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La UE responde con parálisis a las amenazas de Trump sobre Groenlandia
Los 'niños de la guerra' llevan un año sin cobrar su pensión de Rusia
Opinión - El 'tiro' del ministro Cuerpo, por María Álvarez
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Todos los miércoles, el corresponsal de elDiario.es Andrés Gil explica las claves de lo que sucede en el EEUU de Donald Trump. Porque lo que pasa en Washington no se queda en Washington.

Trump está desatado y nadie le para los pies: apunta a Groenlandia, Cuba y Colombia mientras mantiene la amenaza bélica sobre Venezuela

Unos pájaros ante un cartel gigante con la cara de Donald Trump colgado en el exterior del Departamento de Trabajo de Estados Unidos, el 5 de enero de 2026 en Washington, DC.
6 de enero de 2026 21:56 h

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El año ha comenzado con un hecho inédito en la historia reciente del continente americano: un presidente estadounidense, Donald Trump, ha ordenado el bombardeo de un país, Venezuela, y el secuestro de su presidente, Nicolás Maduro –en el que han muerto casi un centenar de personas, entre ellos 32 militares cubanos–. El mismo presidente que ha logrado que el Tribunal Supremo de EEUU le conceda inmunidad para todas las acciones adoptadas desde el Despacho Oval, se ha saltado toda ley internacional para decretar que el presidente venezolano sí ha de responder ante un juzgado de Nueva York sobre unos cargos que teóricamente emanaban de su presunta relación con un supuesto cártel, llamado de los Soles. Una organización de cuya existencia hay tan pocas evidencias que hasta el Departamento de Justicia de EEUU ha decidido excluirlo del escrito de imputación contra Maduro.

El ataque de la madrugada del sábado se ha producido cuando se cumplen cinco años del asalto al Capitolio de EEUU, ocurrido el 6 de enero de 2021 en medio de las arengas de Donald Trump, quien aún sigue proclamando, sin prueba alguna, que le robaron aquellas elecciones que perdió ante Joe Biden.

Aquellos asaltantes al poder legislativo de EEUU fueron indultados nada más regresar Trump a la Casa Blanca. Para el presidente estadounidense era prioritario el perdón de más de 1.500 personas que atemorizaron a congresistas, hirieron a policías y destrozaron dependencias del Capitolio.

Y ese mismo presidente lleva un año poniendo el mundo patas arriba y avanzando en una agenda para un nuevo orden internacional basado en las reglas del más fuerte, en la quiebra de los lazos transatlánticos, en la entente con Vladímir Putin y en la ambivalencia entre la admiración y la competición con Xi Jinping.

Kirill Dmitriev, hombre de negocios y negociador de Putin, expresaba el estado de la cuestión geopolítica en este 2026 que empieza, y que pasa por el reparto del mundo en tres áreas de influencia dominadas, respectivamente, por Trump, Putin y Xi Jinping: “La era de redibujar los mapas de influencia. Y la UE, 'supervisando de cerca”.

Ese reparto tiene mucho que ver con lo expresado públicamente en la estrategia de seguridad nacional de la Administración Trump  a finales de 2025: “EEUU reafirmará y aplicará la doctrina Monroe para restaurar la preeminencia estadounidense en el hemisferio occidental [que es como los estadounidenses llaman al continente americano] y proteger nuestra patria y nuestro acceso a zonas geográficas clave en toda la región. Negaremos a los competidores no hemisféricos la capacidad de posicionar fuerzas u otras capacidades amenazantes, o de poseer o controlar activos estratégicamente vitales, en nuestro hemisferio. Este 'Corolario Trump' a la Doctrina Monroe es una restauración sensata y potente del poder y las prioridades estadounidenses, coherente con los intereses de seguridad de EEUU”.

Y sentencia: “EEUU debe ser preeminente en el hemisferio occidental como condición para nuestra seguridad y prosperidad, una condición que nos permita imponernos con confianza donde y cuando sea necesario en la región”.

Hasta tal punto la Administración Trump tiene interiorizada su ambición imperialista en el continente americano que el secretario de Guerra, Pete Hegseth, republicaba en X un dibujo con la espada de Trump sobre Latinoamérica: un símbolo que se opone a la célebre espada del libertador Simón Bolívar, icono de la emancipación de las naciones latinoamericanas.

