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Fum, fum, fum

Me interesa el proceso de reducción política de un ser humano al que estamos asistiendo

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Fue mala idea elegir las vísperas de Navidad. Cada vez que Rajoy aparece en la tele en estos días de su primer invierno en cuatro años, saliendo al portal de Moncloa para recibir a un colega, le veo retrocediendo, como si caminara hacia atrás. Concretamente, hacia la extinción parlamentaria, como si fuera una figura del Belén cuyo modelo real sucumbió hace mucho tiempo a las sacudidas del medio ambiente. Como un anacronismo. No es que me preocupe, mejor dicho, me preocuparía que se quedara como estuvo; sin embargo, me interesa el proceso de reducción política de un ser humano al que estamos asistiendo. Tiene su morbo.

Lo suyo no ha sido una hostia como la que Barberá glosó autobiográficamente en las municipales y autonómicas -fue en mayo pasado, ¿lo recordáis? ¡Hemos crecido tanto!-, pero, de alguna forma, le ha convertido en alguien a quien una puerta de acordeón, de esas de ascensor antiguo, se va cerrando cuando él todavía no ha acabado de avanzar ni de retroceder, y le va apretujando hasta convertirle en un deferente punto de exclamación, pillado suave pero firmemente entre el hierro y el quicio, entre voy o vengo, entre salgo o entro, entre me estabilizo o ay que me  caigo.

Pobre, pobre, pobre nuestro increíble hombre menguante. ¡Tanto como fue! ¡Tanto como despreció! ¡Tanto como no pactó! ¡Tanto como desoyó mientras desovaba los decretos de nuestro descontento! Aquel hombrón, alto y solemne, ahora soporta el cirio de su penitencia y, hay que decirlo, lo hace con el mismo desparpajo con que se parapetaba el abdomen tras el cojín de Bertín Osborne. No le ha costado lo más mínimo pasar de lombardo implacable a suplicante col lombarda. Diríase que el contenido dejóle de importar, si es que alguna vez se preocupó de algo más que de recitar lo que le dictaban, a lomos de una severidad que algunos tomaron por carácter.

Pobre, pobre, pobre nuestro increíble hombre menguante. ¡Tanto como fue! ¡Tanto como despreció! ¡Tanto como no pactó!

No quiero ensañarme, porque éste es el Rajoy que me gusta más, un Rajoy a quien ni siquiera el fallido podenco Riveroy puede apuntalar a diligentes cabezazos en la meta soñada. Prefiero creer que no duerme por las noches, de la sed de pacto que siente, y que se abraza a su desasosiego.

Pero no hablemos del futuro, que la alegría dura poco en la casa del pobre, y por ello debemos aprovechar estos bellos momentos en que podemos soñar que las grietas que con nuestros votos abrimos en el muro se agrandarán hasta permitir que penetre la luz en la agria fortaleza del poder. Por un tiempín podemos creer que nadie meterá la pata y que se cumplirá lo que tiene que ocurrir. Incluso puedo imaginar, mientras escribo esto, durante el tiempo de un suspiro o de media copa, que Pedro Sánchez se pondrá a la altura de las circunstancias y aprovechará esta oportunidad de oro que se le brinda para izquierdizarse cuanto pueda -permitidme el palabro-, si es que aún se acuerda.

Por encima de ello: una Navidad como si fuéramos a conseguirlo todo. Salud y fuerza.

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