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El Prismático es el blog de opinión de elDiario.es/aragon. 

Las opiniones que aquí se expresan son las de quienes firman los artículos y no responden necesariamente a las de la redacción del diario.

Las abuelas del verano

Una abuela, con su nieta.

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Llega el verano y, con él, los anuncios de cerveza, la promesa del descanso, las fotos de pies en la arena y los telediarios llenos de atascos en la operación salida. Pero debajo de esa postal idílica se esconde una verdad callada, persistente y, sobre todo, invisible: el verano tiene nombre de mujer, y en muchas casas, ese nombre es el de una abuela.

Las abuelas son quienes salvan el verano. Lo hacen con las puertas abiertas, con las camas hechas, con el gazpacho frío y los filetes empanados listos para ser congelados. Son quienes cuidan a los nietos y a las nietas cuando los padres y madres trabajan, quienes resuelven con pañuelos y caricias las rodillas peladas y los sustos en la piscina. Lo hacen sin pedir nada a cambio, como si fuera su deber, como si el amor —el suyo, que parece inagotable— bastara siempre para tapar la ausencia de recursos, de conciliación y de justicia social. 

No es casual que sean ellas. No es casual que sean mujeres. Lo que ocurre cada verano con las abuelas no es sólo una tierna postal familiar. Es también la evidencia brutal de cómo se sostiene la vida sobre los hombros de las mismas de siempre. Ellas, que ya lo dieron todo por sus hijas e hijos, son llamadas de nuevo a darlo todo por las nietas y los nietos. Se convierten en cuidadoras a jornada completa, muchas veces con achaques, con pensiones mínimas y con una paciencia que nunca fue valorada como capital social.

Porque ¿cuánto valen unas vacaciones infantiles sin sobresaltos? ¿Cuánto vale poder trabajar con la tranquilidad de que alguien cuida con amor a tus hijos e hijas? ¿Cuánto vale esa red de afecto que tantas veces suple lo que las políticas públicas no llegan a cubrir? Las abuelas no aparecen en los balances económicos ni en los discursos oficiales, pero son una columna vertebral silenciosa de este país. Si ellas pararan, se caería medio verano.

Y, sin embargo, su trabajo sigue sin ser llamado por su nombre: trabajo. Se romantiza, se adorna, se convierte en narrativa entrañable. Pero la verdad es que es agotador, que muchas veces no es voluntario y que casi nunca se reconoce. Como si fuera un tránsito natural: de madre a cuidadora perpetua. De mujer a recurso.

En algunos lugares, las vemos caminar con nietos y nietas de la mano bajo el sol, ir a la compra arrastrando el carro y luego pasarse la mañana entera entre sartenes y lavadoras. El sistema ha decidido que las soluciones se busquen en casa, que los cuidados se deleguen en la familia y más concretamente en las mujeres de la familia. Todo eso sin decirlo muy alto, claro. Porque si lo nombramos, lo tenemos que pagar. Y si lo pagamos, lo tenemos que reconocer.

Pero no todas las abuelas son iguales. Algunas lo hacen porque así lo desean. Otras lo hacen por obligación, porque no hay alternativa. Y otras, simplemente, ya no pueden. Porque hay abuelas con artritis, con diabetes, con soledad. Porque hay abuelas pobres. Porque hay abuelas que también merecen descansar, leer un libro, hacer una siesta sin despertarse con llantos. Porque ser mayor no debería equivaler a ser invisible ni a ser indispensable.

La paradoja es que muchas de estas mujeres crecieron en un país donde su valor se medía por cuánto cuidaban. Donde les enseñaron que el amor se demuestra con sacrificio, que su sitio era el hogar y que su voz era menos importante que su servicio. Y aún así, han seguido dando. Algunas han sido feministas sin saberlo: cuidaron porque no había otra opción, pero también supieron decir que no cuando pudieron. Otras siguen atrapadas en esa lealtad infinita que se les exigió desde niñas.

Es hora de devolverles la mirada. No sólo con gratitud, sino con justicia. No sólo con fotografías bonitas en redes sociales, sino con políticas que repartan los cuidados y reconozcan que el tiempo de también les pertenece a ellas. A las más olvidadas. Que puedan elegir: si quieren cuidar, que lo hagan. Si quieren descansar, que lo hagan. Si quieren viajar, estudiar, enamorarse, o simplemente no hacer nada, que lo hagan.

El verano debería ser también suyo. No como último eslabón de la cadena de cuidados, sino como protagonistas de su propia vida. Porque las abuelas no son solo abuelas. Son mujeres con historias, con derechos, con deseos. Y ya va siendo hora de que las veamos enteras, no sólo como el abrazo que nos recibe en junio.

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