The Paper
La reportera Lizzie Johnson anunció este miércoles: “El Washington Post me acaba de despedir en mitad de una zona de guerra. Sin palabras. Estoy destrozada”. Su mensaje iba acompañado de una foto suya de hace unos días mientras escribe a la luz de un coche en Kiev con dificultad por la tinta helada del bolígrafo, de nuevo sin electricidad, sin calefacción, sin agua por los continuos ataques rusos. Johnson es una de las más de 300 periodistas despedidas por el periódico propiedad del multimillonario Jeff Bezos, que ha fulminado por email a casi un tercio de la redacción.
Los puestos “eliminados” y comunicados por correo electrónico después de una llamada general por Zoom –el mensaje de la dirección es que nadie fuera al periódico en persona– borran secciones enteras, como deportes, libros, pódcast, y dejan al periódico en un esqueleto de lo que era en prácticamente todas las áreas.
El jefe de la sección de Internacional pidió ser despedido antes que involucrarse en los despidos una vez conoció la dimensión de lo que se avecinaba, según el New York Times. “Es uno de los días más oscuros en la historia de uno de los mejores medios del mundo”, dijo el ex director Marty Baron. Bajo la dirección de Baron, en 2017, el Post estrenó su lema “Democracy Dies in Darkness” (“la democracia muere en la oscuridad”). Fue idea de Bezos, que dijo habérselo oído a Bob Woodward.
Ésta podría ser una historia más de las dificultades del periodismo en un mundo digital fragmentado y dominado cada vez más por políticos y pseudo-informadores. Pero es mucho más que eso. Es una historia de los riesgos del poder y el dinero ilimitados cuando no hay frenos.
Al lector español le puede quedar lejos la noticia de los despidos más allá del mito del Washington Post, creado con justicia por décadas de excelente reporterismo -incluso ahora- y apuntalado en el imaginario colectivo por películas como Como todos los hombres del presidente y Los archivos del Pentágono, y por las extraordinarias memorias de la editora Katharine Graham (publicadas en España por Libros del KO). Desde lejos se puede intuir, pero no se siente la afrenta de la erosión de una de las instituciones de la sociedad civil en Estados Unidos.
En la campaña de las últimas elecciones presidenciales, en 2024, me sorprendió cómo votantes demócratas me citaban durante las entrevistas en una pequeña ciudad de Wisconsin la mano negra de Bezos para parar el editorial que el periódico tenía preparado de apoyo a Kamala Harris como símbolo de que los poderosos sin escrúpulos eran capaces de cualquier cosa y del miedo que inspiraba Trump. El republicano todavía no había ganado ni habíamos visto a Bezos con su nueva careta para esta era. Tras esa decisión y en pocos días, más de 300.000 personas cancelaron su suscripción al Washington Post.
El hombre que en 2019 presumía de su “apoyo inquebrantable” a la “misión” del periódico y que decía que es de lo que se sentiría más orgulloso cuando tuviera 90 años y mirara atrás está desmontando el periódico y destruyendo la confianza de sus lectores. Lo está haciendo con su aliado británico Will Lewis, el editor investigado personalmente por el escándalo del hackeo de teléfonos de personajes públicos y privados cuando trabajaba para Rupert Murdoch. Mientras el Post de Bezos acometía los despidos, se estrenaba el publirreportaje sobre Melania Trump en el que Amazon ha gastado al menos 75 millones de dólares en financiarlo y promocionarlo.
La careta de despilfarrador vasallo de Trump parece encajarle a Bezos mejor que la de filántropo defensor de la prensa libre. Es imposible saber cuál se acerca más a la realidad tras esa careta, pero poco importa.
Este es un recordatorio de que el dinero ilimitado va unido al poder ilimitado. Personajes como Bezos se adaptan como camaleones al contexto político del momento, y nada parece indicar que vayan a pestañear si ese contexto consiste en la tiranía y la crueldad institucionalizada. La demolición del Post es sólo un símbolo de lo que puede hacer con consecuencias mucho más allá de Washington. El drama es que lo hace con la complicidad de todos nosotros, consumidores de su máquina de hacer dinero y poder.
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