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De Strauss-Kahn a Julio Iglesias: el MeToo señala a los agresores, pero las mujeres son las sospechosas

De izquierda a derecha, Domique Strauss-Kahn, Harvey Weinstein y Julio Iglesias.
17 de enero de 2026 22:49 h

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El 15 de mayo de 2011 saltó la noticia: el director general del Fondo Monetario Internacional (FMI), Dominique Strauss-Kahn, era detenido en Nueva York después de que una mujer lo denunciara por agresión sexual. Esa mujer era Nafissatou Diallo, una limpiadora del hotel en el que se alojaba Strauss Kahn, negra, migrante y solicitante de asilo. Quedaban varios años para que el MeToo estallara. El caso fue el resumen perfecto del contexto en el que estalló este fenómeno global: el acusado era él, la señalada fue ella; los indicios estaban ahí, pero la corriente mediática y de opinión se dedicaron, sobre todo, a cuestionar a la mujer, a escudriñar su vida y a explotar todos los tópicos posibles.

Al fin y al cabo, estábamos en plena crisis económica, Strauss-Kahn era un hombre poderoso y la esperanza de la izquierda francesa. Así que todo giró en torno a una pregunta cuya respuesta ya venía dada: ¿por qué iba a querer una mujer (además precaria, negra y migrante) denunciar si no era por dinero o por prestarse a participar en una conspiración internacional? Esas preguntas vuelven a resonar estos días alrededor de Laura y Rebeca, las dos mujeres que han roto el silencio sobre Julio Iglesias en la investigación de elDiario.es y Univision Noticias y que han acudido a la Fiscalía de la Audiencia Nacional.

Seis años después del caso Strauss-Kahn llegó el caso Weinstein. La investigación de dos periodistas de The New York Times sobre el poderosísimo productor de Hollywood Harvey Weinstein, acusado por decenas de mujeres de acoso y agresión sexual, prendió la chispa de un fuego que el feminismo llevaba tiempo alimentando. El MeToo, que en España coincidió con la protesta masiva contra el caso de violación de ‘la manada’, propició una ruptura del silencio masiva sobre la violencia sexual que vivimos las mujeres. Los testimonios inundaron las redes, la violencia sexual entró de lleno en la conversación y en la política, llegaron más acusaciones públicas y más investigaciones. 

“El impulso generado por movimientos como el MeToo o Ni Una Menos crea espacio, apoyo y un nivel de conciencia pública y de discurso que permite a las mujeres dar un paso al frente con más confianza. La dificultad puede estar en mantener ese nivel de conciencia pública y en conseguir cambios culturales y estructurales que faciliten los procesos de denuncia y sentencia”, explica la antropóloga e investigadora Eshe Lewis sobre el fenómeno, que tomó el nombre de una iniciativa lanzada años antes por la activista negra Tarana Burke para hablar del abuso sexual en su comunidad. A raíz del caso Weinstein, la actriz Alyssa Milano lanzó un tuit con ese MeToo y el resto es historia. 

Hablar no es igual para todas

Esa ruptura del silencio no fue, sin embargo, igual para todas. Conforme pasaron los años, quedaron claras, al menos, dos cosas. La primera, que acudir a los tribunales y sacar adelante casos judiciales era una misión tremendamente difícil. El miedo a las consecuencias (al señalamiento público, a la reacción de hombres ricos y poderosos), los sesgos machistas de la justicia, y la falta de apoyo a las víctimas generaba –y genera– estragos. La segunda, que la credibilidad de las mujeres es un bien escaso, siempre en entredicho, siempre atacado, más aún si esas mujeres son negras, pobres, y/o migrantes.

“En el contexto de sociedades misóginas que cosifican y menosprecian a las mujeres, por el simple hecho de pertenecer a este género, tenemos numerosas pruebas de que la credibilidad de las mujeres se pone en duda. Bajo el amplio paraguas de la feminidad, hay varios factores que pueden influir en la credibilidad percibida de una mujer, entre ellos la raza, la etnia, la clase social y el poder social o político. Los estereotipos étnicos y raciales que prevalecen retratan a las mujeres negras como hipersexuales y poco inteligentes, e influyen constantemente en la opinión pública de manera negativa. Eso, en última instancia, refuerza la idea de que las mujeres negras que denuncian el abuso y la violencia no son dignas de confianza en comparación con las mujeres de otros orígenes raciales”, explica Lewis.

