Zaragoza debería decir algo al mundo
A raíz de la reciente visita de Trump a China, se ha hablado reiteradamente de la “trampa de Tucídides”, el historiador y militar ateniense que teorizó sobre la alta probabilidad de un conflicto cuando rivalizan una potencia dominante (Esparta) y otra emergente (Atenas).
Toda decadencia empieza cuando la potencia dominante pierde la capacidad de distinguir entre administrar el mundo y tener algo que decir sobre él. Y China, han coincidido la mayoría de los analistas, tenía algo que decir al mundo, empequeñeció a Trump y visualizó la ventaja que lleva como la gran fábrica mundial de los productos más valiosos.
Tucídides amplió su reflexión para contarnos cómo se destruye la polis, la ciudad, al volverse incapaz de hablar sobre sí misma. ¿Zaragoza es una ciudad en ascenso o en declive? Si la miramos por población, la cuarta de España, por la situación en el cuadrante más rico de España, por la logística, la industria automovilística o por la masiva y cuestionada atracción de centros de datos, sería una ciudad en ascenso.
Sin embargo, si la evaluamos por los humillantes resultados deportivos de elite, con la excepción del Casademont de baloncesto femenino, por los vuelos de pasajeros del aeropuerto, por las iniciativas creativas e innovadoras, que están desapareciendo una tras otra, la última la Fundación Zaragoza Ciudad del Conocimiento, o por su proyección internacional, sería una ciudad en declive o, por ser más benévolos, con poco que ofrecer al mundo.
En lo que sí creo que podemos estar de acuerdo muchos es en que Zaragoza es una ciudad que habla poco sobre sí misma. Sin proyectos singulares y globales más allá de administrar la mejora de calles, plazas y avenidas, la desinhibida expansión urbanística a costa en repetidas ocasiones del patrimonio histórico, la recuperación de las orillas del Huerva, que quedó pendiente después de la Expo, y los eventos tan vistosos como efímeros y costosos. No hay debate de altura ni participación de profesionales, académicos, asociaciones ciudadanas y entidades y organizaciones sociales, sobre el futuro de la Zaragoza que queremos para las siguientes generaciones advertidas por las consecuencias del cambio climático.
Por eso, me parece relevante que el próximo miércoles 27 se vaya a presentar una propuesta, “Zaragoza sueña fuerte, hacia una ciudad saludable, justa y próspera” que lleva la firma del hiperactivo geógrafo Francisco Pellicer, un apasionado de la ciudad, y del que fuera director de Zaragoza Activa, Jesús Alquézar. La Fundación Bernardo Aladrén acogerá la presentación del proyecto. Más o menos, así se sembró la semilla de la Expo Internacional sobre Agua y Desarrollo Sostenible de 2008.
En su propuesta, Pellicer y Alquézar nos sitúan en la encrucijada de optar entre dos caminos. El de la ciudad como negocio rentable, que brilla pero no acoge, en la que gana su valor de cambio, su potencial como activo financiero, hostelero y turístico, que desde la pandemia está acaparando el espacio público. O el modelo de ciudad saludable y apacible que prioriza la calidad de vida, el bienestar colectivo y el urbanismo interdependiente entre los sistemas naturales y los procesos humanos.
Hablan, por ejemplo, de la ciudad esponja que se protege frente a las tormentas torrenciales y las inundaciones con parques de lluvias, como el Parque del Agua Luis Buñuel o el futuro pulmón verde en Arcosur que está promoviendo la Junta de Compensación.
Y alertan, al hilo del despliegue de hormigón y sensores acordado con Amazon Web Services (AWS) en el barranco de la Muerte, en Parque Venecia, que existe una diferencia importante entre usar la tecnología para gestionar una ciudad (sensores y sistemas predictivos que pueden salvar vidas) y convertir la ciudad en una plataforma tecnológica dependiente de corporaciones privadas. ¿Quién controla la infraestructura digital sobre la que empiezan a apoyarse servicios públicos esenciales? ¿Quién gobierna los datos urbanos?
La brecha digital también es una cuestión de sistemas que no se controlan y que no se pueden auditar a tiempo desde las administraciones públicas.
Los tres ejes estratégicos de la propuesta “Zaragoza sueña fuerte” son la planificación sostenible, la salud ambiental y la equidad social.
Planificación sostenible: reducir la dependencia del vehículo privado, ampliar los corredores verdes y azules que atraviesan la trama urbana y previenen el cambio climático y dar prioridad a la rehabilitación de los barrios consolidados.
Salud ambiental: renaturalizar los espacios degradados y los solares , la economía circular y el fomento de las energías renovables, del autoconsumo y de la eficiencia energética.
Equidad social: acceso a la vivienda, a la educación, a la cultura y a los servicios sanitarios de calidad en todos los barrios, integrar el bienestar psicológico, cultural y paisajístico como un valor esencial en el diseño urbano, y fomentar la participación ciudadana en todos los procesos de planificación para fortalecer el sentimiento de pertenencia.
Los autores del proyecto “Zaragoza sueña fuerte” consideran que “la inversión más rentable no es la que genera plusvalías, sino la que multiplica los encuentros, fortalece la salud y teje la cohesión social en cada barrio. Un banco a la sombra, una escuela abierta, una línea de tranvía o un árbol que resiste la sequía y el estrés urbano son formas de riqueza más estables y humanas que cualquier fondo de inversión”.
En definitiva, que la ciudad, en su sentido más profundo, no es un negocio. Es una conversación y ha llegado el momento de que Zaragoza lidere esa conversación y diga algo al mundo.
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