Las boleras que resisten en Santander: de la azotea del Paseo Pereda a El Verdoso
La historia más singular de las boleras de Santander no transcurre en un barrio ni junto a una taberna, sino varios metros por encima de la calle. Distintos relatos sitúan un corro en la azotea de la Casa del Pasiego, también conocida como Casa de Piedra, en el Paseo de Pereda. Su propietario, un indiano de Arredondo y tío del pintor José Gutiérrez Solana, construyó una bolera en el tejado que, según se ha contado durante décadas, terminó dejando de utilizarse por el peligro de que alguna bola pudiera caer sobre la acera.
No todos dan por buena aquella historia y hay quien la considera más una leyenda que un hecho. Aun así, la imagen encaja con una ciudad en la que durante décadas casi cualquier espacio podía acabar convertido en una bolera. Hubo corros detrás de bares, entre edificios, dentro de complejos deportivos, ligados a empresas y repartidos por los barrios. Algunos apenas tenían sitio para unos cuantos espectadores y otros llegaron a reunir a miles.
Buena parte de ellos ya no existe, pero el último recuento realizado en el municipio permite conocer con más detalle qué queda de aquella red. Santander tiene documentadas 71 boleras: 29 están en uso, siete son recuperables, otras siete permanecen abandonadas y 28 han desaparecido.
Las cifras muestran una realidad más compleja que la de un deporte que simplemente pierde instalaciones, ya que la ciudad mantiene prácticamente el mismo número de espacios en los que todavía se podría jugar que hace tres décadas, aunque la actividad que los rodea ha cambiado.
Cuando había una bolera en cada barrio
Para entender esa transformación hay que mirar a otro Santander. “Había prácticamente una bolera en cada rincón y en cada barrio”, recuerda José Ángel Hoyos, de la Fundación Bolos de Cantabria, que sitúa uno de los principales focos de aquella actividad entre Numancia y Cuatro Caminos.
Cerca de la antigua fábrica de cervezas La Cruz Blanca estaban las boleras del Alcázar. Eran dos instalaciones cubiertas que servían tanto para jugar como para organizar bailes y otras actividades. Allí se disputó en 1929 la primera Copa de la Reina, nacida de las gestiones de un grupo de aficionados que consiguió que Victoria Eugenia cediera un trofeo de plata durante los años en los que la familia real veraneaba en Santander.
Un poco más arriba se encontraba otro de los grandes escenarios de mediados del siglo XX. En el espacio que hoy ocupa aproximadamente el ambulatorio de la calle Vargas estaba la bolera del Frente de Juventudes, con unas gradas de hormigón capaces de reunir alrededor de un millar de personas. Durante los años cincuenta y sesenta acogió campeonatos, pero también los desafíos que animaban las tardes de verano. Entonces se pagaba una peseta por entrar y los jugadores recibían una parte de la recaudación. Las partidas por parejas tenían mucho más peso que ahora y la separación entre competición y entretenimiento era bastante menos clara.
Cuatro Caminos contaba también con sus propios corros. Allí estuvieron La Arboleda y la antigua bolera de La Carmencita, donde nació en 1958 la Peña Bolística La Carmencita, coincidiendo con el inicio de las ligas. Sin embargo, la actividad del lugar iba mucho más allá de la competición.
También se jugaba simplemente por pasar el rato. Los vecinos se encontraban, echaban una partida y podían acabar decidiendo quién pagaba los vinos: el que perdía se hacía cargo de la ronda. Esa escena ayuda a entender lo que representaban muchos de aquellos lugares. El corro formaba parte del barrio igual que el bar al que estaba asociado y funcionaba tanto como terreno de juego como punto de encuentro.
La ciudad creció y muchos corros quedaron por el camino
El crecimiento urbano terminó modificando ese mapa. Algunas boleras desaparecieron con la construcción de nuevos edificios, carreteras y otros espacios de la ciudad, mientras que otras fueron sustituidas por usos más cotidianos.