Esta doctrina que mantiene la amenaza sobre la Venezuela bombardeada y que en las últimas horas han extendido Trump y los suyos sobre Cuba y Colombia, se ha venido a bautizar como Donroe, mezcla del nombre de pila de Trump y el apellido del presidente James Monroe (1758-1831), quien la articuló en 1823. La doctrina impregna el imperialismo estadounidense en América Latina y bebe del llamado Destino Manifiesto estadounidense, que aspira incluso a controlar Groenlandia.

Este mismo lunes, Stephen Miller, influyente miembro del Gabinete de Trump, redoblaba la amenaza trumpista sobre el territorio perteneciente a Dinamarca, país que forma parte de la OTAN como EEUU. “Nadie va a luchar militarmente contra EEUU por el futuro de Groenlandia”, aseguró Miller, quien dijo que la “verdadera pregunta” debería ser “¿con qué derecho Dinamarca ejerce su control sobre Groenlandia?”, “¿en qué basa su reivindicación territorial?” o “¿en qué se basa para que Groenlandia sea una colonia de Dinamarca?”.

“EEUU es el poder de la OTAN, para EEUU asegurar el Ártico es un interés para la OTAN. Obviamente, Groenlandia debería ser parte de EEUU”, ha sentenciado Miller: “Vivimos en un mundo, en el mundo real, gobernado por la fuerza, gobernado por el poder. Estas son las leyes de hierro del mundo desde el principio de los tiempos”, aseguró.

Tres días antes, la esposa de Miller movía en X otro cartel con Groenlandia pintada con la bandera de EEUU y un texto premonitorio: “PRONTO”.

¿Alguna duda de qué se está cocinando?

Sin freno y sin frenos

Donald Trump se está beneficiando de un momento geopolítico en el que Rusia está centrada fundamentalmente en su invasión de Ucrania y China muestra más interés en la penetración económica que política en el Sur Global. Pero también de una Unión Europea que se movilizó desde el principio para sancionar al Kremlin por la invasión de Ucrania el 24 de febrero de 2022 pero ha sido incapaz de responder ante el genocidio israelí sobre Gaza y al ataque militar estadounidense sobre Venezuela después de más de un centenar de asesinatos extrajudiciales en el Caribe y el Pacífico Oriental.

La cascada de declaraciones previas a aquel febrero de 2022 ante la acumulación de soldados rusos en la frontera ucraniana ha contrastado con la ausencia de presión internacional mientras Trump desplegaba 15.000 soldados y un portaaviones ante las costas venezolanas. Y, más aún, las tibias reacciones tras las violaciones del Derecho Internacional y la Carta de Naciones Unidas, sumadas a la connivencia de algunas naciones latinoamericanas que han hecho imposible lograr una condena por parte de la CELAC (Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños).

Donald Trump está desatado, mantiene la amenaza bélica sobre Venezuela, apunta a Colombia, Cuba, México y Groenlandia, y nadie se atreve a pararle los pies. Las herramientas multilaterales no parecen ser capaces de poner freno a Trump, como no pudieron antes ponérselo a Netanyahu ni a Putin, si bien Rusia sí que ha sufrido hasta 20 rondas de sanciones por parte de la UE. La reunión del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas de este lunes sirvió de poco.

Y dentro del país, la principal herramienta que ha encontrado la oposición para poner trabas al imperialismo trumpista son las resoluciones de poderes de guerra (War Powers Resolution), que obligan a frenar las hostilidades y a que se replieguen las tropas, en tanto que la Constitución de EEUU dice que es el Congreso el que tiene las competencias para autorizar una guerra. De momento, se han votado dos en el Senado y otras tantas en la Cámara de Representantes, tumbadas por la mayoría republicana. Pero se están promoviendo nuevas resoluciones para votar de nuevo y está por ver si la Casa Blanca mantiene los apoyos previos a los bombardeos sobre Venezuela.

Venezuela, en el alambre: ¿quién lidera la transición?

La prensa estadounidense atribuye al negociador de Trump, Richard Grenell; al secretario de Estado, Marco Rubio; a informes de la CIA y a los celos de Trump por el Nobel a María Corina Machado la decisión de apostar por una transición que pase por el colaboracionismo con el chavismo sin Maduro frente a la opción de la ultraderecha latinoamericana y española de situar a la líder de la oposición en el Palacio de Miraflores.

