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Palabras Clave es el espacio de opinión, análisis y reflexión de eldiario.es Castilla-La Mancha, un punto de encuentro y participación colectiva.

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Si vis pacem, para pacem

Un grafiti en la pared de la iglesia de Nuestra Señora de la Luz de Cuenca, en la que reza 'Si vis pacem, para bellum!!' (Si quieres la paz, prepárate para la guerra)

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En Cuenca, las piedras siempre han hablado, con silencios, con grietas y, a veces con pintadas que sacuden. En una de esas superficies que la mayoría creíamos a salvo —la iglesia de Nuestra Señora de la Luz recién restaurada, orgullo de una ciudad que se sabe “Patrimonio de la Humanidad”— alguien ha escrito: Si vis pacem; para bellum. Y de pronto, el muro ya no es solo muro.

La fachada como espejo social

No es un rincón escondido ni una tapia cualquiera. Es un lugar donde se juntan la fe de muchos, el arte de siglos y la foto rápida del turista que pasa. Por eso, esa frase en latín abre una grieta que va más allá de la pintada: hace visible una tensión que existe, agazapada, entre la ciudad que se muestra y la ciudad que vive.

Quien se atreve a escribir en un edificio de significativo valor, no respeta lo que habita, pone en cuestión la relación con la historia, el legado, los símbolos de siempre, con lo sagrado y lo civil, con lo que se protege y lo que se padece. El muro que debía ser refugio y muestra de belleza interior queda convertido en un tablón de anuncios de un mensaje que cuesta descifrar y que no ha encontrado, o no quiere usar otros cauces.

Entre patrimonio y vida cotidiana

Cuenca se ha acostumbrado a mirarse como patrimonio: planes, restauraciones, campañas, eslóganes que repiten su singularidad urbana y paisajística. Aunque el patrimonio también convive pared con pared con casas vacías, barrios envejecidos, jóvenes que hacen las maletas: una comunidad creyente que mira al 'patrimonio religioso' como sagrado y con el visitante de dentro y fuera de la provincia.

Y entre todo ese cruce de miradas, cae la pintada como un jarro de agua helada. Para el restaurador, es un golpe directo al trabajo minucioso de devolver dignidad al edificio; para el devoto, una marca en el rostro de quien bendice la ciudad; para el político, un problema más de orden, imagen y presupuesto; para quien delinque, quizá, solo una manera desesperada de decir: “estoy aquí, y me vais a ver”. Una ciudad acostumbrada a las capas históricas superpuestas, suma ahora una más: la de las tensiones contemporáneas inscritas en sus fachadas.

El mensaje en la ciudad-fortaleza

No es casual la frase: elegida: Si vis pacem; para bellum. “Si quieres la paz, prepárate para la guerra”. En la piel de una ciudad nacida como fortaleza, conservada en el tiempo y levantada entre hoces para defenderse.

Ese latín, plantado en la fachada de la iglesia, no ofrece respuestas; aunque dispara preguntas: ¿qué paz se reclama exactamente?, ¿ante qué guerra interior o exterior se pide estar preparados?, ¿quién siente que tiene que armarse, y contra quién? La consigna, pensada para manuales militares y discursos de fuerza, choca con el lenguaje de las velas, la religiosidad y el respeto identitarios de la ciudad.

Una oportunidad para la conversación y el civismo

Las instituciones reaccionan como se espera: condena, denuncia, firmeza, limpieza urgente, compromiso de que la fachada volverá a estar “como antes”. Y está bien: proteger un bien que es de todos y forma parte de la responsabilidad colectiva de toda la humanidad también, creas o no creas, reces o solo pases por allí.

Pero, cuando la pintada desaparezca, quedará lo más incómodo: la pregunta. Cuenca puede reducirlo todo a “otro acto vandálico más” o aprovechar el sobresalto para preguntarse quién se reconoce en el relato de ciudad que se muestra al exterior y quién se siente fuera de ese encaje. Entre las hoces y el arte, entre las restauraciones impecables y las pintadas fugaces, se refleja la misma cuestión: cómo conseguir ser una ciudad más viva, sin dejar de ser, al mismo tiempo, una ciudad cuidada.

Ahí entra el civismo: educar en el respeto a los símbolos y espacios que identifican a Cuenca —sus templos, sus plazas, sus muros, su paisaje colgado sobre los ríos— no es una consigna vacía, sino una forma de cuidar lo que nos une en los territorios.

Son muy necesarios foros de participación, más espacios públicos abiertos a la palabra, al arte y a la cultura, donde las nuevas generaciones puedan expresarse y cuestionar sin necesidad de herir la piel de la ciudad. Cuenca, Patrimonio de la Humanidad, puede encontrar la paz, preparándose para la paz y no para el conflicto, haciendo de sus calles un lugar donde la diversidad de opiniones y sensibilidades se transmitan con diálogo y creatividad, y no con cicatrices en las fachadas y en la esencia. Que en 2026, La Paz crezca en el Respeto a lo Sagrado y en la convivencia Libre de Violencias. Que sea Luz en la provincia.

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