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‘Eso no puede pasar aquí’ y otras novelas distópicas que alertan sobre la deriva autoritaria de Trump

LibrosDistópicos
31 de enero de 2026 22:20 h

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Una semana antes de las elecciones presidenciales de 1936 en Estados Unidos, casi una treintena de compañías de teatro estrenaron en 15 ciudades por todo el país la obra It Can’t Happen Here (Eso no puede pasar aquí), basada en la novela del mismo nombre que había publicado Sinclair Lewis el año anterior. El propio autor, Premio Nobel de Literatura, había adaptado su texto para la representación bajo el auspicio del proyecto federal para salvar empleos en el teatro durante la Gran Depresión. 

Los espectadores no estarían ante un acto de “propaganda, salvo a favor de la democracia americana, con todos sus defectos, y en contraste con la dictadura”, según dijo entonces Lewis. 

Eso no puede pasar aquí es un alegato contra el autoritarismo encarnado por un populista imaginario llamado Buzz Windrip, que gana las elecciones de 1936 con una mezcla de nacionalismo, defensa del pueblo ante las élites, antisemitismo, xenofobia y promesa de prosperidad que se convierte rápido en represión de las libertades, detenciones arbitrarias y envío de disidentes a campos de concentración. 

Doremus Jessup, un comedido e intelectual periodista que dirige un diario de una pequeña ciudad de Vermont, el Daily Informer (“la biblia de los granjeros conservadores”), emerge como el símbolo inesperado de la resistencia. Desde su campaña, Windrip también carga contra los periodistas (“hombres sin el menor sentido de la familia ni del interés público… que conspiran para ver cómo imponer sus mentiras y promover sus propias posiciones”). Uno de los primeros ejemplos de represión en la novela es el asalto contra la redacción del pequeño diario de Vermont a manos de la policía del nuevo régimen y el pueblo iracundo después de que Jessup publique un editorial crítico con el nuevo presidente.

En la obra de teatro, las elecciones de 1936 para las que quedaban unos días fueron sustituidas por “en un futuro cercano -o nunca”. Lewis rebatió la crítica de que su novela podría “incitar al desorden” en las elecciones: “No es tan buena”, contestó.

Hitler, Mussolini y alguno más

Lewis veía el peligro de Adolf Hitler y Benito Mussolini al otro lado del Atlántico y también reconocía su retórica en figuras en casa: para construir a Windrip se había inspirado en Huey Long, gobernador y senador de Luisiana que defendía ideas autoritarias en medio de un popurrí ideológico y que fue asesinado en 1935, y en Charles Coughlin, un radiopredicador antisemita que rondaba a los demócratas, apoyó a Roosevelt y se hizo amigo del patriarca de la familia Kennedy. Long, Coughlin y Roosevelt aparecen en el libro mezclados con los personajes de ficción. 

La novela batió récord de ventas en Estados Unidos en los años 30 -vendió rápido más de 300.000 copias, una marca impresionante entonces-. Ahora lleva una década entre los clásicos más vendidos. Se disparó en ventas en 2016, tras la primera victoria de Donald Trump en las elecciones presidenciales. En España, la editorial Antonio Machado Libros la reeditó con Trump y otros republicanos en la portada. Entonces It Can’t Happen Here estaba en la lista de libros que el estado de Texas ordenó retirar o no comprar para las bibliotecas de las prisiones. 

“Algo importante”

“Un relato de lo que podría haber sido nos puede decir algo importante e incluso profundo sobre nosotros mismos”, escribe Cass Sunstein, catedrático de Derecho de la Universidad de Harvard, en Can It Happen Here? (“¿Puede pasar aquí?”), una colección de ensayos sobre el autoritarismo en Estados Unidos publicada en 2018. “Lo que podría haber sido nos advierte: dentro de cada corazón humano, hay un fascista esperando salir”.

Durante la campaña de las elecciones de 2016 y 2020, la novela también volvió en forma de obra, con una nueva adaptación del Berkeley Repertory Theatre, que empezó en California y se representó en otros lugares. También hay una versión de la obra en YouTube emitida durante la pandemia.

Desde las últimas elecciones presidenciales, la expresión que da título a la novela es parte habitual de la cultura pública. “Puede pasar aquí”, tituló David Remnick, el director del New Yorker, su artículo el 9 de noviembre de 2024, unas horas después de la segunda victoria de Trump. “Uno de los peligros de la vida bajo un régimen autoritario es que el líder busca agotar la fuerza de las personas. El derrotismo se instala. Surge el impulso de retirarse de la vida cívica”, escribe Remnick. La indiferencia llega acompañada del escepticismo de que no puede ser tan malo o que se trata de casos aislados contra unos pocos y tal vez culpables. 