Durante años, bar y bolera fueron de la mano. El establecimiento atraía a quienes iban a jugar y el corro también llevaba clientes al negocio. Con el tiempo, algunos de aquellos bares crecieron, se transformaron en restaurantes y empezaron a recibir a más gente. El espacio que ocupaba la bolera comenzó entonces a tener otros usos y, en muchos casos, terminó utilizándose para aparcar.
La historia de Peñacastillo resume bien esa evolución. La peña pasó por diferentes instalaciones porque los lugares en los que jugaba fueron desapareciendo con las obras. Nació alrededor de la bolera de Domingo Miera, pasó después por La Arboleda y siguió cambiando de escenario hasta conseguir finalmente un espacio propio.
Algunas pérdidas son mucho más recientes. La bolera de San Martín fue retirada en 2014 durante la transformación del entorno en la actual plaza de San Martín de la Mar. En La Albericia desapareció también San José, una instalación en la que durante años los vecinos podían pedir las llaves en un establecimiento cercano y entrar a jugar.
En Cueto hubo incluso una bolera dentro de las instalaciones de Mutua Montañesa, concebida junto a otros espacios deportivos para los pacientes del hospital. El Complejo de Deportes de La Albericia contó además desde 1971 con un corro de pasabolo tablón que acogió diferentes competiciones antes de desaparecer.
Son solo algunos ejemplos de un listado mucho más amplio. Las 28 instalaciones catalogadas actualmente como desaparecidas tampoco incluyen todos los corros que llegó a tener Santander. Cuando Hoyos realizó otro estudio en 1996, remontándose más atrás en el tiempo e incluyendo espacios mucho más pequeños, localizó 77 que ya habían dejado de existir.
El criterio utilizado ahora es más limitado y tiene en cuenta principalmente boleras con cierta trayectoria dentro del periodo federativo, iniciado en 1941. Quedan fuera numerosos corros ligados a bares y barrios de los que, en muchos casos, apenas se conserva documentación.
De jugarse una ronda a llenar un pabellón
Mientras unos espacios desaparecían, otros crecieron hasta alcanzar dimensiones difíciles de imaginar en aquellos pequeños corros de barrio. La evolución de las propias instalaciones permite seguir el paso de los bolos desde un juego muy ligado a la vida social hacia una competición cada vez más organizada.
Con el tiempo llegaron las ligas, las peñas, los patrocinadores y los jugadores que empezaban a recibir compensaciones por competir. En las décadas centrales del siglo XX, el aumento de público obligó a buscar espacios más grandes, y en distintos puntos de la ciudad se instalaron boleras provisionales para acoger los principales campeonatos.
Después llegaron instalaciones permanentes de mayor tamaño. El Verdoso abrió en 1978 con alrededor de 2.000 localidades y la Mateo Grijuela terminó su cubierta en 2001 para convertirse en otro de los principales escenarios de la ciudad. Durante algunos años ni siquiera esas gradas fueron suficientes y se instaló un corro provisional dentro del Palacio de Deportes para varias de las grandes citas.
Durante una Semana Bolística celebrada a mediados de la década de los 2000 en la que alrededor de 5.500 personas acudieron al Palacio para presenciar un Campeonato de España. La cifra muestra hasta dónde había crecido un espectáculo que décadas antes se desarrollaba en pequeños espacios vinculados a bares y barrios.
Entre quienes protagonizaron esa evolución aparecen nombres que siguen formando parte de la memoria bolística. Joaquín Salas fue uno de los grandes jugadores de su época y ganó un Campeonato de España después de haberse enfrentado poco antes con Rogelio González Vinoles, el Zurdo de Bielva, en La Arboleda.
También tuvieron un papel importante personas que no se dedicaban a tirar bolas. Mateo Grijuela peleó durante años para que Peñacastillo tuviese primero una bolera propia y después una instalación cubierta, mientras Viriato Camus convirtió la Casa de los Bolos en algo más que un terreno de juego.
Durante años estuvo allí la sede federativa. Quienes llegaban desde los pueblos a Santander para resolver cualquier gestión sabían que podían pasar por la Casa de los Bolos y encontrarse con alguien conocido. Se jugaba, se tomaba algo y también se pedía ayuda. Hoyos la define como una “embajada bolística”, una expresión que refleja el papel social que llegaron a tener estos lugares.
