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¡Políticos, Europa es la solución!

El 22% de los trabajadores españoles tiene un salario medio de 8.011 euros anuales, lo que significa que uno de cada cinco ciudadanos de nuestro país está en riesgo de pobreza

En Alemania el 10% más próspero de la población posee el 60% de la riqueza del país y, por el contrario, el 40% más pobre apenas tiene algún bien

Los políticos deben plantearse lograr que Europa sea el continente que siempre fue, esforzado en lograr el bienestar de todos sus ciudadanos (sin excepción)

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En septiembre de 2008 (no hace aún ocho años), cuando Lehman Brothers presentó la quiebra y oficialmente empezó la última crisis mundial, España mantenía una deuda de alrededor del 35% de su Producto Interior Bruto (PIB). Hoy día, la deuda pública supera el billón de euros, o sea, más del 100% del PIB.

Pero de eso, no sólo hay que responsabilizar a los últimos gobiernos españoles, ya que no tuvieron otra opción que la de acatar las directrices del Banco Central Europeo, cuyo presidente, Mario Draghi, acaba de exigir a los líderes europeos que todavía no han iniciado las reformas estructurales, que las lleven a cabo en sus respectivos países, y a la vez, ha apremiado a España (que sí las está haciendo) a que profundice en ellas con el objeto de afianzarlas.

Aquí, nuestros gobernantes sacan pecho asegurando que gracias a sus políticas se ha conseguido la recuperación económica, sin contar a la ciudadanía la realidad de esa más que dudosa mejora, pues en verdad, una parte ha sido debida a las favorables circunstancias (totalmente ajenas a ellos) habidas en el mundo, entre las que destacan el abaratamiento del precio del petróleo y el descenso de los tipos de interés, que han favorecido nuestras exportaciones. Y éstas, también han mejorado al prevalecer la teoría de que la falta de competitividad es el principal problema español, lo que ha obligado a disminuir los salarios para rebajar los precios y poder vender nuestros productos al exterior.

Y así nos encontramos con que, según el Instituto Nacional de Estadística (INE), el 22% de los trabajadores españoles tiene un salario medio de 8.011 euros anuales, lo que significa que uno de cada cinco ciudadanos de nuestro país está en riesgo de pobreza, mientras que entre los menores de 16 años, esa tasa es del 28,8%, es decir, casi uno de cada tres; sin contar con que más del 50% de jóvenes en edad de trabajar se encuentra en paro. Y, además, los ocho millones y medio de jubilados que hay en la actualidad, casi con absoluta seguridad verán reducidas sustancialmente sus pensiones en apenas tres años, plazo estimado en que se terminará con la "hucha" de las pensiones.

Por otra parte, nos hemos visto favorecidos por el conocido Quantitative Easing (QE) , que es la política monetaria aplicada por el BCE para aumentar la oferta de dinero, lo cual nos ha permitido una importante disponibilidad de liquidez, otorgando a la vez una relativa confianza en nuestra deuda pública.

Es de tener en consideración las causas de la crisis griega de 2009, que a punto estuvo de poner en riesgo la propia existencia del euro, y que sin duda fue motivada por la presión de las oligarquías europeas, comandadas por Alemania, al exigir al país heleno el pago de sus deudas con una asfixiante intransigencia.

Pero no nos confundamos, puesto que no sólo nos afecta la crisis a los países periféricos, en especial respecto al acrecentamiento de las desigualdades entre nosotros, ya que Alemania tampoco se salva de la enorme fisura existente entre los más ricos y el resto de sus ciudadanos. Según un reciente informe de la OCDE sobre desigualdad, en Alemania el 10% más próspero de la población posee el 60% de la riqueza del país y, por el contrario, el 40% más pobre apenas tiene algún bien. Y es que, ya el anterior gobierno socialdemócrata de Gerhard Schröeder, en el año 2003 introdujo la famosa “Agenda 2010”, que se basaba fundamentalmente en recortes del gasto público y en la flexibilización del mercado laboral (esto nos suena, ¿verdad?).

Y también Francia tiene su economía inmersa en un estancamiento serio desde hace años, con una tasa de paro a final de 2015 del 10,3% de la población activa, muy superior a la alemana, lo que junto a la reforma laboral que pretende su gobierno, está provocando que la ciudadanía se encuentre muy descontenta y muestre una actitud de evidente rechazo a esa política.

Otro grave problema con que se enfrenta ahora el proyecto europeo, es la salida del Reino Unido de la Unión Europea tras el resultado del Brexit a favor de la ruptura. La decisión parece estar centrada en dos conceptos de distinta naturaleza; uno, de aptitud casi xenófoba, como es el caso de la inmigración, pues temen verse obligados a acoger extranjeros damnificados y, por otra parte, aún siendo conscientes de que su desconexión de la Unión Europea puede suponer un alto coste para Reino Unido, los británicos piensan que merece la pena el sacrificio si recuperan la parte de soberanía perdida por su pertenencia a Europa.

En el mundo que nos ha tocado vivir, las dificultades económicas convergen en varios escenarios: en la injusta distribución de la riqueza, en las cada vez mayores bolsas de pobreza, en la marginalidad, etc. Y los ciudadanos europeos, a través de nuestros representantes, seguimos siendo incapaces de solucionar los problemas de paro, de pobreza o de desigualdades, que cada vez están siendo más acentuados.

Y no es entendible que nuestros gobernantes (los europeos en general) parezcan olvidarse de que este continente ha sido un ejemplo en el mundo en lo referente a la defensa de los Derechos Humanos, al disponer de las leyes sociales más avanzadas que han permitido a sus ciudadanos vivir con las máximas cotas de dignidad, mientras que ahora, da la sensación de que observamos dócilmente la posibilidad de que podamos llegar a perder esas conquistas logradas durante tantos años de esfuerzo.

Sin duda, habrá que pensar en la forma de actuar para intentar salir de este tremendo atolladero en que nos encontramos. Y será imposible ningún tipo de arreglo si los representantes políticos siguen sumidos en banales discusiones, incapaces de trabajar juntos para buscar la manera de superar la grave situación en que nos encontramos hoy día.

Por eso, en lugar de tirarse unos a otros los trastos a la cabeza tratando de convencer al electorado de quien hace mejor las cosas, deberían ser conscientes de que todo se ha dispuesto, y así seguirá siendo, desde los gobiernos de Europa. Y es ahí donde tienen que concentrar sus esfuerzos para resolver los problemas.

En definitiva, los políticos deben plantearse lograr que Europa sea el continente que siempre fue, esforzado en lograr el bienestar de todos sus ciudadanos (sin excepción), o de lo contrario, podemos olvidarnos de ese bonito y esperanzador proyecto que pudo ser la Unión Europea.

Economistas sin Fronteras no se identifica necesariamente con la opinión del autor.

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