“Todo el mundo, incluyendo Doremus Jessup, había dicho en 1935: ‘Si hubiera una dictadura fascista aquí, el humor y la independencia pionera estadounidenses están tan marcadas que sería completamente diferente que en Europa’. Durante el primer año después de la victoria de Windrip, esto parecía verdad”, escribe Lewis en su novela. 

¿Qué distopía?

Cuando leí It Can’t Happen Here hace un año, la figura de Windrip sonaba familiar igual que la incredulidad de parte de la población ante la gravedad de los excesos del presidente real que acababa de tomar posesión en Estados Unidos. En cambio, las detenciones de congresistas, las ejecuciones en la calle, la huida de los exiliados a Canadá y los campos de concentración que retrata la novela sonaban más a la ficción o a la Alemania nazi o a la Unión Soviética, pero muy lejos de la realidad en Estados Unidos o en la Unión Europea en siglo XXI. 

De hecho, entre las distopías para describir 2025 parecía que Un mundo feliz de Aldous Huxley, publicada en 1935, sería más adecuada que 1984 de George Orwell, publicada en 1949, como bien han argumentado voces expertas en este rincón. Es decir, una sociedad ensimismada en sus distracciones, desenganchada de la política y que permite excesos contra algunas minorías mientras disfruta de una vida cómoda más que una sociedad dictatorial con detenciones y represión férrea de la palabra y el pensamiento. 

El último año visto en su conjunto hace al menos reevaluar a qué distopía se puede parecer más Estados Unidos. Que la policía migratoria mate a bocajarro a un enfermero de cuidados intensivos que graba una protesta, que la libre expresión cueste no poder entrar en el país o incluso acabar en la cárcel, que los rivales políticos o los periodistas sean declarados como “enemigos del pueblo” -la expresión popularizada por Stalin- son sólo algunos ejemplos de lo que ha pasado el último año para reflexionar. El miedo se expande. Qué pasará ahora y a qué se parecerá más el país en los próximos años son preguntas abiertas. 

La reacción en la ficción

Muchas de estas novelas distópicas ahora de moda se centran en la reacción de los ciudadanos ante los abusos en particular contra grupos concretos de personas, como La conjura contra América de Philip Roth, donde los vecinos acaban siendo cómplices de la persecución de los judíos por instinto de supervivencia o explotación de la desventaja ajena. 

Qué hacer ante el autoritarismo es otro dilema que plantea Their, una novela corta poco conocida de la autora británica Kay Dick que pasó desapercibida cuando se publicó en 1977, pero cuya reedición en inglés de 2022 ha tenido éxito como anticipo de la ola conformista y autoritaria también contra la cultura. En la novela, una misteriosa autoridad manda asesinar y torturar a escritores, músicos y otras personas dedicadas al arte, especialmente las que salen del estándar aceptable. Los protagonistas resisten -hasta cierto punto- refugiándose en el cultivo de la belleza y la diferencia que el poder quiere aplastar. 

En otras distopías, no queda más que intentar escapar de la guerra y la represión y convertirse en lo que europeos occidentales contemporáneos creen que sólo pasa en otros lugares, como en El cantar del profeta de Paul Lynch, la angustiosa narración de una mujer y su familia bajo un régimen repentinamente autoritario en Irlanda que ganó el Premio Booker en 2023. 

En La parábola del sembrador de Octavia Butler, escrita en 1993, pero que arranca en 2024 -e incluye las elecciones imaginadas de ese año- la construcción de nueva comunidad solidaria ante el colapso social y medioambiental da cierta esperanza. El padre de la protagonista no vota en esas elecciones porque “los políticos le revuelven el estómago”.

Uno de los temas constantes de Eso no puede pasar aquí es el esfuerzo que cuesta cambiar de rumbo incluso cuando el presidente déspota ha desaparecido y otro similar intenta ocupar su lugar. 

“Incluso dos años y medio de despotismo no habían enseñado todavía humildad a los votantes, no les habían enseñado mucho más de nada más allá de que era desagradable ser detenidos demasiado a menudo”, escribe Sinclair Lewis. Pese al escepticismo sobre la salida del atolladero en el que se puede meter una sociedad, el escritor ofrece al final un hilo de esperanza. Siempre habrá “un Doremus Jessup”. O muchos.

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