, lo que aumenta el sentimiento de injusticia y provoca desconfianza en las instituciones colectivas.

La redistribución de la riqueza genera cohesión social y un sentido de interdependencia, de que los esfuerzos son compartidos, lo que en términos relacionales aumenta la sensación de bienestar. El homo economicus del neoliberalismo, individualista y racional, siempre ha sido contrario a la redistribución y firme partidario del crecimiento. Según su hipótesis, no se trata de repartir la tarta sino de hacerla más grande para que todo el mundo toque a más, aunque se trate de migajas de mayor tamaño.

La economía convencional suele obviar, por deformación profesional o por calculado interés, que una vez superada la biocapacidad del planeta este plan no resulta técnicamente viable. No podemos hacer una tarta más grande que la pastelería. Hoy estamos consumiendo a nivel global los recursos (materias primas, suelos fértiles, agua, combustibles fósiles…) de 1,4 planetas, sin siquiera dar margen para la regeneración ecológica o la asunción de los vertidos de desechos por los ecosistemas. Estamos empezando a chocar con los límites y el sistema económico no va a conseguir ignorar su ecodependencia por mucho más tiempo.

El crecimiento económico por sí mismo ni reduce la desigualdad ni genera felicidad. Desde hace años la New Economics Foundation ha desarrollado un indicador alternativo de desarrollo que casualmente se llama Índice del Planeta Feliz, donde se cruzan por países la expectativa de vida, la percepción subjetiva de felicidad y los impactos ambientales. Nuestra buena puntuación general se va al traste precisamente por la dimensión ecológica y la desigualdad, que nos traslada hasta el puesto 62 en el ranking.

Introducir la variable ambiental en los debates sobre desigualdad nos lleva a afirmar con el periodista Herve Kempf que los ricos destruyen el planeta. Existe un sesgo de clase en los impactos ambientales derivado de los estilos de vida asociados al derroche ostentoso (mayor movilidad y más lejos, aviones privados, piscinas, mansiones, consumo de lujo superfluo y renovado constantemente…). Una evidencia con la que nos sentimos cómodos y reconfortados: confirmamos que los malos son muy malos también ecológicamente.

Una vez asumido que existe una responsabilidad asimétrica entre grupos sociales a la hora de provocar impactos ambientales, llegamos a la parte incómoda, que es que siguiendo el estilo medio de vida de la sociedad española el planeta únicamente soportaría a 2.400 millones de personas. Esto supone que debemos reconocer que nuestro estilo de vida no es universalizable a nivel planetario. En un contexto de profunda desigualdad cuesta asumir que en términos globales somos sociedades enriquecidas a expensas de otras, que nuestro sobreconsumo de bienes y recursos se realiza a costa de la privación extrema en otras geografías, que la crisis ecológica es en su mayor parte nuestra responsabilidad y que las peores consecuencias se padecen en lugares distantes.

Nos pasa un poco como al teólogo de la liberación Helder Camara, que se cansaba de decir que "si le doy de comer a los pobres, me dicen que soy un santo. Pero si pregunto por qué los pobres pasan hambre y están tan mal, me dicen que soy un comunista". Luchar contra la desigualdad significa redistribución de la riqueza, algo asumido en la actualidad por cualquier proyecto emancipador, pero plantear que la redistribución debe ser universal y perdurable en el tiempo te lleva a ser acusado despectivamente de ecologista.

No podemos internalizar como imaginario la lucha una noción restringida de igualdad que asuma nuestra interdependencia de forma geográficamente limitada o subordine la ecodependencia en la que se sustenta cualquier idea de buena vida al largo plazo. Las medidas de emergencia social son prioritarias, ningún ecologista social lo cuestionaría, pero, además de paliar las carencias materiales inmediatas deberían ayudarnos a redefinir nuestra noción de riqueza, los imaginarios culturales, y a sentar las bases para una radical transformación de nuestro modelo de producción y consumo. O logramos que lo urgente no eclipse a lo estratégico, o nos condenamos a seguir retrasando eternamente cambios imprescindibles.

Decíamos al inicio que le desigualdad debería ser insultante y alarmante. Al sentirnos insultados incorporamos un componente emotivo, visceral, que más allá de los argumentos racionales nos remueve las tripas y nos induce a la movilización para poner límites a la codicia. Alarmante porque al sonar una alarma nuestro instinto de supervivencia suele hacernos buscar una salida. La novedad es que no hay salidas individuales sino que deben confluir la voluntad y predisposición personal de asumir los cambios, junto al desarrollo de estrategias colectivas que reduzcan la sensación de insignificancia de lo que hacemos. Dinámicas que deberían reforzarse desde las administraciones, pues gestos individuales, organización comunitaria y políticas públicas deben estar relacionadas y resultar coherentes.

Ahora que la palabra austeridad está maldita por su complicidad con las políticas neoliberales, tenemos la difícil misión de buscar un sinónimo que movilice un imaginario atractivo asociado tanto a la demanda de igualdad social como a la necesidad de vivir de forma más sencilla, para que otros puedan, sencillamente, vivir.

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