La apuesta tiene forma de chantaje: los 15.000 soldados estadounidenses siguen desplegados ante Venezuela, el bloqueo del petróleo –fundamental para la subsistencia del país y que puede desatar una crisis humana en poco tiempo– permanece en vigor, el portaaviones sigue movilizado y la obsesión de EEUU –en especial, de Marco Rubio– con Cuba, en el horizonte. Y si la nueva presidenta, Delcy Rodríguez, no se pliega a las exigencias de Washington de ceder el petróleo y romper alianzas con China, Irán, Rusia y organizaciones políticas censuradas por EEUU, se expone a “un segundo ataque aún más poderoso”, en palabras de Trump.

La apuesta es frágil: porque el secretario de Estado, Marco Rubio, de raíces cubanas, no sólo querría la caída del chavismo, sino también del castrismo cubano. No le valen medias tintas, como tampoco a muchos republicanos en Florida, en la misma línea que la FAES de José María Aznar, por ejemplo, y están a la espera de cualquier traspié de la nueva presidenta venezolana para alentar nuevos ataques.

De momento, aunque la Administración Trump reparte amenazas a otros países y a Groenlandia –y ya afirmaba Rubio en la rueda de prensa del sábado que las amenazas del presidente de EEUU no debían desdeñarse–, no está claro que Washington pueda abrir nuevos frentes sin tener controlado previamente el flanco venezolano, y por eso mantiene la militarización en el Caribe y el bloqueo, mientras en paralelo Trump ha dado un duro golpe a la oposición liderada por Machado ante la posibilidad de un resquebrajamiento del propio país y un conflicto armado interno. 

¿Fisuras en el chavismo?

Ha habido muchas elucubraciones sobre la ausencia de una mayor resistencia al secuestro de Maduro, alimentadas por una información de octubre del Miami Herald sobre un supuesto ofrecimiento de Delcy Rodríguez y su hermano, el presidente de la Asamblea venezolana, Jorge Rodríguez, a EEUU. Y, también, por otra información reciente, esta vez del Washington Post, sobre una fuente de la CIA del círculo próximo a Maduro, fundamental para planificar el golpe.

En todo caso, lo que sí es cierto es que el chavismo no es uniforme, y que sobre el ministro del Interior, Diosdado Cabello –con gran ascendencia en el Ejército y una de las figuras más populares del chavismo, incluso por encima de Delcy Rodríguez– pesan imputaciones de EEUU por narcotráfico que no recaen sobre la nueva presidenta, hasta el punto de que la imputación por la que está siendo ahora procesado Maduro y su esposa, Cilia Flores, incluye a Cabello. De hecho, EEUU ya había vinculado a Cabello con el narcotráfico incluso antes de hacerlo con Maduro.

Y esta situación sobre la colaboración o no de la nueva presidenta de Venezuela junto con la amenaza de Washington de asestar un nuevo golpe contra Cabello y familiares de Maduro sujetos a sanciones puede suponer un punto de fricción en el propio chavismo.

De momento, los principales referentes del país están intentando trasladar imagen de unidad, si bien los discursos de Rodríguez y el ministro de Defensa, Vladimir Padrino –más moderados– y el de Cabello –más combativo–, son diferentes.

Con más de 20 años sosteniendo un discurso abiertamente antiimperialista, y siendo Venezuela uno de los países que con mayor firmeza se ha enfrentado a EEUU en el continente –queda para el recuerdo el “aquí huele a azufre” de Hugo Chávez en la ONU tras la intervención de George Bush–, no está claro hasta qué punto estas figuras (que han formado parte de la cúpula del chavismo desde sus inicios) podrán moderar su discurso o subordinarse a Washington tal y como está exigiendo la Administración Trump en el intento por evitar un nuevo ataque militar o una masacre en el país.

Al mismo tiempo, tras décadas en las que se ha cultivado un rechazo visceral hacia el chavismo en EEUU, también cabe preguntarse hasta qué punto figuras como Marco Rubio (uno de los responsables de conducir este proceso) estarán en condiciones de sostener negociaciones y llegar a acuerdos sin reacciones que puedan, de nuevo, derivar en que Estados Unidos recurra a un nuevo asalto militar con consecuencias trágicas.

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