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De “Brexit” a “Black Friday”: ¿Y ahora qué?

Miguel Otero Iglesias

El 23 de Junio de 2016 será recordado como el día en que el 52% de los británicos (en su gran mayoría ingleses) votaron a favor de la salida de la Unión Europea. Pocos contaban con este resultado: ni los encuestadores, ni las casas de apuestas, ni los analistas de la City, ni tampoco un servidor. Mea culpa. Le había hecho caso a mis fuentes en el Foreign Office, pensando que tendrían buenos contactos en el MI5, y por lo tanto sabrían de lo que estaban hablando cuando me dijeron que no me preocupase, que las encuestas subestimaban el voto a favor de la pertenencia. Lo más normal es que el votante más racional (y consecuentemente algo menos motivado) no participe en las encuestas, pero el día del referéndum salga a defender el statu quo. Al final los británicos siempre eligen la opción correcta, me aseguraron.

No podrían estar más equivocados. A pesar de tener a todo el establishment (los empresarios, los partidos, los principales medios y la poderosa City de Londres) haciendo campaña a favor de la permanencia, esta es la primera vez en la historia moderna del Reino Unido que el pueblo ha votado en contra de la opinión de sus élites. Los efectos en los mercados han sido proporcionales. El 24 de junio de 2016 quedará en la historia como el “Black Friday” inglés, tal y como pronosticó unos días antes del referéndum George Soros (sí, el mismo que provocó el “Black Wednesday” en 1992). La libra se desplomó un 10% frente al dólar, llegando a cotizar a 1.33 frente a la moneda americana. Un nivel no visto en treinta años. Las bolsas europeas han sufrido las mayores pérdidas desde la Crisis Financiera Global de 2008, la peor parada la española con un descalabro del 12%, el mayor de su historia.

¿Qué ha pasado? Y, quizás lo más importante: ¿qué significado tiene el Brexit para el futuro de la UE? ¿Estamos ante el inicio de su desmoronamiento? Antes de llegar a conclusiones precipitadas, lo importante en estos momentos es mantener la calma y reflexionar. Los mercados siempre sobrereaccionan cuando hay incertidumbre. La victoria de los “separatistas” se explica por varias razones. La primera es que durante más de 20 años la prensa y la clase política británica no le han explicado a la población en qué consiste la UE. Unas horas después del referéndum Google indicaba que habían amentado las búsquedas desde suelo británico preguntando: “¿qué es la UE?” y “¿qué puede pasar si el Reino Unido sale?”. Es decir, muchos han votado sin tener conocimiento de causa, o con una imagen distorsionada.

La emigración ha tenido un papel importantísimo. Más de lo esperado. La gran mayoría de los británicos creen que el Gobierno (antes con los laboristas y ahora con los conservadores) ha perdido el control en este tema. No es de extrañar. Durante años se les prometió (falsamente) que iban a reducirse las cifras de nuevos inmigrantes y estas no han parado de aumentar. Esto ha sido un caldo de cultivo para los independentistas liderados por Nigel Farage. Este fenómeno nos podría llevar a pensar que el referéndum lo ha ganado la Little England aislacionista, xenófoba y nacionalista post-imperial, que siempre se ha creído superior al resto de los vecinos del Club y que ahora por fin se ha quitado la máscara. Algo de ello hay en esto. No es una casualidad que Escocia e Irlanda del Norte, y por supuesto, las cosmopolitas Oxford, Cambridge y Londres hayan votado a favor de quedarse, mientras que “El Norte” inglés haya optado por el Brexit.

Sin embargo, la división no es tanto geográfica, nacional, ideológica ni cultural, sino más bien social. Los que han votado a favor de la salida son mayoritariamente los perdedores de la globalización. Individuos de más de 50 años de edad, sin estudios, del ámbito rural o clase obrera, y con unos ingresos bajos. Este conjunto de personas, sin conexión aparente más que su rechazo a las élites, han logrado una suerte de rebelión de las masas. Con este voto han conseguido sacudir los pilares del establishment. Tanto que han forzado la dimisión del hasta ahora primer ministro David Cameron, que había logrado una mayoría absoluta en las últimas elecciones. El mensaje de esta masa descontenta se podría interpretar de la siguiente manera: nos da igual lo que nos diga el gobierno y los expertos. A nosotros nos va (relativamente) mal, y estamos dispuestos a arriesgar que le vaya peor al país –sobre todo si también los de arriba sufren de una vez– mientras consigamos un cambio de rumbo… el que sea.

Lo significativo de este referéndum es que los que han pedido cambio no son los jóvenes radicales. La mayoría son personas de edad avanzada, tradicionalmente más conservadoras, con más que perder y reacias al cambio. ¿Cómo se explica esto? Hay dos posibles respuestas, no excluyentes. La primera es que la desigualdad en el Reino Unido ha llegado a tal punto que mucha gente mayor se ha quedado sin activos y por lo tanto tiene poco que perder. La segunda es que aunque tengan propiedad y ahorros estén atemorizados con los cambios y la incertidumbre que se les vienen encima. La globalización, las nuevas tecnologías, el mestizaje, la emergencia de China, el terrorismo… la lista es larga. Para ellos votar Brexit es un acto rebelde y romántico a la vez. Un deseo de volver al siglo XX donde todo era más fácil y predecible, y la libra esterlina compraba más que unas simples vacaciones en Benidorm.

¿Cómo debería reaccionar el resto de la UE frente a este desafío? La tarea no es fácil porque, salvando las idiosincrasias de los países, el descontento de las masas es patente y creciente, de Finlandia a Portugal y de Grecia a Irlanda. Una opción, tantas veces propuesta, sería completar la unión monetaria con una unión económica, fiscal y política. Muchos lo verán ahora más factible que la Pérfida de Albión ya no podrá poner zancadillas. Pero eso es una solución a largo plazo. A partir del lunes los líderes europeos, sobre todo los nacionales, que se han escondido durante mucho tiempo, deberían dedicar sus esfuerzos a dos cosas. Primero explicarle a la gente por qué en el largo plazo la actual unión monetaria necesita una unión económica, fiscal y política para competir en un mundo globalizado. Esa explicación tiene que subrayar los beneficios mutuos, pero no puede obviar los sacrificios que nos esperan.

Acto seguido, sin embargo, estos mismos líderes deberían reconocer que han comprendido el mensaje de descontento de la gente y que van a tomar medidas. Las reformas institucionales vendrán más adelante, pero en los próximos seis meses van a reunir a los mayores expertos en educación y formación, a las asociaciones de grandes empresarios y de pymes, y sindicatos de Europa para diseñar un plan conjunto de innovación y empleo para la UE. Este plan no será ni keynesiano ni hayekiano. Ni dirigido por la mano público ni un producto exclusivo del libre mercado. El establishment europeo debe superar de una vez sus dogmas ideológicos. Las asociaciones público-privados pueden ser tremendamente efectivas. Está demostrado. El objetivo debería ser claro: volver a generar ilusión en el proyecto europeo. Pero para ello hay que conseguir que la UE sea capaz de mejorar de una manera concreta la vida de millones de trabajadores. Si esto no se consigue, tendremos más “Black Fridays” a la vista.

Miguel Otero Iglesias es investigador principal para la Economía Política Internacional en el Real Instituto Elcano

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