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Miguel Ríos: “El que se aferra al poder se convierte en un gilipollas integral”

El cantante presenta su libro de memorias 'Cosas que siempre quise contarte', donde da cuenta sin complejos de sus idas y venidas.

"Me disgusta muchísimo que el virus de la insurrección no nos prenda, que no seamos nosotros", manifiesta el artista.

Miguel Ríos ha presentado sus memorias.

Miguel Ríos ha presentado sus memorias.

Vuelvo a Granada, cantaba hace casi medio siglo, cuando en realidad se estaba yendo. Pero lo cierto es que Miguel Ríos -69 veranos, casi 10 millones de discos vendidos y ni un pelo de tonto en su cabellera plateada-nunca ha dejado de volver… para irse de nuevo, a los tantos días: saciado de la "belleza narcótica" de su entorno y al tiempo víctima de la "intoxicación" que le provoca una ciudad "netamente mejorable", según él, "resignada". En la que siempre suena de fondo "la canción de la tradición" y a veces sólo hay salida "por las estrellas", pero a la que sigue profesando una fidelidad a prueba de años, carreteras y gobiernos municipales.

Precisamente para presentar su libro de memorias, dentro del ciclo Letras capitales del Centro Andaluz de las Letras, regresó esta semana el padre putativo del rock en español. En Cosas que siempre quise contarte, da cuenta sin complejos de todas sus idas y venidas tras 50 años a la vanguardia de la música. Un libro -justo es señalarlo- escrito con pulso de orfebre, lúcido, divertido y humanísimo, como el propio autor, en el que disecciona con valentía los espejismos de la gloria y lo que queda después del espejismo: un tipo que sabe bien que "es difícil que Bob Dylan se sienta Bob Dylan en Motril".

Su amigo Joaquín Sabina le volvió a echar la bronca, hace poco, por retirarse ya, "hecho un chaval". ¿Cómo fue esa decisión?

Sí, sí, precisamente en el libro cuento cuando me encontré con él en un hotel de México, durante mi gira de despedida en 2011… ¡Que estaba yo meando en los servicios del hotel!, y de repente lo oigo entrar… [lo imita]: "¡Miguelón!!, no me jodas, ¿te vas a retirar…? ¡Que Antoñete se ha muerto!...". [Risas] ¡Pero si lleva 20 años retirado, cabrón, pero no muerto! Yo firmo eso donde haga falta… Le ha gustado el libro también, a pesar de que cuento algunas de sus peculiaridades… Y lo de retirarme, pues podemos enunciar varios factores. Primero, que para hacer otra gira, después de la de finales de 2011, tendrían que pasar otros tres años, y ya me daba mucha pereza. El deterioro del hábitat del músico tampoco es muy placentero… Por otra parte yo empezaba a ver que mi creatividad se iba agotando. Hay muchas razones. Pero fundamentalmente es que ya me daba la gana, la verdad.

¿Qué sentimiento le queda: gratitud, melancolía por haber cerrado…?

No, no: gratitud, gratitud; mucha. Porque una carrera de 50 años, como un cometa, tiene una estela muy larga. Y sigo cantando, además, con otros motivos. Canté para un banco de alimentos en Móstoles, por ejemplo, la semana pasada. Sigo haciendo actuaciones para poner mi granito de arena, para que esta situación tan fuera de sentido que tenemos, se pueda arreglar. Pero la nostalgia no entra en mis planes. Me parece una traición contra la propia vida. La nostalgia es… pues como cuando te masturbas sabiendo que no te puedes correr; es absurdo…

¿Y el poder? ¿Qué es el poder después de haber conocido a tanta gente que manda?  