La investigadora insiste en que esos factores hacen que hablar sea extremadamente difícil para las mujeres de estos grupos, mientras que los equipos jurídicos de los hombres señalados recurren con mucha facilidad a estos estereotipos para ponerlas a ellas en entredicho. Es exactamente lo que sucedió con Nafissatou Diallo. Algunas mentiras en el relato de su petición de asilo y una supuesta vinculación con actividades ilegales mientras estaba en EEUU sirvieron para echar por tierra no solo su acusación, sino a ella misma.

La policía encontró ADN de Strauss-Kahn en su ropa y en su cuerpo, ella tuvo que ser operada de un hombro debido a las lesiones que le provocó el agarrón del líder del FMI, y la periodista francesa Tristane Banon reveló que también había intentado violarla a ella y que otros políticos de su país conocían sus conductas depredadoras pero callaron. Todo eso dio igual. Aunque la causa penal no siguió adelante, Diallo demandó a Strauss-Kahn por lo civil y el caso acabó cuando el exdirector del FMI llegó a un acuerdo económico con la mujer.

La jurista especializada en derecho y perspectiva de género Encarna Bodelón asegura que en los casos que llegan a los juzgados el problema no está tanto en la valoración de las pruebas como “en la convicción que ya hay formada respecto a la credibilidad de la víctima, que se convierte en la piedra angular del caso”. “Se razona a través de la valoración de la prueba, que siempre puede dar lugar a interpretaciones, pero el problema que tenemos es el de la credibilidad. La credibilidad ciudadana se construye sin tener en cuenta a las mujeres, a las minorías, a las disidencias…”, asegura.  

La reacción machista cuestiona a las mujeres

Los tiempos, además, han cambiado. La reacción machista y ultra que recorre el mundo se ha construido, entre otras cosas, a la contra del MeToo y del discurso feminista. “Hemos pasado de un momento en el que socialmente se estaba dando más validez a la palabra de las mujeres, aunque a nivel jurídico siempre tiene que estar corroborada por pruebas y periciales, a un retroceso de la credibilidad de las mujeres como síntoma de algo mayor”, subraya Bodelón.

La experta explica que “la nueva hegemonía neoliberal” pone en el foco a mujeres y minorías, a quienes retan el poder. Quitarles la credibilidad arañada en los últimos años se vuelve, entonces, un objetivo prioritario: “El ataque al feminismo y a las mujeres es la base de los nuevos fascismos. Negar la credibilidad de las mujeres encaja perfectamente en su imaginario de feminidad y familia”.

Para Eshe Lewis, es difícil saber si lo que estamos viviendo “es una reacción violenta o simplemente un retorno al statu quo” que conocíamos. “Sin un esfuerzo sostenido dirigido a cambiar activamente los sistemas que sustentan el racismo, el clasismo y la desigualdad en los tribunales y en la sociedad, las instituciones seguirán funcionando tal y como están diseñadas. Dicho esto, el aumento del apoyo político y social a los hombres que ya tienen un enorme poder y dinero sugeriría que hay más espacio para que se produzcan abusos y menos para las mujeres que quieran denunciarlos”, señala. 

Encarna Bodelón cuenta que los estudios muestran con claridad que en el caso de las personas cuyos derechos son “multivulnerados” en base a prejuicios y estereotipos, las dudas sobre su credibilidad se acrecientan. Por ejemplo, ser negra o ejercer trabajo sexual son dos factores que juegan en contra de la credibilidad de una mujer. “Al mismo tiempo, y lo vemos en sentencias, no se han incorporado cosas básicas como la psicología del trauma. Muchas remiten a cómo se expresa el testimonio, o a por qué durante tanto tiempo una víctima no se ha atrevido a explicar lo que sufrió. Si conoces la teoría del trauma, sabes que una víctima puede tardar mucho tiempo en entender el daño, en explicarlo…”, señala la jurista.

Cuando, además, tienes pocos recursos, plantearte contar lo que te sucede e incluso denunciarlo se vuelve casi un gesto heroico. Es lo que han hecho Laura y Rebeca con Julio Iglesias. Bodelón recuerda que sostener un proceso judicial requiere de recursos económicos y de un soporte familiar y emocional, algo complicado de tener cuando le dedicas el 95% de tu tiempo a sobrevivir.

Puedes leer más sobre esta investigación en nuestro especial.

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