Boleras en uso, pero con realidades muy distintas
Que Santander tenga 29 boleras consideradas en uso no significa que en todas haya partidas cada semana. Para entrar en esa categoría basta con que la instalación esté preparada y pueda utilizarse al menos alguna vez durante el año.
Hay espacios con entrenamientos y competición durante meses y otros en los que resulta difícil encontrar a alguien jugando. Las siete boleras consideradas recuperables llevan más tiempo paradas y necesitan algunas reparaciones o trabajos de mantenimiento antes de poder volver a utilizarse, mientras que las otras siete están ya abandonadas, sin actividad ni un grupo encargado de cuidarlas.
La diferencia suele estar detrás de una palabra: peña. Cuando existe un club vinculado a la instalación, los entrenamientos pueden comenzar en febrero y enlazar después con ligas, campeonatos, concursos y otras actividades hasta octubre.
Mateo Grijuela, sede de Peñacastillo, y Marcelino Ortiz Tercilla, en Cueto, son dos de los principales ejemplos. También mantienen actividad instalaciones como La Marga, La Encina o Prado San Roque. Peñacastillo cuenta además con equipos de diferentes categorías y una escuela con más de medio centenar de niños.
La situación cambia cuando no hay nadie detrás del corro. Una persona puede encontrarse una bolera aparentemente disponible, pero sin bolas, bolos ni herramientas para preparar el terreno. La facilidad con la que décadas atrás se podía bajar al bar, pedir las llaves y echar una partida resulta hoy mucho menos habitual. Esa dependencia de los clubes explica por qué dos instalaciones incluidas dentro de la misma categoría pueden tener niveles de actividad completamente distintos.
También ha cambiado el público. La misma Mateo Grijuela que nació para albergar a miles de aficionados ya no llena siempre sus gradas, y quienes llevan décadas siguiendo este deporte perciben que una parte importante de sus seguidores ha envejecido, mientras las generaciones más jóvenes cuentan con muchas más alternativas de ocio.
Si hay peña se juega; si no hay peña, no se juega
El Verdoso vuelve al punto de partida
En este contexto, El Verdoso vuelve a ocupar un lugar central. La Carmencita llegó hasta allí desde Cuatro Caminos y un grupo de aficionados conocidos como los “20 Magníficos” participó directamente en la construcción. Carretillas, picos y palas acompañaron los primeros trabajos de una instalación que se inauguró en 1978 como estadio bolístico, y no simplemente como bolera.
Sus aproximadamente 2.000 localidades respondían a otra etapa de este deporte. Durante años acogió campeonatos y trofeos con las gradas llenas y terminó convirtiéndose en uno de los principales escenarios de los bolos tanto en Santander como en Cantabria.
Casi medio siglo después, la instalación necesita una reforma integral. El proyecto actualmente en licitación supera los 1,6 millones de euros, contempla ocho meses de obras y sitúa el inicio de los trabajos en 2027. Ayuntamiento y Gobierno autonómico han acordado además estudiar una adaptación de la fachada para acercarla a su imagen original sin renunciar a las actuales exigencias de accesibilidad y funcionamiento.
La intervención llega en un momento en el que Santander todavía conserva decenas de lugares donde se puede jugar, aunque ya no funcionen como aquellos pequeños corros repartidos por los barrios. Hay 29 boleras en uso y otras siete que podrían recuperarse. Algunas cuentan con clubes que mantienen entrenamientos, equipos y escuelas; otras apenas reciben unas partidas al año. A ellas se suman 28 instalaciones desaparecidas de las que, en muchos casos, solo queda el recuerdo del lugar que ocuparon.
Ese recorrido permite seguir también parte de la transformación de Santander. Va desde la bolera que la tradición sitúa en un tejado del Paseo de Pereda hasta un estadio para unas 2.000 personas en El Verdoso, y desde jugarse una ronda de vinos en una partida hasta competir durante toda una temporada. También muestra cómo se ha pasado de encontrar un corro detrás del bar del barrio a depender, muchas veces, de que todavía exista una peña capaz de mantenerlo en funcionamiento.
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