El poder, el poder político, es perder la perspectiva de la calle. Cuando asumes que eres el poder, dejas de mirar la calle. Yo los he conocido, y te das cuenta de que perdieron el oremus cuando se sabían poderosos y anteponían ese poder, digamos que bastardo -porque es otorgado y limitado- al ruido de la calle. Pero es que el poder del tipo que tiene éxito es muy espurio porque siempre hay alguien que tiene más poder que tú, siempre hay uno más alto, más guapo; como te aferres al poder como a una dádiva eterna, te conviertes en un gilipollas integral. Entonces es conveniente vivir en un país como éste en que la reválida es siempre exigible y vale lo último que has hecho, porque es ahí donde la vida te va colocando… En mi caso no son 50 años de éxitos: son cincuenta años de algunos éxitos; de unos discos que lo fueron, otros que no tanto y de otros que nada… Mucho tiempo persiguiendo al éxito, y el éxito a ti.

Los momentos de éxito profesional no tienen por qué coincidir con los de éxito personal…

Es más: Luis Carandel recomendaba en un libro suyo que se acompañara siempre al éxito con alguna queja: sí, sí, muy bien esto, pero mira que me duele el riñón, tío… Porque el éxito concita envidias absolutamente cainitas; así que tienes que rebajarlo. Si no eres pudoroso en mostrar el éxito, mal. Mira, en México, donde soy [lo dice con toda la guasa] ídolo-arrebatador-de-masas, cuando íbamos con Saramago esperando la entrada del subcomandante Marcos y los zapatistas a la plaza del Zócalo, me vi escoltando a Saramago como si fuera Mick Jagger; que me decían los mexicanos: "Pues quítese, Miguel, que queremos ver al maestrooo…"[se parte de risa]. Entonces, si tienes un ego muy fuerte, ese tipo de cosas te pueden dañar. El ego para un artista es fundamental, porque sólo te levantas de los fracasos con él, pero hay que tener una suerte de barómetro para no dejar que te arrastre.

Y eso que comentaba antes de la reválida para seguir siendo reconocido, ¿cree que es algo muy de aquí?

Es muy español. Por ejemplo, al entrar aquí mismo [en la Biblioteca de Andalucía en Granada], el cariño que te puede dar la gente no tiene caducidad: pero la apreciación del trabajo sin embargo no es así… En Latinoamérica sólo te hace falta entrar una vez en el corazón de la gente para que se convierta en una caja fuerte de la que ya no sales nunca. Aquí tienes que tener la llave continuamente; abrirles el corazón, meterte dentro, que luego te echen, volver a entrar… Tenemos ese carácter. Igual que cuando surge la necesidad probablemente somos los más generosos, los héroes anónimos más arrojados cuando surge una catástrofe. No creo que veas a un pueblo responder con más arrojo a la solidaridad, pero luego en el día a día hay gente más cicatera… Pero yo no me puedo quejar.

Hace poco nos contaba Luis Eduardo Aute que "el gran enemigo es la estupidez". ¿Usted qué cree?

Hombre, la estupidez es un enemigo… pero probablemente la codicia más. Yo veo que la gente no se harta con nada; un tío roba cien millones y le parece poco. Pero esa voracidad, el regodeo en ella, esa actitud tan obscena, me parece sobre todo una horterada. Aunque se vistan de Gucci o lleven corbatas de Hermès, me parecen unos horteras acojonantes.

¿Y cuántos de ésos deberían estar bailando ahora El rock de la cárcel?

¡¡Joderrr, tío, la vin...!! Hombre, el rock de la cárcel ¡¡y con sentencias que se ajusten a derecho, tío!! Porque aquí te piden cien años y luego te dan diez meses, y además 250.000 millones de rupias campestres en los paraísos ésos de la canallesca… Es como un juego de máscaras, y debajo de cada máscara aparece una más fea, más corrompida. Me disgusta muchísimo que el virus de la insurrección no nos prenda, que no seamos nosotros los que digamos: ¡si es que es con nuestro dinero, con nuestros esfuerzos, con nosotros, con lo que estáis jugando! Debemos llamarnos la atención a nosotros como ciudadanos, y después inventar una forma de democracia más controlable. Pero es que no hay temor al ciudadano. Si lo hubiera, habrían dimitido ya cienes y cienes de veces… Por vergüenza, hubieran dicho "yo me meto debajo de la cama, me borro del mapa, tiro de la cadena y me muero aquí".

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